Por Viviana Pastor
El Ford Falcon Rural celeste plateado de los ´70 está estacionado en la entrada de la casa y da la impresión de que casi no anda. De camisa blanca inmaculada y chaleco gris, Eduardo Baliña abre las puertas de su hogar, en calle Arenales. A sus más de 70 años (no quiere decir cuántos) y aunque hace muchos que no se lo ve en la arena política, Baliña asegura que no está alejado del partido Bloquista ni de la militancia, y que admira a la Presidenta, “soy Kirchnerista”, dice sin tapujos.
Bloquista histórico, Kirchnerista fresco
El seis veces Ministro de la Provincia y dos veces Diputado, se toma su tiempo para contar su historia. Los detalles adquieren sobredimensión en su relato, los lugares son descriptos con minuciosidad, las calles, los olores, recuerda los nombres y apellidos de todos, TODOS, los que se cruzaron en su camino.
Su madre, Margarita Tantén, jachallera, se fue muy joven a Buenos Aires, allá se casó y tuvo su primer hijo, Eduardo. Su marido murió cuando el niño tenía dos años y medio y ella se volvió a vivir con sus padres a San Juan. Encontró una provincia pobre y todavía devastada por el terremoto del ’44.
“A veces mi madre me tenía que dejar en alguna casa, ‘por el pasto y las herraduras’ como se decía, y la obligación del que me tomaba era mandarme a la escuela, esa era la preocupación grande de mi madre. Hice primer grado en Caucete, en Pozo de los Algarrobos, ya que vivía en la casa de una de mis tías cuyo marido era contratistas de una finca”, cuenta.
Tercero y cuarto grado los hizo en Concepción, en la escuela Fray Justo Santa María de Oro, porque había conseguido trabajo en una fábrica de soda, ahí Eduardo, de sólo 10 años llenaba los sifones y hacía el reparto; y por la noche atendía un bar. “Toda la vida trabajé, nunca nadie me dio nada, es un orgullo que llevo conmigo y un principio que mi madre nos sembró. Mi madre era una trabajadora incansable, ella venía de un mundo más civilizado. Mi abuela Atilana era de Mogna y eso nos llevó a trabajar algunos años a Jáchal, donde había trabajo iba mi madre y con ella todos nosotros”, cuenta. Margarita se volvió a casar acá y tuvo otros tres hijos. Por entonces consiguió trabajo como repostera en la panadería Melville, de Jáchal, y Eduardo terminó allá la primaria.
Su madre y hermanos volvieron a la Ciudad y él se quedó un tiempo trabajando con doña Sebastiana de los Santos, repartía sus empanadas y tabletas, hasta que la crisis hizo que esta familia se trasladara a Caucete y con ellos se fue Eduardo. Allá se hicieron cargo del bar “El gallo ‘e lata” y él hacía de mozo, entre otros menesteres. Baliña recuerda esos tiempos con deleite: “En la época de cosecha se formaban colas de carros y camiones llevando la uva, nosotros íbamos con punzón, clavábamos en la lona y robábamos mosto; nos corrían con látigos los criollos, lo llevábamos a la casa para hacer arrope. En el bar me hice amigo de Sisterna, el cantor”.
Se vino de Caucete para ayudar a su familia que vivía en el barrio Capitán Lazo, en Rawson. Tenía ya unos 16 años y encontró trabajo en la fábrica de aceite de oliva Olivac SA, edificio que después compró Paolini en calles Mendoza y Cinco. Entró como cadete, llevaba cartas, hacia limpieza, servía el café al directorio, “me hice un cadete de primera”. Después aprendió tareas administrativas, entonces alguien le dijo que podía estudiar Perito Mercantil, se fue a la Escuela de Comercio a inscribirse, le dijeron que era menor y para estudiar por la noche tenía que llevar libreta de trabajo. Consiguió la libreta y empezó a estudiar en la nocturna. “Todo por iniciativa propia, por el desesperado afán de superarse. Si querés aprender los caminos se te abren, y en la vida siempre hay una mano extendida para tomarla y superarse”, asegura.
