Hogares humildes, la necesidad de conseguir trabajo, la bolilla alta en el sorteo del servicio militar, ser familiero, buscar un futuro, el desarraigo e infinitos elementos se mezclan en estas historias de soldados que salieron de pueblos, de lugares recónditos de San Juan, para terminar en la Guerra de Malvinas, a más de 2.300 kilómetros de distancia. Conocer estos particulares orígenes lleva en este Día de los Veteranos y Caídos en el conflicto armado, a reflexionar sobre el impacto en estos sanjuaninos de una experiencia tan extrema en sus vidas, desde cómo llegaron a calzarse el uniforme militar hasta cómo sobrellevaron luchar, algunos siendo muy jóvenes, por el ideal patriótico.
Del campo a las Islas Malvinas, 10 historias de soldados nacidos en el San Juan profundo
Un compilado de vivencias que revelan la experiencia de la guerra desde el punto de vista de los orígenes. En el Día del Veterano y Caídos en Malvinas, historias imperdibles de ex combatientes que nacieron en departamentos alejados de la ciudad y les tocó vivir una situación extrema.
Nada mejor para descubrir detalles de esas vivencias que los testimonios surgidos de boca de sus propios protagonistas, tal y como aparecen en el libro "Relatos y Testimonios de Veteranos de Guerras Sanjuaninos" cuyo compilador es Fernando M. Rodríguez y fue editado por la Cámara de Diputados de San Juan en 2022, con motivo de cumplirse 40 años del conflicto. Se trata de una obra que reúne historias y vivencias relatadas en primera persona.
Es una publicación que presenta 31 testimonios de ex combatientes, entre los cuales hay 10 de ex soldados de departamentos alejados, como Albardón, 25 de Mayo, Caucete, Pocito y San Martín, que TIEMPO DE SAN JUAN extrajo para mostrar la experiencia de la guerra desde el punto de vista de los orígenes de estas personas.
"El relato tiene valor documental y persigue un encuentro con la vivencia y la memoria de quienes participaron en primera persona. Expectativas e ilusiones de juventud y progreso, temores vitales e ideales férreos convergen en un texto de una impronta tan biográfica como histórica", introduce el libro de Rodríguez, que compiló entrevistas informales para lograr una obra literaria única. "Malvinas es memoria vívida", dice el autor.
Diez historias de soldados del San Juan profundo
Vìctor Hugo Sierra, de Albardón
"Mi nombre es Víctor Hugo Sierra, soy clase 62. Nací en Las Lomitas de Albardón. Mis padres y abuelos paternos y maternos vivieron siempre en ese departamento. Fui a la escuela Vicente López y Planes. A los 47 años de haber terminado la escuela primaria, volví a votar en esa escuela tan querida. Cursé la secundaria en la Universidad Nacional de Albardón. Mi infancia transcurrió acá y parte de la adolescencia, prácticamente toda, porque la adolescencia nuestra como veteranos fue muy corta. Cuando se produjo la guerra fuimos como jóvenes y volvimos como hombres".
"En esos años todavía existía servicio militar obligatorio y todos los varones que estaban en condiciones de servir a la patria eran convocados. Mi sorteo fue en el año '80. A nosotros nos incorporan en el '81. Era un acto muy importante y muy especial fundamentalmente para los jóvenes y las familias. Uno estaba a la expectativa de qué iba a pasar, si te iba a tocar o no. Además que no tenía ni idea de cómo era la cuestión. A partir de los números 1 se podía saber más o menos dónde te podías ir. A mí me tocó el 938, por lo tanto no podía zafar de ninguna manera. Te llegaba la cédula a tu domicilio junto a una carta donde decía todos esos datos".
"En esa época la revisación se hacía en el Estadio Aldo Cantoni. Eran dos días seguidos, muy temprano a la mañana. A las 5 tenías que estar ahí para que te hicieran la revisión médica. Era un mundo de gente, muchísimos jóvenes. Recuerdo que fui con un amigo y me hicieron todas las pruebas físicas y estaba apto para ingresar a las Fuerzas Armadas".
"El 30 de septiembre me llegó la cédula con la fecha y el lugar donde se me incorporaba. Nos llevaron en tren. Salimos de la ex estación San Martín. Era una cosa muy emotiva porque se iba el integrante de la familia. En este caso yo era el mayor. Mi hermano menor tenía 3 años y la imagen de verlo llorar se me quedó grabada para siempre".
