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jueves 2 de abril de 2026

Memoria viva

Herederos del fuego: las voces de los hijos de Malvinas en San Juan

Anahí, Johana y Rodrigo rompen el muro del tiempo para contar cómo la guerra moldeó sus identidades a través de sus padres combatientes, revelando una faceta humana del conflicto que rara vez llega a los libros de historia.

Por Miriam Walter

“Modificó mucho mi infancia porque yo idealicé mucho a mi papá; con cinco años comencé a pensar que mi papá era un héroe, pero no los héroes de caricatura, sino un héroe de la patria”, recuerda Anahí Moreno sobre sus primeros años en un hogar donde la ausencia se hizo bandera. Por su parte, Johana Cortéz explica que “ser hijos de Malvinas nos ha marcado mucho en cuanto a la personalidad, en cuanto al silencio; papá se refugió mucho en el silencio y pasaron muchísimos años que él no hablaba de la guerra”. En una sintonía diferente, marcada por la disciplina, Rodrigo Rodríguez relata que su “adolescencia fue muy reservada, dentro de la base es otra vida, uno caminando miraba militares entrenando, vehículos militares, era muy lindo”.

Al cumplirse 44 años del desembarco de las tropas argentinas en las islas, TIEMPO DE SAN JUAN ofrece una perspectiva histórica poco difundida: la de los hijos que convivieron con la guerra toda su vida, marcados a fuego por la experiencia de sus padres combatientes.

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Si bien comparten historias parecidas y viven en San Juan, los tres prácticamente no se conocían, hasta ese momento en que los tres se sacaron la foto para esta nota, adelante del avión que, en Plaza España, recuerda la gesta malvinense. Ese lugar en donde hay placas con los nombres de sus progenitores inmortalizadas en un mármol.

Sus testimonios coinciden en que la patria no es un concepto de manual, sino algo profundamente personal que "tiene rostro, tiene memoria, tiene nombres propios". Para ellos, Malvinas es "una causa que nos une como pueblo" y una "memoria viva que sigue latiendo en muchas familias". Comparten la convicción de que hay que seguir "malvinizando" a las nuevas generaciones porque, como dice Anahí, "un pueblo que olvida su historia es un pueblo sin memoria".

Anahí Moreno: el rosario en el mar y el vacío de la ausencia

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Anahí Moreno y su hijo Lauty, con toda la emoción antes de la vigilia de Malvinas en San Juan, en la que ella participa activamente como organizadora.

Anahí Moreno nació en 1981 en Puerto Belgrano y su vida fue atravesada por el Atlántico Sur antes de tener uso de razón. Siendo apenas una bebé de siete meses, el conflicto le arrebató a su padre, Waldo Eduardo Moreno, tripulante del Crucero ARA General Belgrano, dejando una ausencia que ella transformaría en un motor de identidad.

Para Anahí, este aniversario no es solo una fecha en el calendario, sino el recordatorio de que “Malvinas es honor, orgullo, resiliencia y admiración por quienes volvieron; es parte de nuestra historia y de nuestra identidad”.

La infancia de Anahí fue un tejido de silencios y construcciones heroicas que se forjaron en la base naval donde vivía con su madre, Myriam García, hasta el fallecimiento de Waldo. En ese entorno, el impacto de la pérdida se manifestó de formas muy crudas, especialmente en la manera en que su madre recibió la noticia: caminando por la calle, con Anahí en brazos, Myriam se enteró del ataque al crucero y, tras colapsar por el impacto, recibió la gélida confirmación oficial de que su esposo estaba “presumiblemente muerto”. A partir de allí, Anahí creció idealizando a ese hombre que amaba su bandera y defendía sus valores con convicción, afirmando que “con cinco años comencé a pensar que mi papá era un héroe, pero no los héroes de caricatura, sino un héroe de la Patria; no podía creer la magnitud de tener un papá que dio la vida por todos los argentinos”.

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Anahí en los brazos de su papá Waldo, a quien perdió cuando era una bebé de 7 meses.

A pesar del inmenso vacío que sentía en fechas como el Día del Padre, donde sufría al ver a otros niños y optaba por no participar en los actos escolares, Anahí encontró refugio en su abuelo materno, Juan, y en las cartas que su padre enviaba desde el mar. En esos papeles, Waldo revelaba su costado más humano, y Anahí recuerda que “en ellas se reflejaba la ansiedad por que el conflicto terminara y su profundo deseo de volver a casa con nosotras”.

