Había una vez un chico, muy humilde, que vivía en Concepción junto a sus padres y su hermana. Un día, con apenas 13 años, las necesidades económicas de la familia lo empujaron a trabajar. Desde entonces, y durante varios años compaginándolo con los estudios, se animó con varios oficios hasta que en el mundo del servicio gastronómico encontró su recompensa a más de 53 años ejerciendo de laburante. O mejor dicho, de alegre laburante, porque este pibe de padres jachalleros mantuvo la sonrisa siempre, hasta cuando las cartas de la vida le vinieron mal dadas.
Así, como una auténtica historia de película ‘waldineisca’, se puede resumir la vida de Carlos “Palito” González. Pero este curtido sanjuanino, por todo el esfuerzo que ha invertido para forjar su admirable presente, merece que su existencia sea contada con más detalles y anécdotas.
El calendario de 1947 atravesaba el 15 de agosto cuando en la familia González-Vega llegó el varoncito. Llenos de alegría, papá Blas y mamá Nélida le regalaron en nombre Carlos al pequeño, a quien la vida tiempo después, por su delgadez, bautizó como Palito. Las calles del Pueblo Viejo cobijaron los primeros años de este pibe, a quien las necesidades familiares ‘invitaron’ a buscar una moneda para aportar en casa. Trece años tenía cuando debutó como lustrabotas de casa en casa. Después cambió el rubro y renovó sus ganas de colaborar con la economía doméstica. Junto con un amigo, y a bordo de una carretela familiar, compraba y vendía bolsas y botellas. Poco tiempo después incursionó en la distribución de barras de hielo y trabajó codo a codo con don Blas.
Encaminado estaba a cumplir 18 años cuando le salió la oportunidad de ascender en su camino laboral. Fue un martes 13 de 1964 cuando se convirtió en el cadete de la Droguería Cóndor, ubicada la esquina de Entre Ríos y Córdoba. “Me acuerdo como si fuera hoy que mi madre me dijo que esa fecha, que para mucho es negativa, me iba a traer mucha suerte en mi vida y que nunca me iba a faltar el trabajo”, indicó Palito con el gesto agradable que le caracteriza. Poco más de ocho meses pasaron hasta que este hincha de Atlético de la Juventud Alianza sumó un nuevo espacio a su currículo. La Farmacia Santa Teresita le ampliaría su panorama de cadete casi dos años más, hasta que el mundo del servicio gastronómico llamó a su puerta.
Donde actualmente está emplazada la Legislatura Provincial, allá por mediados de 1966, tenía su sede el Hotel Sussex y fue allí, donde Palito comenzó, sin saberlo, una fructífera carrera profesional. Comenzó como lavaplatos y pelapapas, y al mes ya era comis –ayudante de mozo-. Hugo del Carril y el ‘Gordo’ Jorge Porcel fueron las primeras estrellas que conoció gracias a su trabajo. Pero a título personal y sentimental, lo más importante en esta época fue la aparición en su vida de Olga, su mujer y madre de sus tres hijos –Natalia, Marcelo y María Belén-.
Al siguiente enero pasó a formar parte, como mozo, del restaurante del Aeropuerto y en noviembre de ese 1997, más precisamente el día 11, entró a laburar al por aquel entonces prestigioso Hotel Nogaró. “Fue como mi segunda casa. Ahí estuve 20 años y conocí a un número incontable de artistas, políticos y personalidades. Fueron años que recuerdo con mucho cariño”, afirmó Palito, quien, después de cosechar tanta experiencia y unos cuantos contactos se animó a volar por su cuenta en el ’87.
Alquiló “El Hostal de José” y tres poco tiempo el cartel que asomaba en el lateral de la Av. Circunvalación –entre Av. Libertador y Av. Paula Albarracín de Sarmiento- decía “El Hostal de Palito”. Su especial carácter para manejarse con los empleados, los proveedores y, principalmente, con los clientes y sus conocimientos en la materia le permitieron seguir creciendo. Las ofertas para trabajar en restaurantes de Nueva York, en cruceros y hasta el mismísimo Sheraton de Buenos Aires no le cerraron el camino de triunfar y volcar sus habilidades en la provincia. “Siempre fui muy familiero y por eso decidí apostar por quedarme acá, con los míos y trabajando en mi propio restaurante”, dijo González, quien en 1991 obtuvo la concesión del restaurante del Club Sirio Libanés. Es entre estos dos lugares donde se desarrolla su vida y lo más envidiable de todo, es que ambos los comparte con su esposa e hijos. “Ellos llevan más el peso de todo, yo me dedico a ser asesor”, expresó entre risas un Palito que puede jactarse de haber compartido momentos inolvidables con numerosas estrellas.
“Una anécdota que siempre recuerdo es cuando comí con Sandro. Nos pedimos unas milanesas con papas fritas y huevos fritos. Y eso estuvo acompañado por vino blanco semillón, cigarrillos y whisky”, rememoró Palito, quien a lo largo de tu trayectoria ha sumado diferentes cursos gastronómicos, de preparación de tragos y de turismo –“hay que estar siempre preparado para atender de la mejor manera al cliente”-.
El alegre laburante
Textuales
“Me gustaría agradecer a mi familia, a mis amigos y a todos los que me ayudaron en mi vida”
1 BUENA…
“Una noche ya estábamos por irnos porque era la una de la mañana y cayó un flaco melenudo y me dijo si podía pedir algo para cenar. Le pregunté a los muchachos de la cocina, que aún no se iban, y cuando lo vieron me dijeron: “Es Fito Páez”. Obviamente, le dijimos que pidiera lo que quisiera. Él acababa de terminar de actuar en el Teatro Sarmiento”.
1 MALA...
“Cuando jugó la selección con Maradona en San Juan, en el ’82, se hospedaron en el Nogaró y un chico me pidió el favor de que le pidiera un autógrafo a Diego. Aproveché que estaba todo tranquilo en el desayuno y me acerqué y cuando me acerqué a preguntarle si me daba una firma me contestó de mala manera que no lo molestara y no me firmó nada”.