Tal vez es el ídolo popular más grande que tuvo la provincia. Tal vez porque atravesó generaciones tras generaciones. Fue un ídolo sin tiempo. Es que hasta hoy en día su historia de vida, arriba y abajo de la bicicleta, hace correr una lágrima por sus hazañas por caminos imposibles, aquel accidente lejano de todo que lo postró en una cama y su regreso triunfal a las rutas sanjuaninas.
Un ídolo de todos los tiempos
Las rutas sanjuaninas ya no serán lo mismo. Si bien ya no competía, su espíritu seguía presente en cada temporada, en cada clásica, como la última Mendoza-San Juan, que llevó su nombre para homenajearlo. Por Gustavo Martínez
Sus palabras contagiaban libertad, esa misma libertad que consiguió en cada palancazo arriba de la bici rutera que lo llevó a ganarse el corazón de los sanjuaninos que lo alentaban en las rutas, en esas épocas en que era el gran ganador de cada carrera, de cada clásica, como la Doble Calingasta por la ex Ruta 12, entre curvas y precipicios, partes de ripio, badenes con agua que lo obligaban a cargarse la bici al hombro. Y la gente estaba siempre ahí, esperando horas al costado de un camino sólo para verlo pasar con sus largos pelos rubios sueltos al viento y poder gritarle “dale Payo, no aflojés”.
En cada reportaje de estos últimos años el Payo no se cansaba de repetir cuál era el secreto de su éxito: dejar el alma en lo que a uno le gusta hacer. Eso hizo él, dejó su vida arriba de una bicicleta dándole alegría a la gente. Y por eso ahora su ausencia física nos duele a todos.
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