Sin embargo, la historia de sus últimos minutos permaneció incompleta durante veintitrés años, hasta que una carta de un suboficial apellidado García le devolvió la pieza final del rompecabezas: Waldo murió como un héroe, ayudando a sus compañeros heridos a subir a las balsas, y fue un remolino en medio del oleaje el que se tragó la pequeña embarcación en la que él finalmente intentaba salvarse.

Ahora para mí es un orgullo muy grande hablar de él, tener en mis manos su rostro y que todos los argentinos sepan que San Juan tiene héroes que dieron la vida por su patria. Ahora para mí es un orgullo muy grande hablar de él, tener en mis manos su rostro y que todos los argentinos sepan que San Juan tiene héroes que dieron la vida por su patria.

El camino de sanación de Anahí tuvo un hecho fuerte en marzo de 2019, cuando viajó a las Islas como parte de un contingente de familiares y veteranos para cerrar heridas en aquel suelo austral. Frente al mar gélido, cerca de los restos del barco Lady Elizabeth, realizó una ceremonia que fue tanto dolorosa como gratificante: besó repetidamente un rosario y lo arrojó al agua, permitiendo que las olas se llevaran sus rezos hacia donde descansa Waldo. Al bajar de la lancha, conmovida por el viento y el horizonte, sus palabras fueron de una redención absoluta: “Lloro. Pero no de tristeza, sino de felicidad. Creo que pude realizar mi duelo, estoy en paz. Sentí que mi papá estaba ahí en ese momento”. Para ella, ese instante saldó una deuda pendiente con el hombre que de bebé la llamaba “tesoro”.

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Anahí en las Islas Malvinas, en 2019, en un viaje patrocinado por el Gobierno de San Juan, cuando pudo tirar un rosario en el mismo mar donde descansan los restos de su papá.

Hoy, como Licenciada en Educación y madre, Anahí vuelca toda esa experiencia en una militancia por la memoria, cuestionando que la currícula escolar aún esté incompleta y no aborde los hechos más significativos del conflicto. Su mirada profesional le permite ver que “existen grandes vacíos en la forma en que se enseña el conflicto en la escuela; hay desinformación y se estudia solo una parte de la historia”. Por eso, su mensaje para las nuevas generaciones y para su propio hijo, Lauty, es una invitación a la resistencia cultural, sosteniendo con firmeza que “un pueblo que olvida su historia es un pueblo sin memoria; la causa debe transmitirse de generación en generación porque Malvinas nos une”.

Anahí entiende que el costo de la soberanía ha sido demasiado alto para las familias que, como la suya, quedaron con el corazón roto, reconociendo que “la lección más importante es que, por más que alguien entregue su vida por la patria, nunca será suficiente para compensar el dolor que queda en quienes permanecen”. A 44 años de la guerra, ella sigue pidiendo que no se olvide a los protagonistas, porque “cuando un pueblo no recuerda a sus héroes, es un pueblo que va perdiendo su historia”.

Johana Cortéz: el silencio como custodia de la memoria

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Johana Cortéz se define así: “Yo soy hija de Malvinas, nací después de la guerra, soy la primera hija que tuvo mi papá”. Para ella, el conflicto no es una fecha en un manual, sino el tejido mismo de su personalidad y el motor de una búsqueda intelectual que la llevó a intentar comprender lo inefable a través de la filosofía.

La historia de Johana comienza con la de un joven que dejó la niñez para enfrentar el mar y el horror. Su padre Rubén Cortéz se fue de casa a los 15 años para ingresar a la Armada Argentina y, con 19 años recién cumplidos, se encontró en el centro de la tormenta como enfermero en el Buque Hospital ARA Bahía Paraíso. En medio del Atlántico Sur, su misión fue asistir a soldados heridos y acompañar el dolor de jóvenes que regresaban del frente, una experiencia que Johana describe a flor de piel: “Siempre pensé que su tarea fue profundamente humana: cuidar la vida en medio de la guerra”. Esta labor de sanación marcó el resto de su existencia y la de su familia, conformada por sus padres, que se casaron en 1987, y sus tres hermanos.

