En la Plaza Laprida, en pleno corazón de la Capital sanjuanina, la rutina de cada mañana empieza temprano, incluso antes de que salga el sol. Entre gazebos improvisados y tablones, la feria creció con los años hasta convertirse en un punto de referencia para vecinos, estudiantes y turistas. Hoy, ese entramado de vendedores, historias y economías familiares atraviesa un momento de incertidumbre: versiones sobre un posible traslado o desalojo encendieron la alarma entre quienes dependen de ese espacio para vivir.
Vendedores de la Plaza Laprida, entre la diversidad de situaciones y la necesidad común de trabajar
Esta semana se corrió la voz de que la feria que se armó con vendedores espontáneamente hace años, podría desaparecer. Qué dicen sus protagonistas.
La feria no es homogénea. Está integrada por vendedores independientes, miembros del Movimiento Evita y de la Asociación Amas de Casa del País. Se organizan en dos grupos: uno trabaja lunes, miércoles y viernes; el otro, todos los días. La jornada arranca cerca de las 7 y se extiende hasta las primeras horas de la tarde. La oferta es tan variada como quienes la sostienen: desde verduras, huevos y condimentos hasta ropa nueva y usada, artesanías, perfumes, plantas o comidas al paso.
Pero detrás de esa diversidad, hay un punto en común: la necesidad. “Para mí este espacio es reimportante, porque yo vivo solo de esto. No tengo otro ingreso”, cuenta Alejandra González, que lleva casi tres años en la plaza. Su relato se vuelve más concreto cuando explica lo que está en juego: “Soy el sostén de mi casa, vivo con mi hija. Si me quitan esto, me sacan todo. No sé de qué otra manera sobrevivir”.
Como otros feriantes, rechaza la posibilidad de ser trasladada a otro punto de la ciudad. “Nos quieren llevar a la plaza que está atrás de la Terminal, pero ahí no pasa nada. Acá la gente viene, compra, a veces de apuro, a veces porque no llega al centro”, dice, y remarca que nunca percibió rechazo: “Al contrario, la gente nos apoya”.
Esa relación con el entorno es uno de los argumentos que más se repiten. Otro vendedor, con años en el lugar, resume: “El público ya nos conoce. Sabe que acá puede encontrar algo novedoso o artesanal”. La ubicación, además, no es casual: escuelas cercanas, paradas de colectivo y el flujo turístico potencian las ventas. “Siempre se renueva el público. Los chicos se acercan, los turistas se llevan un recuerdo”, agrega.
Con el tiempo, el grupo también construyó algo más que un espacio de trabajo. “Esto es bastante familiar. Ya compartimos mucho más que la jornada”, cuenta. Y destaca un aspecto que consideran clave frente a las críticas: “No molestamos a nadie. Invitamos a la gente a la sombra, cuidamos la limpieza, hasta ayudamos a regar los canteros. Una vez hicimos una encuesta y los vecinos decían que le dábamos vida a la plaza”.
Algunos de los feriantes están desde el inicio, hace más de 15 años, cuando la actividad comenzó de manera espontánea. Para ellos, la plaza es mucho más que un punto de venta: es una clientela construida con el tiempo. “Sería muy dañino trasladarnos. La gente ya sabe que estamos acá”, explican. En muchos casos, la feria fue una salida tras la pérdida de empleos formales. “Cuando me quedé sin trabajo, me dediqué a esto que hacía como hobby. Hoy es mi sustento”, cuenta otra vendedora.
La problemática también atraviesa a los más jóvenes. Belén, de 22 años, llegó a la plaza después de no conseguir empleo tras terminar sus estudios. “Te piden experiencia, pero recién salís de la escuela. No te toman o te hacen trabajar gratis”, relata. Empezó vendiendo sahumerios y fue ampliando su oferta con maquillaje y bijouterie. “De a poquito voy teniendo para ayudar en mi casa. Somos tres, mi mamá tiene problemas de corazón y los remedios son carísimos”.
Su realidad sintetiza una escena más amplia: la feria como refugio ante un mercado laboral que no absorbe. “Hasta que no tenga un trabajo, necesito esto para vivir”, dice. Y suma otro dato: “Hay muchas señoras jubiladas que también venden porque la jubilación no alcanza”.
Ese contexto es el que también expone la dirigencia de Amas de Casa del País. Ante las versiones de un posible desalojo impulsado por el municipio (en línea con antecedentes como el retiro de manteros en Plaza España en 2025), su presidenta, Laura Vera, advirtió que la feria dejó de ser una actividad ocasional para convertirse en un “motor de supervivencia cotidiana”.
Según explicó, el crecimiento del espacio responde a una crisis que empuja a muchas personas, especialmente mujeres, a generar ingresos por fuera del sistema formal. En ese sentido, subrayó que la feria cumple un rol clave no solo económico, sino también social: permite avanzar hacia la independencia financiera y, en algunos casos, salir de situaciones de violencia. “La independencia económica es fundamental para romper con la violencia económica dentro de los hogares”, sostuvo.
El perfil de quienes trabajan en la plaza, agregó, es de alta vulnerabilidad: mujeres mayores de 40 años, jubilados o personas que quedaron fuera del mercado laboral. Para todos ellos, un eventual traslado no sería solo un cambio de lugar, sino un golpe directo a sus ingresos diarios.
Mientras tanto, en la Plaza Laprida, la feria sigue funcionando como cada mañana. Entre clientes habituales y nuevos, entre historias distintas pero urgencias similares, los puestos se sostienen con una lógica simple: vender para vivir.