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domingo 22 de marzo de 2026

Cuestión de fe

En su día, qué une al Gauchito Gil con la Difunta Correa

Cada 8 de enero miles de fieles se unen para agradecer al gauchito correntino, cuya historia tiene una cercana similitud a la de difunta sanjuanina.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Si bien ninguno es santo (la Iglesia Católica no los considera como tal), ambos son venerados, depositarios de pedidos y agradecimientos y unen a cientos de miles de fieles. Sus historias son antiguas, corrieron de boca en boca y calaron hondo en la necesidad popular de tener una creencia a la cual aferrarse. En el día del Gauchito Gil, sus similitudes con la sanjuanina Difunta Correa.

El santuario del Gauchito Gil está sobre la ruta nacional 123, en Corrientes. Sin embargo, en San Juan también tiene un sitio de oración y se encuentra a pocos kilómetros de Vallecito, justamente el distrito en el que se halla el paraje de la Difunta Correa. Más allá de la distancia que separa a ambos parajes principales, ambos se parecen, señala una crónica del diario La Nación que asegura, “son un amasijo de colores, plaquetas, velas, pedidos y agradecimientos distribuidos en el espacio con una lógica desesperada”.

Pero, ¿quién fue cada uno? El Gauchito se llamaba Antonio Mamerto Gil Nuñez, vivía de changas y era un hombre pacífico. Nació el 12 de agosto de 1847 y la adultez lo encontró en plena lucha entre celestes y colorados. El Coronel celeste Juan de la Cruz Zalazar lo reclutó, y el paisano, que no quería pelear, huyó y se refugió en el monte. Pero hay otra versión, y es que Gil tenía un romance con una viuda que era pretendida por Zalazar; cuando lo alistaron, decidió abandonar las fuerzas militares y convertirse en una especie de justiciero que robaba a los ricos para ayudar a los más vulnerables. Se dice también que logró curar a los enfermos y vengaba a quienes había sufrido desigualdades. Y que su mirada era hipnótica.

A Mamerto Gil lo apresaron cuando descansaba bajo un arbolito. Aquel hombre se vio ante las autoridades de turno, teniendo que explicar el porqué de su deserción. "Ñandeyara (un dios guaraní) se me apareció en sueños y me dijo que no hay razones para pelear entre hermanos de la misma sangre", contó. Pero no le creyeron y terminó siendo trasladado para comparecer ante un tribunal. En el trayecto, y mientras los vecinos juntaban firmas para obtener su liberación, los militares lo colgaron de un algarrobo cabeza abajo, para evitar los supuestos poderes hipnóticos que tenía y para quitar poderes al payé de San la Muerte que colgaba de su cuello. Fue el 8 de enero de 1878 en las afueras de Mercedes.

Antes de morir, el Gaucho advirtió a su verdugo que al llegar a su casa sabría que su hijo padecía una grave enfermedad, que lo invoque para que pueda interceder ante Dios por la vida del chico. Al llegar a su casa, el verdugo confirmó que su hijo estaba muriendo y desesperado le rezó al Gauchito. A las pocas horas, el joven se recuperó por completo y el sargento entonces enterró la cabeza de Gil, construyó una cruz, la adornó con un trapo rojo y la clavó en la tierra que había sido manchada con la sangre del santo profano.

Una historia de amor sienta las bases de la historia de Deolinda Correa, aquella mujer que estaba casada con Baudilio Bustos, el hombre al que decidió seguir. Aquel federal en 1841 había sido enviado prisionero a La Rioja por el general unitario Lamadrid que había invadido San Juan. Desesperada, ella corrió tras su marido, con su hijo de pocos meses en brazos y un baúl. La mujer inició su camino a pie, anduvo un largo trecho, pero no logró ganarle al desierto y cayó en Caucete.

Días después unos arrieros encontraron el cuerpo de Deolinda y su hijo estaba aún estaba vivo, permanecía prendido a su pecho. La Difunta había logrado mantener a salvo a su hijo con su leche y ese fue su primer milagro. Al instante, recogieron al niño y sepultaron a la madre en el lugar, quien se convirtió en patrona de los arrieros que pasaban por la zona.

De ese modo, ambos murieron ayudando a sobrevivir a otros, sus historias corrieron de boca en boca y se transformaron en una creencia popular que trascendiendo al paso del tiempo y las generaciones. “El Gauchito y la Difunta Correa son lo más parecido a un ángel de la guarda”, asegura la crónica periodística, ambos conviven con las creencias ortodoxas; no son reconocidos por la Iglesia Católica, pero tienen su respeto; y aún hoy reúne a miles de seguidores.

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