Ocurrió alrededor de las 16 horas en la localidad de Monte Grande, provincia de Buenos Aires. Lo acompañaban el presbítero Teodorico Marquetti, y el presidente de la juventud católica local, Miguel Rodríguez. Su destino original era participar de la Asamblea Nacional de la Junta Central de la Acción Católica a realizarse en la ciudad porteña. Pero, en un lugar cercano al paraje conocido por los lugareños como El Mangrullo, a unos metros antes de pasar por el puente que atraviesa el río Matanzas, su destino cambió. El vehículo en el que transitaban embistió de frente a un camión que venía por la misma ruta en sentido contrario.
La trágica muerte de un obispo
Las primeras versiones de las pesquisas habían determinado que el conductor del vehículo sanjuanino se había salido a la banquina, y que luego, al tratar de volver a la ruta, una maniobra desafortunada lo hizo quedar de frente al camión que determinó el desenlace fatal. Monseñor Gallardo murió a los pocos minutos del accidente. En cambio, sus acompañantes Marchetti y Rodríguez, quedaron resentidos con gravísimas heridas, quienes fueron trasladados al Hospital Policlínico de Ezeiza para ser atendidos de urgencia.
El entonces arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Caggiano, se hizo cargo de los restos del obispo auxiliar fallecido. Gallardo fue trasladado desde aquel policlínico hacia la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, en Capital Federal, para ser velado.
Apenas llegó la noticia a San Juan la conmoción fue inmediata. Nadie esperó semejante noticia, lo que generó, además de la consternación propia que acompaña a todo evento fatal, el misterio –casi esotérico– por la forma en que había muerto. La feligresía católica compungida, los sanjuaninos asombrados, la curia impactada; todos no lograban entender lo que estaba pasando.
Tenía 45 años cuando murió. Se había ordenado sacerdote en el año 1941, y la principal actividad del neófito cura consistió en dar clases en el seminario de Jesús María de la provincia de Córdoba. En mayo de 1959 hizo pie en San Juan, y en febrero de 1960, el papa Juan XXIII lo nombró obispo. Los que estuvieron a su lado, lo recordaban como un hombre de una sonrisa notoria y una personalidad que irradiaba un poderoso influjo en la gente. Comprometido con los necesitados, en contacto con los diversos sectores que conformaban la sociedad sanjuanina de la década del ’60, tales como círculos sociales y políticos, escuelas, seminario, como también el periodismo.
La conmoción de su muerte fue tal que el entonces arzobispo de San Juan, Monseñor Audino Rodríguez y Olmos, decretó honras fúnebres en honor de su auxiliar. El gobierno hizo eco inmediato de este decreto, y mandó, también por decreto firmado por el vicegobernador en ejercicio del Poder Ejecutivo, Alberto Correa Moyano, suspender los actos del 25 de mayo que ya se estaban celebrando, con el único motivo de sumarse al luto y como una forma de respetar su memoria.
Sus restos fueron trasladados a San Juan desde Buenos Aires en un avión de las Fuerza Aérea. Salió a las 8.30 y llegó a las 15, haciendo una previa escala en Córdoba. Las autoridades provinciales, políticas y eclesiásticas, junto a número importante de personas lo esperaron en el aeropuerto de Pocito para ser trasladado luego a la parroquia de Trinidad para llevar a cabo los ritos correspondientes. Desde allí, trasladaron sus restos hacia la Catedral Metropolitana para darle la despedida.
El sábado 27 de mayo (1961) realizaron el peregrinaje final. Su cuerpo fue traslado, nuevamente, al aeropuerto de Pocito, y desde allí, hacia su último paraje: el cementerio de la localidad de Oliva, en Córdoba, donde nació.
Los dos funerales
En aquellos tres recordados días –del 24 al 27 de mayo– en que su cuerpo inerte recorría San Juan, se realizaron dos funerales en su honor. El primero fue a las 8.30 de la mañana en la capilla interna del Colegia Inmaculada Concepción, y el otro fue a las 10 en la parroquia de San Juan Bautista, en la Iglesia Catedral Metropolitana.
Los acompañantes
Los dos salieron de peligro. Monseñor Marquetti presentó una fractura del ilíaco y femur salido de lugar, lo que le generó una renguera permanente. Y Rodríguez solo algunas heridas leves.