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Crecer en una casa donde la guerra era un habitante más significó para Johana convivir con marcas invisibles pero omnipresentes. Aunque no abundaban los objetos de guerra, el conflicto se manifestaba en los hábitos cotidianos de su padre, quien caminaba rápido y miraba hacia atrás constantemente, o en las pesadillas que lo acompañaron toda la vida. Sin embargo, lo más fuerte fue el silencio, un silencio que Johana aprendió a interpretar no como un vacío, sino como una protección. Esta vivencia moldeó su forma de ser, convirtiéndola en una persona extremadamente sensible ante el dolor ajeno y la belleza de las cosas simples.

Papá se refugió mucho en el silencio, pasaron muchísimos años en los que él no hablaba de la guerra; creo que se refugiaba en el silencio para protegerse a sí mismo y también para protegernos a nosotros. Papá se refugió mucho en el silencio, pasaron muchísimos años en los que él no hablaba de la guerra; creo que se refugiaba en el silencio para protegerse a sí mismo y también para protegernos a nosotros.

Esta inquietud frente a lo indecible llevó a Johana a buscar refugio en el pensamiento, convirtiéndose en Profesora de Filosofía y Doctoranda en Estudios Patrísticos, donde hoy investiga el silencio en la tradición cristiana y el pensamiento de Gregorio de Nisa. Para ella, su carrera y su historia personal son parte de una misma trama: “Mi investigación me hizo comprender algo muy profundo: hay silencios que no esconden, sino que custodian experiencias demasiado intensas para ser dichas fácilmente”.

A pesar de esa reserva, recuerda a su padre más allá de la guerra, siempre sonriendo y escuchando la radio, una de sus grandes pasiones, y siendo un hombre profundamente devoto de la Virgen de Luján, a quien seguramente le rezaba el rosario en las islas.

El 16 de julio de 2024, su papá murió, transformando los símbolos en reliquias familiares. Las banderas que cubrieron su ataúd durante las honras fúnebres como veterano son hoy el tesoro más sagrado de Johana, porque representan la síntesis de su vida: “Para mí esas banderas ya no son solamente un símbolo patrio: son parte de su historia y de su despedida”.

Aunque su padre siempre sostuvo con humildad en los actos escolares que “no soy un héroe, sino un sobreviviente”, para su hija mayor, él siempre ostentará el título de héroe por haber elegido cuidar la vida en el contexto más difícil.

Hoy, Johana ejerce la docencia en el Colegio Merceditas de San Martín (CESAP) y en la Universidad Católica de Cuyo, donde se asegura de que la causa Malvinas nunca falte en sus aulas. Tomó como misión, cuenta, transmitir a las nuevas generaciones, y especialmente a sus sobrinos Santiago, Marco y Jesús, que la memoria es una forma de amor y que la historia humana tiene matices que los libros a veces ignoran.

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Rodríguez siempre daba charlas en escuelas sobre la Guerra de Malvinas. "Los chicos se sacaban fotos con él y hasta le pedían autógrafos!!!", cuenta su hija Johana.

Concluye con la idea de que ser hija de un veterano es llevar una historia en el corazón que forma la manera en que uno siente y ama la vida, porque para ella “la Patria es algo mucho más íntimo: tiene rostro, tiene memoria, tiene nombres propios”.

Rodrigo Rodríguez: la herencia del orden y el rescate de la verdad

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Rodrigo Maximiliano Rodríguez, de 42 años, es uno de esos hijos marcados a fuego por la gesta del Atlántico Sur. Su vida comenzó bajo el signo del deber y la disciplina: “Nací en la base naval Puerto Belgrano en la provincia de Buenos Aires el 9 de octubre del '83”, relata Rodrigo, quien pasó dos décadas inmerso en un mundo donde el uniforme era la piel cotidiana y los barcos de guerra, el paisaje de sus juegos.

La infancia de Rodrigo no fue como la de cualquier niño, fue una existencia protegida y moldeada por los muros de la base y la ciudad de Punta Alta. Para él, esa realidad era la norma, un entorno donde “uno tan solo caminando dentro de la base miraba militares entrenando, vehículos militares. Era muy lindo”. Sin embargo, esa belleza estética de la milicia escondía una profundidad emocional que solo se revelaba en la intimidad, ya que describe su adolescencia como una etapa “muy reservada, dentro de la base es otra vida”, un microcosmos de hospitales, escuelas y estadios donde todos compartían el mismo origen militar.