"Y de ahí partimos. Nos incorporaron a la Armada. Nos llevaron a un lugar que se llama Centro de Incorporación e Información de Infantería de Marina. Estaba en La Plata. Durante 45 o 60 días al máximo. Muy intenso. Fue un cambio muy brusco pasar de la vida civil a ese lugar. A vivir corriendo todo el día, a comer lo justo y necesario que te daban. Seguramente estaba todo calculado. Actividad física permanente todo el día, de trabajo, de cortar el pasto, juntar hojas. Estábamos ocupados todo el tiempo, entonces llegaba la noche y no tenías otra cosa más que ir a dormir. Después nos empezaron a destinar a distintos lugares. En este caso, de la Marina a los distintos batallones. A mí me tocó el batallón 1. Ahí te preparan y te dan todo el equipamiento. Calzado y además una bolsa de equipaje blanca con el escudo de la Armada que es un ancla".
"Cuando volví de Malvinas, en esa época, estaban impermeabilizando los canales en Albardón y empecé a trabajar ahí. Mi papá trabajaba en la cantera, una mina que está pasando La Laja. Después terminé ahí. Él me hizo ingresar en la minera Tea, donde trabajé muchísimos años. Hasta el 2001, cuando comencé a trabajar en el PAMI, precisamente para los veteranos de guerra".
"La noche del 1 de abril llegamos a las Islas. Si bien no llegamos a la isla, estábamos en la zona, y de ahí hicimos transbordo a un buque, el Bahía Paraíso".
"El día 26 de abril ya estaba aclarando la mañana cuando empezó el ataque de los ingleses. Nosotros veíamos que, por ejemplo, estaban altísimos los helicópteros sobrevolando todas las posiciones nuestras y comenzaron a dispararnos. Nosotros lo único que teníamos era un fusil. Luego que nos tomaron prisioneros pudimos ver los agujeros y las manchas de aceite en el helicóptero que nos atacaba, pero no había sido suficiente. Veíamos cómo bombardeaban una zona determinada y enseguida aterrizaban un montón de soldados. Ya en la tarde recibimos órdenes de rendirnos. Pedíamos apoyo por radio a la Fuerza Aérea y nunca llegó ese apoyo. Ellos desde la fragata que tenían hacían toda la logística. Y nos rendimos finalmente. Yo con una remera blanca y un palito hice la señal. Nos llevaron hasta el edificio donde estaba el mástil y nos hicieron bajar nuestra bandera. Ese fue uno de los momentos más duros. Gritamos tres veces ¡Viva la patria!".
"Yo siempre he sido muy reacio a hablar de Malvinas. Tuve un periodo de 10 años de amnesia voluntaria. No quería hablar del tema de guerra. Siempre he dicho que no he tenido el mayor inconveniente en la posguerra, porque a Dios gracias he tenido todo lo que otros quizás no tuvieron, que es la contención familiar. Eso es muy importante para el veterano".
Jorge Omar Cortéz, de Albardón
"Mi nombre es Jorge Omar Cortés. Yo soy nacido y criado en Albardón, un lugar llamado Topón, que ahora se llama Villa Luján, en la calle Lozano. Ahí era la casa paterna de mis padres y actualmente vivo en la misma calle. Hice mi casa ahí también. Mi familia está compuesta por mis padres y nueve hermanos. Tengo estudios primarios. En esas épocas se salía de la primaria y ya nos mandaban a trabajar para ayudar en la casa. Trabajé en bodegas, parrales, de todo lo que se hacía en esa época, hasta que cumplí los 18 años y me sortearon para el servicio militar, con el número más alto 962. Entonces sí me tocaba. Además, estaba apto en lo físico, sano".
"Me tocó el destino de Infantería de Marina en Punta Alta, Buenos Aires. La etapa de instrucción la hicimos en La Plata. Tuvimos dos meses allí y cada uno elegía su destino. Yo pedí Puerto Belgrano y me tocó el Batallón de Infantería Número 1 en el Ejército. En octubre del 81 fue incorporado. Soy clase 62. Nos dieron la baja en octubre de 1982. En Infantería eran 14 meses de instrucción, pero nos dieron de baja dos meses antes por el tema Malvinas. Entonces estuvimos incorporados en ese Batallón de Marina hasta que un día empezaron a decir que íbamos a una campaña al sur".
