El mundo Paredes, intacto
La casa de Santiago Paredes en Santa Lucía está tal cual él la dejó en el ´92, como si el gran artista sanjuanino aún se levantara todas las mañanas a retratar con golpecitos y trazos de grafito sobre su añejo tablero. Un viaje a la historia viva del arte local. Por Gustavo Martínez Puga.
gmartinezpuga@tiempodesanjuan.com
Una leve capa de tierra le da un toque nostálgico especial a los frascos con aceite de lino que usó el artista autodidacta; la bicicleta en la que se movilizaba junto a su maletín de cuero con sus herramientas; el tablero; la más grande de sus obras (la representación de la vendimia, en óleo de unos 2 metros de altura por 2.20 metros de ancho) y hasta las fotos de sus padres (Enriqueta y Santiago) horneando el pan para ganarse la vida.
Los Paredes siempre fueron una familia muy humilde. Santiago salía a vender el pan y las semitas que amasaban sus padres en bicicleta. Susana, uno de los tres hijos del artista, cuenta que así fue cómo su padre descubrió su pasión por el arte: “Cuando terminaba de vender las semitas, en la puerta de la cancha, iba a un kiosco de revistas y pedía prestada las de deportes en las que ilustraban los poemas y algunas notas. Él miraba esas ilustraciones y cuando regresaba a su casa agarraba el carbón que había quedado de la leña del amasijo de pan y dibujaba en el piso. Así empezó”.
El atelier donde aún están sus huellas fue construido en los ´50. Paredes empezó pintando en esa casa en una habitación que está en el frente. A ese lugar los padres de Santiago se mudaron en el ´42. Antes habían vivido a pocas cuadras de allí, donde Santiago nació el 3 de enero de 1916 –lo anotaron el 8 de febrero-, en lo que hoy es el cruce de la Avenida de Circunvalación y el Acceso Este. Cuentan que Santiago Paredes siempre quiso que allí hubiera un monolito que lo recordara.
Mientras tanto, desde el año ´94, sus hijos –Susana, Santiago y Mónica- se encargaron de mantener viva su memoria abriendo las puertas de su casa y contando gratuitamente una y otra vez la historia de su padre a cuantos lo soliciten. En ese paseo se pueden ver las obras de Paredes en cada habitación; su pasión por los relojes que están distribuidos en toda la casa y la atracción que sentía por las teteras como símbolo de la amistad, por lo que elaboró decenas de ellas con las chatarras de cobre que juntó durante 25 años.
Berta Acosta, su esposa, fue su musa inspiradora. Está retratada en varias obras. Y fue la mujer que hizo posible que Paredes se dedicara exclusivamente a pintar, ya que con su oficio de enfermera que aprendió en Mendoza llevaba el dinero a la casa para pagar impuestos y criar a los hijos. Su bicicleta estilo inglés que tanto quería está como su destino, junto a la de Paredes en el atelier.
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