Cuando los dueños de la empresa en la que trabajaba se enteraron de que había empezado a estudiar se pusieron muy contentos y empezaron a ayudarlo, “ellos fueron grandes maestros de la vida, Elías Marún, Vasco Larrea y Luis Pérez Roldán”. Baliña se acuerda de todos los nombres.
Cuando cobraba el sueldo compraba mercadería y la ponía en una caja y caminaba hacia su casa con la caja sobre la cabeza “como un africano”, costumbre que arraigó en Jáchal, cuando iban lejos a buscar leña y volvían así cargados. Un día de esos en los que caminaba con la caja encima por la vereda de la Escuela Hogar, lo llamaron de un auto, era Elba Aciar, su maestra en Jáchal que ahora era directora de esa escuela. Le dijo que la fuera a visitar, y cuando Baliña necesitó un tutor en la Escuela de Comercio, se lo pidió a la señora Aciar. Elba fue una de esas manos salvadoras de las que habla. Pero además, ella fue quien descubrió el potencial artístico de Eduardo y le enseñó a recitar y a escribir. Le ofreció que usara la escuela para dormir y comer y así no tendría que trabajar y podría dedicarse sólo a estudiar.
Ese ambiente le permitió contactarse con otro mundo y a impregnarse de cultura. Un día la profesora de música Violeta Gómez lo escuchó tocando el piano de oído y le ofreció clases gratis en su casa, y más, le pagó los exámenes en el Instituto Beethoven, pero no terminó. Violeta vivía en la calle San Miguel antes de Libertador y hasta allá se iba Eduardo en bicicleta.
“Lo traía en los genes, mi abuela Atilana, con quien conviví en Jáchal, tocaba la guitarra, el armonio, el acordeón y cantaba maravillosamente bien; mi madre y mis tíos tocaban y cantaban”, dijo Baliña.
Las cosas marchaban como reloj suizo, pero estaba acostumbrado a manejar su plata desde chico y no trabajar tenía su lado incómodo. Entonces conoció a Ronie Cabello, un hombre mayor que trabajaba en la Escuela Hogar y que tenía una orquesta característica –que reunía los ritmos de jazz y tango- y lo invitó a tocar. Eduardo empezó acompañando con la guitarra haciendo ritmos y después le enseñaron a tocar el contrabajo, todo de oído. Ahí tocaba Abelino Canto –padre-. Salían a tocar los fines de semana y se ganaba unos pesos.
Después de ese grupo se juntó con unos pibes de su edad para hacer música “más moderna”, por entonces se empezaban a escuchar los ritmos de cumbia en las salas de baile. Lucho Moliní era el cantor y Rolo Sánchez el guitarrista, Eduardo hacía percusión.
Estaba en el último año de la nocturna y se enteró que en la Dirección General de Rentas iban a tomar un inspector, Eduardo había aprendido a escribir a máquina en la Escuela Hogar y siempre se destacó como alumno, se presentó, rindió y ganó el concurso donde rindieron otras 60 personas. En 1961 ya era empelado de Rentas y empezaba su carrea en la administración pública; ya militaba en el partido Bloquista. Para entonces las ideas de justicia social, solidaridad, equidad e igualdad, bullían en su cabeza.
Con un sueldo fijo y una situación monetaria cómoda, empezó a estudiar Ciencias Económicas. El ingreso a la facultad coincidió con su reconversión al catolicismo e ingresó al Movimiento Tercermundista, allí fue compañero de muchos de los que sufrieron cárcel y persecución. El mismo, dijo, fue un perseguido político. “Anduve por todo el país con un joven sacerdote, muy inteligente, José Luis Parisí, que ahora vive en Centroamérica, tuvo que irse perseguido por las Triple A”, dice.
Por esta militancia lo echaron de Rentas durante el gobierno de Juan Carlos Onganía (del ’66 al ’70), lo reincorporaron después y lo volvieron a echar en el último golpe miliar del ’76.
La política
-¿Qué lo atrajo del Bloquismo?
