Nació en un pueblo del interior andino del país, pero eso no le impidió codearse con estrellas rutilantes de los escenarios del mundo: Raphael, Sandro, Mercedes Sosa, Luis Miguel, Armando Manzanero, Luca Prodan, Lito Nebbia, Andrés Calamaro, presidentes, artistas visuales, deportistas como Maradona y hasta cruzarse casi a diario con Borges y Bioy Casares en el café Florida Garden.
El jachallero Roberto Ruiz, su cámara y la aventura de atrapar el tiempo
En Buenos Aires, Roberto había tocado el cielo de las estrellas de la tele, pero volvió a su origen para tocar las estrellas del cielo jachallero. Conocé su apasionante historia.
“Mi fotografía era cholula”, dijo sin tapujos Roberto Ruiz. A sus 75 años sigue proyectando exponer su obra en la plaza 25 de Mayo, con gigantografía incluida, ya en el año 2007 se hizo famoso por montar la primera foto gigante (de 60 por 18 metros) del Valle de la Luna en el obelisco porteño.
En Buenos Aires, Roberto había tocado el cielo de las estrellas de la tele, pero volvió a su origen para tocar las estrellas del cielo jachallero.
Hoy, sus ojos siguen siendo los mismos, claros y transparentes como arroyo que baja de la cordillera, conservan la pasión de mirar todo. Son ojos que no mienten, Roberto siempre fue un colega solidario, desinteresado, buen compañero.
-Roberto voy a Jáchal a hacer nota de los membrillos y …
-Dale, búscame y vamos juntos, decía sin esperar que terminara la frase. Allá iba con su cámara y lograba capturar la esencia de la cosecha, de la tierra, del esfuerzo.
La pasión por capturar imágenes le surgió de niño y casi como herencia paterna. Su padre, Ezequiel Ruiz, era cantor de tangos, “era muy bueno, tenía el mismo tono de Julio Sosa”, se fue a probar suerte a Buenos Aires con Antonio Tormo y Alberto Podestá, vivían en un conventillo de La Boca y no alcanzaba para comer.
Empezó a trabajar sacando fotos, esas que después se entregaban en marcos ovalados.
Decidió volver a Jáchal con un oficio aprendido y una vieja cámara de placas. Así recorría los pueblos sacando la que por entonces sería la única foto familiar. Trabajando conoció en Villa Mercedes a Filomena Perea, se casaron y tuvieron tres hijos: Roberto, Ricardo y Susana.
De la cámara gigante pasó a una Leica con rollo, es la que Roberto sacaba a escondidas para hacer sus primeras fotos en Jáchal junto a Horacio Espejo, su amigo inseparable.
Los recuerdos más nítidos son los carneos en la casa del abuelo Andrés, el 25 de mayo reunía a toda la familia para la elaboración de chorizos y morcillas que llenaban la despensa para todo el año.
Mientras tanto los niños jugaban en el karting artesanal que corría a la velocidad de la luz por la única calle asfaltada de la villa San José.
Su madre falleció muy joven, Roberto tenía 12 años, Ricardo, 9 y Susana, 3. Fue un golpe insuperable para Ezequiel y una bisagra para la familia. “Mi madre era una luchadora, trabajaba desde la madrugada ordeñando la vaca… eran épocas en las que todo se hacía en la casa”.
Cuando faltó Filomena, los más grandes tuvieron que aprender a cocinar y a realizar las demás tareas domésticas. El padre dejó de ser fotógrafo para dedicarse a la siembra en la finca de la familia.
“Yo sufría mucho porque lo escuchaba a mi padre llorar todas las noches”.
Roberto terminó la secundaria en la Escuela Normal de Jáchal, egresado con el título de Maestro Rural. Se fue a la capital sanjuanina a estudiar Ingeniería, no le gustó y saltó a Arquitectura. En esa época tuvo un fugaz paso por Diario de Cuyo donde hizo algunos trabajos con la cámara.
Dejó la facultad y volvió a Jáchal. Fue cuando, con 20 años y junto a unos amigos, se subió a un camión cargado de cebolla que iba a la capital de Tucumán. Para el grupo era una aventura, para Roberto era una oportunidad.
El paso por Diario de Cuyo (unos pocos meses) le dio espalda para decir que tenía “experiencia”. Se presentó en el diario La Gaceta de Tucumán y lo tomaron. Ahí conoció a Ignacio García Hamilton y se hicieron amigos.
