Arturo Fernández vive junto a su esposa Cecilia Díaz, su hija Camila y Gustavo Díaz en el puesto San Antonio, uno de los campos de Sierras de Chávez que resultó más afectado por el incendio del mes pasado en Valle Fértil. Pero no solo fue uno de los más complicados, sino que además su hogar se convirtió, de la noche a la mañana, en el primer centro de operaciones que se montó para combatir las llamas que estaban avanzando sin piedad por distintos frentes.
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San Antonio, el epicentro de la lucha contra el mayor incendio que haya afectado a las Sierras de Chávez
La zona es por demás tranquila. Abundan los cantos de los pájaros y el ruido del agua que corre cerca de la vivienda. La brisa combina de forma armoniosa con el sol, que a pleno se alza sobre las sierras. Chivos, terneros, vacas y caballos se encuentran en sus corrales y, en un día habitual, Arturo y Gustavo se dedican de lleno al campo, mientras Cecilia hace las labores de la casa y acompaña a Camila a la escuela. Pero durante varios días, esa tranquilidad que suele reinar en San Antonio quedó totalmente marginada. “Fue algo impensado, nunca llegamos a imaginar que íbamos a tener el movimiento de personas en casa”, comenta Arturo, recordando cómo fueron los primeros momentos del incendio donde poco se entendía en torno a lo que estaba sucediendo.
Tanto Arturo como Gustavo, quienes durante todas sus vidas han vivido en Chávez, señalan que no es el primer incendio que deben enfrentar, pero sí el primero que movilizó a una gran cantidad de personas alcanzando dimensiones impensadas. Hasta San Antonio, un puesto al que solo se accede por el Camino de los Sueños en vehículos tipo 4X4 llegaron una gran cantidad de movilidades de todo tipo, como también bomberos, brigadistas, personal de la Municipalidad de Valle Fértil, vecinos y puesteros para luchar contra el fuego.
“Lo primeros momentos fueron impresionantes, con mucho movimiento”, relata Cecilia desde la cocina de su hogar, el mismo lugar que hace un mes atrás albergó a decenas de personas que entraban y salían, organizando y distribuyendo los frentes de ataques y control para que el fuego no avance hasta la vivienda. “Al principio nos tocó estar solas con Camila. El lunes vimos poco humo, no pensábamos que el martes a las 20 hora lo íbamos a tenerlo en frente de la casa”, señala. Desde la puerta de la casa, mirando hacia las sierras, puede distinguirse claramente hasta dónde llegó el fuego. Unos escasos metros marcaron la diferencia.
Ella se encargó de todo en soledad durante los primeros días. Cuando el panorama comenzó a complicarse en las sierras, llegaron tres voluntarias a ayudarla. Así, se dedicaban a cocinar, tener listo el baño para cuando sea solicitado, ofrecer camas para breves descansos y asistir en todo lo que brigadistas y puesteros necesitaban, ya que las cuadrillas salían y regresaban a toda hora.
Afortunadamente en todo momento recibieron la ayuda del municipio para poder asistir a la gente que se había instalado en el puesto de Don Arturo. Llegaron no solo con fardo para los animales, sino también con leña para poder cocinar, y distintos tipos de frutas, verduras, mercadería y agua para la asistencia de todos.
El trabajo coordinado en las sierras ayudó a ir extinguiendo de a poco los distintos frentes de incendio, pero si no hubiera sido por la dedicación de Cecilia y su familia, la organización y un espacio para poder coordinar la logística hubiera sido imposible.