- La familia de mi madre eran militantes del Cantonismo, por ellos entré a ese mundo donde veíamos posible las reivindicaciones de tanta pobreza y desigualdades sociales. Yo seguía esto porque venía de un hogar muy humilde, vivía en Villa Krause donde había comprado un lote en la Villa del Candil, se llamaba así porque no había agua ni luz.
En los ’50 el Bloquismo tenía una filosofía muy progresista de izquierda, era la representación provincial de la izquierda nacional. A la muerte de Federico Cantoni se había dividido el partido, en el ’56, habían bandos enfrentados que terminaron uniéndose luego, cuando se va Rodríguez Pinto de la conducción y se incorpora Leopoldo Bravo como secretario general, un hombre joven, con trayectoria en Rusia, cauto, sabio, un tanto burgués, no tan de la izquierda, y produjo ese cambio, se aburguesó el partido, dejó de ser la izquierda dura a la que San Juan le tenía miedo, porque en aquel entonces decir ‘soy bloquista’ era decir ‘la chusma de alpargatas’.
Desde el ’58, cuando se afilió al partido, ocupó todos los cargos de la militancia y fue miembro del comité central hasta que murió Bravo; estuvo en la función pública cada vez que el partido fue gobierno.
“Jamás dejé de estar. Cuando me casé, estuve del ‘76 al ‘82 viviendo de mi profesión y cuando vuelvo a la administración pública ya era docente universitario y militante activo. Trabajé como asesor en el gobierno de Eloy Camus, en el equipo económico del doctor Ares y trabajé en la Comisión Federal de Impuestos”, cuenta.
Según su lectura bloquista de la historia, el segundo gobierno de Perón, “no sé si inducido por otros”, no fue escarmiento, sino la decepción. “Pensamos que con él venía la revolución que todos buscamos, y vino una exacerbación de la derecha que se completó con el golpe militar”.
Volvió a la función pública de la mano de Raúl y Federico Bravo, cuando se hicieron cargo de la municipalidad de la Ciudad, era el inicio de retorno de los partidos políticos, y aún estaba a cargo del Ejecutivo, Manuel Zamboni -gobernador de facto-. “Por entonces luchábamos para voltear a Zamboni, éramos 15 o 20 bloquistas y varios peronistas que nos acompañaban, estábamos en un solo haz de lucha en San Juan junto a muchos gremialistas”, asegura Baliña.
En el ’81 asumió el gobierno Daniel Rodríguez Castro, su caída fue una maniobra de los bloquistas, según cuenta Baliña y eso justificó la asunción de Leopoldo Bravo en el gobierno. El primer gabinete lo formó su hermano Federico Bravo, quien lo llamó a Baliña y en secreto aceptó ser Secretario de Hacienda del Ministerio de Economía. Por entonces, recuerda Eduardo, San Juan estaba fundido, tenía un 28 % de desocupación, había ollas populares por todos lados, no había con qué pagar los sueldos, “era un momento muy difícil en el que teníamos que asumir. Pero nos fue bien y ganamos las elecciones que vinieron en el ‘83”, dice.
Luego asegura que fue el hombre de confianza de Don Leopoldo, “nunca confió en nadie como en mí y lo acompañé hasta la muerte”, repite.
En los gobiernos Bloquistas y de la Alianza, Baliña fue seis veces ministro, de Economía, Hacienda y Finanzas, de Obras Públicas, de Educación; y dos veces Diputado. También fue Jefe de Gabinete de Alfredo Avelín y ministro y fueron estos últimos cargos los que le trajeron algunos problemas con gente de su partido. “Estuve muy comprometido con el gobierno de la Alianza, con el gobernador Avelín, y me tocó muy profundamente lo que ocurrió cuando el partido me negó el apoyo, en el momento más crítico del gobierno, el momento del desenlace, eso me conmovió y empecé a retacear mi presencia”, recuerda.
Sin embargo su corazón ya tenía dueño: “Al Bloquismo le di toda mi vida”.