El pilar de su historia es su padre, Humberto Ricardo Rodríguez, un sanjuanino que ingresó a la Armada y se desempeñó como maquinista con la especialidad de turbinero. Durante la guerra, Humberto formó parte de la dotación 29 del destructor ARA Piedrabuena, permaneciendo en el frente desde el 28 de marzo hasta el último día de resistencia, el 14 de junio. La partida de su padre hacia el sur estuvo envuelta en la incertidumbre y el engaño de la época: “Mi padre no sabía a qué iba la guerra, le habían dicho que iban a controlar un buque pesquero que estaba en nuestras aguas”, recuerda Rodrigo, subrayando el sacrificio de un hombre que dejó atrás a su esposa, Mirta Illanes, embarazada de gemelas. En mayo de 1982, mientras el Piedrabuena enfrentaba el peligro en el mar, nacieron sus hermanas Laura y Marina en la base naval, sumándose a sus hermanos Alejandro y Natalia en la espera del regreso del héroe.

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El Piedrabuena tuvo una actuación heroica, especialmente en el rescate de los náufragos del Crucero General Belgrano, un episodio que Humberto solo comenzó a relatar cuando sus hijos tuvieron edad para comprender el dolor. Rodrigo atesora esos testimonios que no figuran en los partes oficiales con la misma crudeza: "Mi viejo cuando ya teníamos cierta edad nos contaba historias. Siempre algo nuevo y algunas historias muy tristes o dolorosas. Contaba mucho en reuniones familiares y más cuando estaban sus hermanos que también son veteranos. Algo que siempre contó y fue lo más difícil es cuando tenían que sacar a los sobrevivientes del Belgrano... los agarraban como podían por el agua, los alejaban y era muy helada el agua, hasta los enganchaban con palos para que no los arrastren”.

Ese compromiso humano era tal que los tripulantes del Piedrabuena no solo rescataron a sus hermanos de armas, sino que les dieron la propia ropa que llevaban puesta. El buque regresó a Tierra del Fuego con las huellas del combate, con el casco abollado por un proyectil que, por un milagro del destino, no llegó a estallar. Todo eso escuchaba Rodrigo de chico.

Humberto falleció hace casi ocho años debido a una enfermedad, pero su presencia sigue dictando el ritmo de la vida de Rodrigo. De él heredó no solo el nombre, sino una estructura interna inquebrantable.

De mi padre heredé el dormir poco, el orden, respeto y ciertos hábitos militares. De mi padre heredé el dormir poco, el orden, respeto y ciertos hábitos militares.

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Rodrigo con su papá Humberto.

Actualmente, Rodrigo trabaja como operador en el CISEM 911 atendiendo llamadas de emergencia, una vocación de servicio que siente directamente influenciada por su crianza: “Quizás el ambiente en el que me crié me llevó a buscar algo así, ayudo a las personas”. Su trabajo diario con la policía y situaciones límite es, en cierto modo, una forma de continuar la labor de asistencia que su padre prestó en el mar.

A pesar del orgullo, Rodrigo convive con una herida que prefiere no reabrir en las vigilias públicas, ya que no desea revivir los relatos más desgarradores, como aquel en el que su padre, al volver, se detuvo en casa de su hermano -también veterano de Malvinas- para comprobar con desesperación si seguía vivo. Rodrigo observa con cierta melancolía cómo la sociedad parece alejarse de la esencia de la guerra y confiesa su frustración ante las representaciones de la guerra: “Me decepciona algunas cosas dado que hay libros y películas realizadas por personas que no fueron a la guerra”, afirma, prefiriendo siempre la verdad de los protagonistas directos.

Hoy, la misión de Rodrigo es asegurar que sus propios hijos, Agustín y Lautaro, comprendan la magnitud de lo que hizo su abuelo, a quien llamaban cariñosamente "Yayo". En las reuniones familiares, el asado y el brindis que su padre acostumbraba a hacer el 2 de abril se mantienen como un rito sagrado. Para él, el mensaje es claro y debe resonar en las nuevas generaciones: “Las Malvinas son argentinas, el suelo argentino, y se peleó hasta el último por algo que es nuestro”. Su mayor legado es la transmisión de esa “valentía que el Yayo nos dejó”, una herencia que Rodrigo custodia con el mismo rigor y amor con el que su padre defendió la soberanía en las aguas heladas del Sur.

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