Por desgracia para las mujeres, este 8 de marzo del 2025 nos encuentra batallando contra el pasado y un moralismo agresivo. Explicando por qué no hay que eliminar la figura penal del femicidio. Explicando por qué no es un fantasma la brecha salarial entre hombres y mujeres. Explicando por qué las políticas de género no son una joda. Explicando por qué las mujeres tienen derecho a vivir libremente su sexualidad sin ser estigmatizadas. Explicando por qué las tareas de cuidado no son exclusivas de las mujeres. Explicando por qué el feminismo no es una corriente de pensamiento que avasalla a los hombres. Explicando por qué. Explicando otra vez.
Mujeres, nada para festejar: la restauración de un orden perdido y una batalla obligada
El fantasma del pasado y la moda antifeminista engendraron peligros reales, como la propuesta de eliminación de la figura penal de femicidio. La demonización a las preguntas y una propuesta de análisis que apunta al cuestionamiento.
El 24 de enero pasado, el ministro de Justicia de la Nación, Mariano Cúneo Libarona, anunció que impulsarán eliminar la figura jurídica de “femicidio” del Código Penal Argentino, incorporada en el 2012. “Ninguna vida vale más que otra”, escribió en un posteo personal que publicó en las redes sociales.
Los femicidios son crímenes que entran en una categoría especial porque tienen como víctimas a mujeres que fueron asesinadas por una cuestión de género, en otras palabras: por el simple hecho de ser mujeres. Conseguir terminar en el derecho con los crímenes pasionales para darle lugar a la figura del femicidio representó un avance en el terreno de la cosificación machista. “Si no sos mía, no serás de nadie”, es la premisa que esconde este crimen. Es la objetivación completa del otro, la despersonalización que convierte al otro en “mío” no solo en el discurso sino en el cuerpo.
Todos los femicidios esconden una historia de violencia previa, con la víctima y con otras mujeres. Nada que se le parezca a otro tipo de homicidios, como los que se desencadenan por peleas entre bandas, por robos o al azar –como la víctima del mazazo en San Juan-. Todos condenables y todos penados por la ley. Los testimonios en sede judicial indican que en los casos de femicidio siempre hubo una mujer violentada, marcada por un hombre como propiedad privada, con el título simbólico de propietario de la vida y de la muerte de su pareja, amante o vínculo sexoafectivo.
“Somos el grito de las que ya no tienen voz” es quizás una de las consignas más solidarias del feminismo. Las mujeres venimos cuidándonos mutuamente desde que somos niñas. Aunque el imaginario popular busque enfrentarnos, lo cierto es que son otras mujeres las que te preguntan cómo llegaste a tu casa después de una salida; son otras mujeres las que te “rescatan” de una relación de violencia; son otras mujeres las que te dan una mano con tu hijo o hija cuando sos madre soltera y no tenés a quién recurrir; son otras mujeres las que se movilizaron en las calles para pedirle a la Justicia mayor celeridad en el tratamiento de denuncias por violencia de género; son otras mujeres las que reclamaron en masa ser vistas por un Estado que por años no atendió los pedidos de ayuda desesperados para salir de una situación de violencia. Son otras mujeres las que con su voz pidieron por otras, algunas ya no están y ni siquiera por decisión propia.
Habrá detractores del Ministerio de Mujeres y Género que se creó durante la presidencia de Alberto Fernández, quien enfrenta actualmente una denuncia por violencia de género contra su ex pareja Fabiola Yáñez. Todavía no ha sido esclarecido si la ex funcionaria a cargo, Elizabeth Gómez Alcorta, no actuó tras un pedido de ayuda de Yáñez. Pero el desmantelamiento solo parece ser una opción cuando los derechos de las mujeres y de las minorías están en juego.
Hoy está de moda ridiculizar al colectivo feminista, sus reclamos y sus logros. No es casual que sea uno de los chivos expiatorios elegidos para polemizar. En todo el mundo, las luchas feministas han sido por la conquista de derechos y también para cuestionar un orden establecido. Estas consignas articularon el nacimiento de nuevas organizaciones, que unieron a mujeres y varones en pedidos concretos a los tres poderes del estado republicano y también a los poderes económicos. El movimiento feminista es el último gran riesgo ante un individualismo creciente, que brega por cuidar el rancho propio y por la ruptura de lo colectivo.
¿A nadie le hace ruido que se haya prohibido el uso del lenguaje inclusivo, pero no el uso de idiomas extranjeros en documentos oficiales? ¿Acaso solo molesta la “deformación del idioma” cuando les nombrades son les invisibilizades? ¿Acaso el club de fans de la RAE solo chilla cuando la heteronorma está en discusión?
En otro intento de destrucción de la unidad tras un reclamo común, se ha puesto de moda nuevamente la cosificación de la mujer encantadora, la que se dedica a gustar, aunque para ello se deba intervenirse quirúrgicamente y pasar por dolorosas sesiones de destrucción interna. Volvió a ser sujeto de deseo social la mujer trofeo, la que calienta a los otros, pero es solo de un hombre que la mantiene a cambio de la validación de la tribu.
El valor de la belleza no es nuevo, es tan viejo como la humanidad y está determinado por una época, por ciertas pautas que indican en un momento dado qué es bello. Lo que hoy encaja, hace 300 años no. El concurso de belleza hoy empieza en lo virtual, legitimando a una afortunada como linda oficialmente cuando suma más “me gusta” ante un espectador ajeno que juzga como un semidiós a las mujeres como si fueran un auto. Sonrisa más linda: “me gusta”. Cara más bella: “me gusta”. Tetas más grandes: “me gusta. Los “me gusta” de la cosificación, de la objetivación, de un cuadro FODA humano. Esclavismo 2.0.
La cosificación de la mujer comienza con actos aparentemente inofensivos, pero está sostenida por una cadena de opresión con múltiples eslabones. Esta estructura no solo impacta en las mujeres, que enfrentan el temor de caminar solas por la calle, el acoso en espacios públicos y la violencia de género, sino también a los hombres, atrapados en mandatos de masculinidad que los obligan a ser proveedores, fuertes y sexualmente activos. Estas exigencias tienen consecuencias graves: menos controles médicos, diagnósticos tardíos, tasas más altas de suicidio y mayor presencia en el sistema penitenciario por delitos contra la propiedad.
Una de las grandes promesas del antifeminismo es la restauración de un orden perdido, de viejos de tiempo de gloria en el que las cosas eran claras y ordenadas. En ese esquema, la mujer que cuestiona un arcaico sistema de privilegios no encaja. Quizás la premisa sea evitar que se colectivicen las preguntas. 2025. Nada que festejar. Y mucho que preguntar.