Por Miriam Walter
El cuento del Tío
La historia de Segundo Ramón Sosa que vende hace 25 años en la Plaza 25 de Mayo los mejores sánguches de milanesa, según dicen sus clientes. Por Miriam Walter.
“Ey tío”, “chau tío”, “tío, me vende uno completo”. Tras unos lentes oscuros, una gorrita y un prominente bigote parece esconderse Segundo Ramón Sosa (63), mientras le pone a un pan francés con milanesa un chorro de chimichurri. Luego explica que no se esconde, que le dio un ataque de presión hace unos años y que la luz le hace mal a los ojos. “Yo hace 25 años que estoy acá en la Plaza 25, me conocen todos, me dicen ‘El tío’, por respeto ¿vio?”, asegura.
De lunes a viernes, Segundo se levanta a las 6 para cocinar junto a su señora, Rosa Flores, y sus tres hijos. “Yo compro la carne en el VEA, hago todo casero y por eso esto es una tradición”, asegura. Alrededor de las once de la mañana se monta en la bici, que ha ido cambiando con los años, para llegar desde su casa de Avenida Rawson casi Benavídez a su punto de venta, que ocupa hace un cuarto de siglo. Es común verlo moverse por distintas partes de la plaza, hasta alrededor de las 15, cuando ya vendió toda la mercancía, alrededor de 80 sánguches diarios. Los fines de semana va a diferentes canchas, aunque su pasión es por San Martín y en el Hilario Sánchez también lo conocen todos los amantes del buen comer. “Yo soy verdinegro hasta la muerte”, asegura.
“Siempre fui vendedor ambulante, antes vendía tabletas de arrope y alcayota que hacía mi madre pero desde que murió hacemos las milanesas. Yo me defiendo con esto, no puedo hacer otra cosa”, dice. Cuenta que aprendió mucho de lo gastronómico en Mar del Plata, de cuando trabajaba en el restorán Superlandia en Colón y Santa Fe. Se había ido allá a probar suerte siendo un pibe, recién casado con 17 años, y cuando se separó volvió a su terruño.
“Yo soy el único que tiene el producto fresco. En los kioscos de enfrente venden el sánguche envuelto en nylon, recalentado, en cambio el mío es recién preparado”, publicita su manjar, que sostiene a la familia y ayuda con los estudios de sus hijos. “Que Dios los bendiga”, les dice a todos sus clientes al entregar el producto en una servilleta, haciendo honores a su religión evangélica. “Acá vienen porteños, chilenos, gente de Media Agua, Zonda, Albardón, todos especialmente a comer el sánguche del tío. Lo compran porque es rico, y algunos porque no tienen más plata para comer y yo conservo el precio hace años. Es una mila de primera”, concluye.
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