Era la época de la guerrilla en el monte tucumano cuando se enviaban y recibían las radiofotos por las agencias UPI y Telam. Le tocó enfrentar situaciones de peligro real porque los militares hacían de noche sus redadas y disparaban a todo lo que se movía. Roberto sentía una terrible adrenalina en esas escenas.
En La Gaceta también fue compañero de otro tucumano, el periodista multipremiado Joaquín Morales Solá, que después fue decisivo en la vida profesional de Roberto.
En Tucumán se puso de novio y se casó por primera vez, se separó y con los años se volvió a casar dos veces más. Tuvo tres hijos de esas relaciones.
Donde atiende Dios
En 1978 Tucumán le quedó chico y se fue a Buenos Aires, donde vivió 36 años. Pronto se encontró trabajando en la oficina de prensa de ATC gracias a su amigo Juan Carlos López, maquillador de Susana Giménez y otras figuras.
Vivía en el hotel Fénix, en el corazón del centro porteño. “Las chicas de la noche, de las que aprendí mucho, nos dejaban sus hijos para que los cuidáramos. En esa época fue cuando con Juan Carlos nos cruzábamos con Borges en el bar, siempre iba a la misma hora, nosotros lo saludábamos y él nos saludaba, no éramos amigos pero él nos reconocía”.
Su sueño era se corresponsal de guerra, por eso cuando en 1982 comenzó la guerra de Malvinas, Roberto se anotó como corresponsal, logró pisar las islas pero se volvió el mismo día: le dijeron que no iba a poder mandar material porque todo quedaba en manos de los militares. Sólo se veía y se decía lo que ellos querían.
Se quedó en Comodoro Rivadavia hasta el final de la guerra y volvió a Buenos Aires.
Trabajaba como colaborador en Clarín y un día se reencontró con Morales Solá que le dijo: ‘En qué andas? Andá a verme’, y lo dejaron fijo en el diario más leído del país donde se mantuvo 34 años.
En tanto tiempo pudo conocer de cerca a Ernestina de Noble y a sus hijos, Felipe y Marcela. Incluso con Héctor Magneto tuvo una excelente relación. “A mí en Clarín me trataron muy bien, sería un desagradecido si dijera lo contrario”, dijo.
De esos años, las anécdotas con famosos podrían llenar varios libros.
Enrique Eskenazi (fallecido) le salvó la vida a Roberto cuando en la inauguración de unas oficinas de YPF le vio mala cara a Roberto y le preguntó que le pasaba, le contestó que le dolía la boca del estómago. “Sentate acá que ya te atiende mi médico”. Roberto tuvo ese día dos infartos.
A la semana ya estaba trabajado de nuevo, pero los médicos le habían recomendado que bajara el ritmo. ¿Cómo? Imposible en Clarín. Además, después de los infartos ya no era el mismo. Los jefes decidieron darle una jubilación anticipada, “una muy buena jubilación”.
En 2014 volvió a Jáchal donde, dice, “soy Gardel”.
El ojo incansable
Volver pero no con la frente marchita ni nada. A esta altura de su vida la cámara era una extensión de su cuerpo y nunca dejó de sacar fotos.
Las primeras fotos de su regreso a Jáchal eran nocturnas, oscuras, pero al poco tiempo salió el sol y las fotos mostraban la recuperación de su alma.
Cualquier perro, gato, caballo o guanaco que se le cruzaba, terminaba siempre en selfie. La vida en el campo, la cebolla, el membrillo, las conservas, los telares ancestrales, los supo atrapar para siempre.
Paisajes de Jáchal, sus deportes, producción, fiestas religiosas, y hasta la chaya son parte de su colección. Y siempre la naturaleza y la gente.
Como reportero gráfico Roberto sostiene que “el periodismo es un cosquilleo que se siente en la panza como cuando estás enamorado”.
“No me puedo quejar, he vivido hermosamente”, dijo en el patio, al pie de la escalera de la Residencia Vallesol. Esos 15 peldaños le resumen su actual estancia en la capital sanjuanina. Contó que tuvo otro infarto y nuevas dolencias.
Tiene proyectos, no se entrega. Quiere organizar una exposición de sus fotos en la Plaza 25 de Mayo, tal como las que hizo en la plaza de la Villa San José.
“Los 15 escalones y acá estoy hablando con vos”. Dice que una cosa es segura: “no me voy a morir acá, me quiero morir en Jáchal”.
Anecdotario robertiano
(Fuente: Destino San Juan)