“Soy Bloquista y lo seré hasta que me muera. No estoy alejado de la política ni de la militancia. Puedo tener desacuerdos con algunos dirigentes o no querer participar porque a mi edad no es bueno”.
Cuatro preguntas
-¿Cómo ve la unión del Bloquismo con el Justicialismo hoy?
-Si soy Bloquista soy disciplinado, las decisiones del partido las respeto, es lo primero, el que no respeta y busca otros caminos para mí está equivocado. Esa fue mi conducta, nunca afuera.
-¿Qué opina del gobierno de Cristina?
-Soy Kirchnerista, lisa y llanamente. Todo me gusta de la Presidenta, la fidelidad a su pensamiento y a su doctrina, a la ideología. Como he vivido tantos gobiernos y estuve en tantas luchas, le digo que hoy como nunca en la República Argentina se ha vivido el progreso, el crecimiento y el desarrollo social. Algunos no lo comparten al criterio, tal vez haya cosas que corregir, tal vez la Presidenta debería sacudirse algunas cosas que la rodean y condicionan su obrar; pero es una gran luchadora.
-¿Y del gobierno de José Luis Gioja?
-Creo que es lo más parecido al gobierno Bloquista (risas)... eso encierra mucho. Voy a opinar porque nos conocemos desde la juventud con Gioja, él es un luchador incansable que va a entregar su vida por las cosas que cree que deben ser; y como buen pragmático va hacer todo lo que sea posible. Un buen gobernante, más allá de las ideas que tenga, debe ajustarse las circunstancias porque no siempre es posible hacer todo de una vez, porque en el poder no existe un sólo poder, hay que negociar con los interese que existen. Quien estuvo en la función pública en cargos importes como yo he tenido, lo acompañé a Bravo a reuniones con el Embajador ruso en la guerra con Inglaterra, lo acompañé en negociaciones por camino a Chile, conozco las dificultades que se tienen en una provincia estado-dependiente y que debe aprovechar todo lo que haya para traer progreso. A lo mejor no le va tan bien como quisiera, pero está haciendo un gobierno de mucho trabajo, de gran dedicación. Lo demás son dimes y diretes de la lucha política.
-¿Queda algún Bravo con capacidad de liderazgo?
-No lo hemos visto… todavía. Todos tienen posibilidades, el tema es el espíritu de lucha. Un partido político no se hace para una familia sino para hombres que tienen convicciones firmes y jamás las abandonan hasta que logran el objetivo que es alcanzar el poder para realizar ideas, obras que deben quedar. Cantoni decía que un partido debe tener un plan de gobierno y esa es la prenda de unión con el electorado.
Mundo Baliña
Una piecita con las fotos de Don Leopoldo en primerísimo primer plano, la última foto con Leopoldito dedicada por él, una página del diario de la UCR Bloquista La Reforma, publicado en los ’50, “era un periódico beligerante, que denunciaba la injusticia, una reliquia”.
También las fotos de sus hijas, María Fernanda, María Marta y María de los Ángeles; y otras de cuando juró como Diputado. Allí están las dos guitarras que atesora: una fabricada en San Juan que tiene casi 100 años y la otra que le dejó Antonio Tormo, de quien fue muy amigo. “Cuando murió, a los días llegó su señora a la casa con la guitarra, me la había dejado a mí. Nos visitábamos todos los mese, él era mayor que yo, también jugábamos al truco”, cuenta.
El último CD de recitados con acompañamiento de guitarra que editó, “Fiesta Patria”, es un homenaje a los poetas y militantes de Jáchal y tiene tres poemas de su autoría: Rebeldía, Redención e Impotencia, este último escrito en Chile, durante el golpe de Augusto Pinochet, cuando Baliña junto al compositor César Isela, una de las figuras del Movimiento del Nuevo Cancionero Argentino, lograron salvar su vida. Con Isela tiene muchas historias de aventuras que lo llevaron por Rusia, Hungría, Alemania, Cuba, Ecuador y Chile.
Eduardo acaba de componer una cueca en honor al gaucho José Dolores.