Será porque es el caso de la única hija de un ídolo olvidado que falleció en la más profunda humildad y de una mujer incansable, que murió de amor. Vaya a saber por qué, pero Natalia Matesevach, hija del ciclista Antonio “Payo” Matesevach, recuperó un poco de esperanza al ver que Cristina Fernández se hizo eco de una carta que le había mandado su madre Silvia Marenna. Natalia perdió sus padres en menos de 6 meses en 2012 y este 23 de julio se cumple un año sin el Payo, un año sin las reivindicaciones buscadas, con cambios drásticos y un pelotón de recuerdos.
El Payo conmovió a CFK
Por estos días de luto, algo anima a la única hija del Payo: que la Presidenta la tenga en cuenta y que el esfuerzo de su madre, Silvia, no haya sido en vano. “Yo en febrero de 2012 fui injustamente echada de mi trabajo, me enfermé en ese lugar y de repente estaba afuera del sistema, sufriendo de pánico social. Mis padres estaban indignados. Como las puertas no se abrían en San Juan, mi mamá en el interín me preguntó si yo le permitía mandarle una carta a la Presidenta. Yo le decía que para qué, que era difícil y ella me decía que tenía esperanzas. Hace una semana atrás me llamaron desde Trabajo de acá, para decirme que habían recibido una comunicación de Trabajo de la Nación por una carta que se le envió a la Presidenta, que ellos reconocían el error, que no sabían cómo había pasado y que estaban tratando de hacer todas las tratativas para devolverme lo que correspondía en cuanto al trabajo. Está todo por verse, pero era como una aguja en un pajar y la Presidenta se hizo eco de la carta”, cuenta la joven.
La hija del Payo trabajó en varios sectores del Servicio Penitenciario de San Juan hasta el año pasado. La última vez, en tareas educativas, porque ella es martillera pública pero hizo una capacitación docente, además de faltarle 7 materias para recibirse de abogada. Al momento que la echaron, Natalia había presentado pedidos de licencia por razones psicológicas.
“Me sorprendió favorablemente la respuesta de la Presidenta. Uno piensa que eso es imposible, las personas que están en cargos altos uno cree que tienen otras prioridades. Yo soy apolítica y me pareció muy valedero. De repente es importante saber que no todo es injusto, que no todas son pálidas, porque con el tema de mis padres es mucho en poco tiempo, no sólo lo inesperado sino también pérdidas irreparables”, dice la mujer de 39 años. “Mi viejo siempre decía que si hay vida, hay esperanza”, cuenta.
El Payo se murió reclamando una plata que nunca llegó. Esa que debieron pagarle como seguro cuando se accidentó gravemente representando a Argentina en los Juegos Panamericanos de Winnipeg de 1967, episodio por el que sufrió múltiples operaciones y penurias durante meses, abandonado en un hospital de Buenos Aires. Allí conoció a Silvia, su compañera de toda la vida, que lo ayudó a recuperarse y volver a brillar en las pistas nacionales e internacionales, campeonando sobre ruedas. Ya en el retiro, el Payo vivía en su casa de Avenida España, ganándose unos mangos arreglando bicicletas. Por la amargura, según decía su esposa, el cuerpo no le aguantó y colapsó en julio de 2012. Y allá tras él, cinco meses después se fue ella.
Este año que pasó siguió sin novedades sobre el seguro por el que Antonio y Silvia lucharon hasta su muerte. “Hubiera sido importante que mi viejo lo hubiera disfrutado en vida, creo que para un montón de cosas ya es tarde. Si te pasaste toda tu vida reclamando lo que por derecho te correspondía y de repente te morís, queda para tu retoño, tu hija, pero en realidad en este momento es lo que menos me podría inquietar. Nunca hubo una respuesta de eso, pasaron dictaduras, pasaron democracias y nunca se dio lo que corresponde. Todo le pasó a mi viejo por andar golpeando puertas”, cuenta Natalia.
“Cuando mi viejo corría eso siempre fue una asignatura pendiente. Yo siempre pienso que se da subsidios a mamarrachos y para mi viejo, que dio el pellejo, nada. No fue un corredor de entrecasa, ganó carreras en el mundo, tenía contratos fuera del país, trascendió. Y acá si se le podía tirar una piedrita, mejor; no digo el pueblo porque la gente lo ha querido a mi viejo, pero sí las personas que tienen poder de mando”.
Natalia dice que la pensión de su padre caducó apenas murió y que su mamá vivía con la jubilación de ama de casa hasta que se fue con él. “Tuvimos que salir a vender las cosas de la bicicletería, mi papá sacaba la diaria con eso. La bicicletería está pero adentro hemos tratado de ir vendiendo, las cuentas las tenemos que pagar igual. De repente se acercan personas con mentiras o atropellos, por ejemplo, me reclaman desde la municipalidad una deuda del negocio de mi padre, y yo ¿dónde me pongo a buscar comprobantes? Ni ánimo tengo. Todo el mundo como que achaca cosas y mi padre siempre estuvo en regla”, asegura.
La casa donde vivían los Matesevach está en alquiler, porque Natalia dice que le cuesta estar ahí, en un sitio lleno de recuerdos de Silvia y Antonio, que descansan en la misma tumba. El negocito de enfrente, con algunas bicis mudas de tristeza, permanece cerrado.
Los homenajes, en plazoleta y bicisenda
Para recordar a Antonio “Payo” Matesevach hay dos proyectos para que una plazoleta y una bicisenda lleven su nombre. Sin embargo, ninguno se concretó todavía. En abril último, el concejal rawsino del Frente para la Victoria, Eduardo Hogalde, presentó una iniciativa para que el espacio verde del barrio Hualilán II, en Guayaquil y Jorge Newbery, se llame como el ciclista. Por otro lado, en julio del año pasado, el edil macrista Sergio Miodowsky presentó un proyecto de comunicación pidiendo la creación de una bicisenda denominada “Antonio Matesevach” en Avenida Ignacio de la Roza, en el tramo comprendido desde calle Comercio hasta el Jardín de los Poetas. Ambas ideas descansan en comisión, donde se estudia su factibilidad.