Podría decirse que Andrés Abelino Pastrán se considera uno de los carniceros más longevos de San Juan, si es que no es el más antiguo. Con 81 años de edad, lleva 60 despostando novillos y abasteciendo a todo Pocito. No hay pocitano que no lo conozca, sobre todo los Uñac.
Don Andrés, el carnicero que vio crecer a los Uñac
A don Joaquín Uñac lo conoció cuando Andrés era chico. "Él plantó cebollas con mi patrón y yo andaba en la camioneta con ellos, porque era un niño, le compraba cigarrillos y hacía mandados. Fumaba Imparciales. Me decía 'Andrecito'. El padre de Joaquín era dueño del cine, de todo eso de ahí", dice, señalando la cuadra frente a la plaza Libertad, en el corazón de la Villa Aberastain. "Yo pasaba el lampazo y me daba entradas para ver películas", rememora. "Estos niños pasaban para que yo les diera caramelos y sus tíos pasaban siempre a conversar por las noches porque la carnicería estaba cerca de la casa paterna", dice sobre el gobernador Sergio Uñac y su hermano, el senador Rubén Uñac.
"Yo sabía que el Sergio iba a llegar a gobernador desde que era chico. Un día veníamos con el Rubén y el Sergio caminando los tres y les digo 'miren el cielo que el viejo los está mirando y ustedes van a gobernar San Juan. Y el Rubén que todavía no había sido vicegobernador se reía. No pensaban nunca eso", asegura mientras corta unos bifes. Y sentencia: "me han pedido que cuide a su mamá y yo la cuido".
Cuando lo ven por la calle se paran para saludarlo no solo los Uñac sino muchos coterráneos. "Yo ayudo a todo el mundo, al que puedo. Viene acá gente jubilada de Carpintería, que no le pagan, me dicen 'mire Pastrán, no me da para el pasaje' y yo le doy. Y esa gente me adora. La otra vez vino una persona grande y le contaba a mi señora que había días que no le podía dar de comer a los hijos y que yo le daba. Se le corrían las lágrimas a la mujer. Lo que haya llevo. A veces me voy al Abanico (una zona humilde de Carpintería) y llevo las bolsas con huesos y esa gente lo aprovecha".
Nacido el 9 de noviembre de 1941, Pastrán se crió a pocas cuadras de la plaza en una familia de 7 hermanos, de los cuales quedan vivos solo él y uno mayor. Allá por los años '50, su madre era ama de casa y su padre era el administrador de la finca de Rubio sobre Calle 11, labor que lo ocupó al jefe de familia durante 47 años. De ahí que Andrés se involucró desde chico en la tarea del campo. Llegó a cuarto grado en la Antonino Aberastain hasta que empezó a trabajar. "El que no sale a buscar trabajo aunque sea desculando hormigas no come acá", dice que les advertía su padre.
Así, con solo 8 años, Andrés lavaba platos, barría, atendía los caballos. Creció en la carnicería de Lucas Herrera, viendo bajar y trozar reces con el cuchillo, sin sospechar que esa fajina sangrienta sería designio de todos sus días. Con el correr de los años, el mercado El Plata desapareció y también Andrés dejó de tener patrón.
Con el oficio aprendido con creces, decidió armar su propio negocio. "Me independicé. Para mí es una pasión cortar la carne, y los animales me encantan. Tengo chanchos en una finca", apunta.
El negocio le dio un buen pasar, con una casa en el barrio La Rinconada II que construyó cerca de la de sus nietos del corazón. Cuatro veces al día viaja varios kilómetros hasta la Villa Aberastain, donde tiene el "Mercado Andrés Pastrán", que exhibe un gran cartel en la ochava de Maurín y Uriburu. Antes, del '70 al '82, tuvo la carnicería por calle Aberastain, en dos lugares, cerca del centro pocitano siempre. En los '90 se instaló donde hoy vecinos y ocasionales compradores lo buscan para disfrutar el asado más rico y tierno del Sur sanjuanino.
Mientras habla, su esposa Graciela Bibares lo mira desde la caja del mercado, donde ella lo ayuda hace años en la atención al público. A ella la conoció justamente despachando él carne. "Yo estaba en ese entonces trabajando con el patrón. Me casé con 33 y ella con 23 años. Duramos un año de novios, para que no se dé cuenta", bromea. Recuerda que su matrimonio fue todo un evento en el pueblo, en la Iglesia de Santa Bárbara, también ubicada frente a la plaza Libertad, y con una fiesta con más de 200 invitados. "Cuando cumplimos 40 años de casados renovamos los votos, en la Iglesia, con anillos nuevos. Ella maneja la caja y yo si tengo que lavar los platos lo hago, así funciona", comenta con picardía.
Sus manos son testimonio de su pasión, con las uñas tan rojas como las grietas que le marcaron los años. Confiesa que se cortó los dedos "muchas veces", pero los conserva enteros a diferencia de algunos colegas.
Con su señora no tuvieron hijos propios pero tienen muchos sobrinos y dos ahijados. Al lado de Andrés trabaja codo a codo Fernando Aguilar que es como su hijo, dice. El "joven ayudante" tiene 52 años y lo conoce desde que era niño, lo trata de "usted" pero tienen una relación casi familiar. "Él lleva todo acá, va a tener que quedar él en esto cuando yo no esté", dice don Andrés.
Además de saber de puntas de espalda, Pastrán sabe de motos que son su hobby. Cuenta que hace muchos años juntaba monedas de propinas en un tarrito hasta que por 5 pesos compró la primera en la década del '60 y compró una que conserva, modelo '52. "Anda, está impecable", asegura. Le atraen todos los deportes y también apunta que "me gustaba mucho la joda pero cuando conseguí la obligación, vivo para la obligación. Me gustaba la calle. Cuando hice el servicio militar dije que no me iba a casar joven y así fue". En Mendoza, donde fue conscripto, era panadero para toda la milicia así que también maneja ese oficio.
Aunque estuvo preocupado por su salud este año, dice que ahora está "joya". Y que no se imagina haciendo otra cosa que siendo un verdadero "cirujano de la media res". Nadie logrará separarlo de su pasión, sostiene. Y promete que hasta sus últimos días "me sentaré en una silla acá en la carnicería a mirar qué es lo que hacen".