Cada vez que un caso de bullying aparece en la tele o en los diarios, en la casa de Florencia Merino el tema deja de ser noticia y pasa a ser charla de obligada. Esta vez, lo ocurrido en San Cristóbal, en Santa Fe, donde un adolescente mató a un compañero, volvió a poner en palabras algo que, para ella, nunca dejó de estar presente. “Estos días se ha debatido mucho el tema acá en mi casa. Siempre que hay un caso de bullying nosotros lo hablamos con mi papá, con toda mi familia”, cuenta. Y no es una casualidad, ya que su historia, marcada por la violencia escolar, sigue atravesando su vida cotidiana.
El bullying en primera persona: el caso Florencia Merino, a 13 años del ataque que le cambió la vida para siempre
Tenía 13 años cuando una compañera la agredió con un semicírculo de geometría en plena clase y le provocó la pérdida de la visión de su ojo derecho. Hoy con 26, reconstruye aquel episodio que la marcó para siempre, reflexiona sobre el bullying y hoy acompaña a otras familias que atraviesan situaciones similares, en medio de la fuerte problemática por la violencia escolar.
Ella tenía 13 años cuando todo cambió. Era alumna de segundo año en el colegio Dante Alighieri y convivía con situaciones de acoso por parte de una compañera. “No fue algo aislado, ya venía de antes, con varias cosas que me hacía”, recuerda. Incluso, con el paso del tiempo, descubrió que había naturalizado episodios que hoy reconoce como graves. “Encontré un diario mío de esa época donde había escrito que me empujó y casi me caí por las escaleras. Yo no lo recordaba. Cuando lo leí, me impactó”, dice desde la intimidad de su hogar, a Tiempo de San Juan.
El día del ataque lo tiene grabado por momentos. Un jueves, clase de computación y una rutina escolar que se rompe en segundos. Un semicírculo de geometría, de esos flexibles, que no era suyo, pero que había quedado en su mesa. Minutos después, en medio del movimiento previo al recreo, la escena se volvió violenta. “Yo estaba a unos metros. Ella hizo como si fuera un boomerang y me largó el semicírculo. Sentí el impacto, como una goma. El ojo se me cerró de inmediato. Yo no sabía qué estaba pasando, fue un golpe tan puntual”, relata. Al principio no hubo dolor, sino desconcierto. Luego, la imagen que no olvida: “Me toqué y me salía líquidos naranjas”.
Bajó a secretaría, pero no había un botiquín de primeros auxilios y la secretaria a cargo de la institución -no estaba presente el director- apenas le dio una servilleta. En medio del caso, pudo comunicarse con sus padres. Y la ambulancia, que había sido solicitada en reiteradas oportunidades, llegó tarde y con una respuesta que nunca esperó. "La enfermera me vio el ojo y me dijo que la situación la había sobrepasado. Mi papá no entendía nada, porque pensaba que era sólo un ojo morado", cuenta.
Nadie la trasladó. Florencia se tuvo que ir con su papá en su camioneta, en medio de la desesperación. Ya en la clínica descubrieron lo peor. El diagnóstico de los médicos indicaron que la lesión era grave y que había que operarla de urgencia. “Tenía un tajo de 13 centímetro, más de la mitad del ojo. Me dijeron que tenían que operarme urgente porque sino perdía el ojo totalmente. Lo cierto es que me destrozaron el nervio óptico y perdí la visión”, señala.
A esa edad, dice, no dimensionaba del todo lo que significaba aquel ataque que había sufrido y sus consecuencias. Pero el impacto apareció en otros planos. “Me bajó mucho la autoestima. No fue solo algo visual, también estético. Yo recuerdo que después de la operación mi ojo era chiquito, era rojo chiquito y con el tiempo se fue regulando con el izquierdo", recuerda. Durante un tiempo evitó fotos, buscaba ángulos, trataba de ocultar lo que le pasaba. A eso se sumó otra forma de violencia, el acoso en redes. “Me mandaban memes por sacarme fotos de un lado”, cuenta.
El sostén, en medio de toda esa situación, estuvo en su familia, especialmente en su papá Fernando. “Siempre fui muy compinche con él. Esto nos unió de otra forma. Supongo que fue un trauma mutuo, es algo que nos pasó a los dos como familia y entre nosotros supimos curarlo, por decirlo de alguna manera”, dice. También encontró refugio en la lectura, en esos espacios donde podía correrse, aunque sea por un rato, de lo que estaba atravesando.
Nunca hubo un acercamiento de la agresora. Tampoco, asegura, una respuesta institucional acorde a la gravedad del hecho. “Nunca se comunicó, nunca se interesó. Nunca supo por qué hizo lo que hizo. Pienso que puede haber sido una chica con problemas familiares. Pero nunca me llamó, me la encontré una vez en una fiesta y me empujó; tuve que llamar a mis padres. Pero sobro la agresión, nadie se responsabilizó por lo que pasó. Todos los gastos los pagó mi familia”, afirma. La palabra perdón aparece, pero lejos de ser sencilla. “Es muy fuerte. Alguien arrepentido es alguien que se compromete. Pasó más de la mitad de mi vida. Si hubiera querido disculparse, tendría que haber sido a tiempo y con hechos”.
Hoy, con 26 años, Florencia estudia Abogacía y reconoce que su historia tuvo mucho que ver con esa elección. “Esto me terminó de moldear”, dice. Su vida sigue, con proyectos, amigos y rutinas, aunque convive a diario con las secuelas. “Hay días muy malos. Se me secan los ojos, no veo bien, me molesta todo. Y pienso por qué no puedo estar disfrutando en vez de estar enfocada en lo que me duele”.
Pero lejos de quedarse en el lugar de víctima, transformó su experiencia en una forma de acompañar a otros. Cada vez que aparece un caso, investiga, lee, se involucra. Muchas familias llegan a ella a través de su papá, buscando orientación. “Lo único que importa es la salud física y mental de tu hijo. No importa la escuela, hay más escuelas. Hay más amigos, hay más vida”, sostiene.
También hay una mirada crítica sobre lo que, entiende, no cambió en más de una década. “Han pasado 13 años. ¿Cuántas generaciones? Y hay tan poca reglamentación. Nada cambió”, cuestiona. Y apunta tanto a las instituciones como a las familias: “Si van a tener hijos, háganse cargo. En vez de ofenderse, busquen educar”. Ella ya aprendió a vivir viendo con un solo ojo, pero también aprendió a hablar, a poner en palabras lo que le pasó y a tender una mano a otros. Porque, aunque hayan pasado 13 años, su historia no se cierra y sigue pidiendo ser escuchada.