"Hubo mucho silencio desde nuestros superiores. Nunca se dijo que se iba a producir una guerra ni nada parecido. Nos hacían escribir a nuestros padres en carta abierta. Ellos la revisaban. Si ponías algo raro, 'chau. Lo sentimos'. Si la veían apropiada, la cerraban y la mandaban. Yo a mi mamá le escribí que me iba a una campaña al sur y noté que empezábamos a sacar todo el armamento al centro de la cuadra y otra parte a la plaza de armas. Todo lo que era morteros, todo el armamento. Hasta ahí era todo normal para una campaña. Nuestra mente estaba en eso".
"Cuando quisimos acordarnos, llegó la hora y nos embarcaron a Puerto Belgrano. Eso habrá sido a finales de marzo. Estuve en Georgia, en Grip Beacon. Entonces nos llevan con todo el armamento y después al puerto. No éramos conscientes de que todo eso era para una campaña. Una campaña se le llama ir a practicar con otros batallones tiros, simulacros de guerra. Ahí estábamos alistados para subir al barco. Entonces, un cabo principal de apellido Fernández nos contó: 'Nosotros vamos a una guerra, vamos a Malvinas. Les han mentido', nos dijo. Y de las Malvinas en esa época poco nos enseñaban en la escuela. Me sonó el nombre, pero no estaba muy interiorizado en el tema".
"Nos embarcaron en la corbeta ARA Guerrico. Una corbeta misilística. Desembarcamos en Georgia el 3 de abril. Y veía todo ese mar tan azul. Yo pensaba cuando la veía a mi madre y le cuente dónde he estado. Los peces volar, los delfines que iban delante nuestro. Por ahí el tema de la guerra no lo tenía tan en cuenta. Entonces nos reunió el cabo principal. Los tenientes estaban escondidos. Nunca los vimos durante los seis días que tardamos desde Puerto Belgrano hasta Georgias en el Guerrico. Los seis días que no vimos a los tenientes era, según dijeron, porque nos venían acompañando un submarino nuclear ruso".
"Después hicimos el traspaso a Lara Bahía Paraíso, que tenía pista de helicóptero. Nosotros abordamos la isla en helicóptero y nos reúne el cabo principal antes de desembarcar. Nos dio un mate cocido y había un muchacho Aguilar que lo habían trasladado de marinería a infantería de marina. En un mes le enseñamos a tirar. Este cabo principal nos dice: 'como ustedes vieron, no estamos de campaña, sino que estamos en las Islas Georgias. No sabemos si hay tropas militares o civiles. No sabemos si nos van a recibir a tiros o nos van a tratar pacíficamente. Vamos a tomar las Islas. Levanten la mano. ¿Quién tiene miedo?' Y le levantó Aguilar. Fue el único. Y es el primero que murió".
Héctor Fernández, de Albardón
"Mi nombre es Héctor Esteban Fernández, nacido en Albardón en 1945, el 19 de febrero. Mi padre trabajaba en el transporte de ese departamento, luego nos llevó a vivir a Niquivil. En ese lugar es donde empecé la escuela primaria. Fue una vida muy linda, muy sana, porque era muy lindo estudiar en esa escuela de campo. Pasados los años nos tuvimos que trasladar a la ciudad de San Juan. Ya tenía 10 años, tal vez, y empecé a trabajar en un montón de cosas. No nos alcanzaba para vivir, así que con nuestra madre trabajábamos a la par. Posteriormente, ya cuando era más grande, mi madre me alentó a que entrara a la Armada, dado que no se avizoraba un futuro. Entonces ingresé a la Armada Argentina pensando en eso, y la verdad que fue acertada esa decisión porque allí forjé un futuro muy bueno".
"En el año 63 ingresé a la Armada y desde ese momento empecé mi vida militar. Entré a la isla Martín García, que en ese entonces era un lugar de convocatoria de todos los argentinos que entraban a la fuerza, y éramos miles. Ya en el 64 me designaron a la Escuela Mecánica de la Armada, en el curso de marinero. Luego de tres años volví a la escuela para hacer un curso de especialización que era de furriel. A partir de ahí tuve muchos destinos, tanto en tierra como embarcado, desde el 64 al 94. En 1992 me designaron jefe de delegación San Juan y estuve dos años cumpliendo esa función, y en el 94 solicité el retiro. A fines de ese año me retiré con el grado de suboficial principal".
"Tenía 37 años cuando le avisaron que iba a las Islas Malvinas a luchar por la patria. Era militar y en los primeros días de marzo del 82, estando embarcado en el portaaviones ARA 25 de Mayo, fue citado por el jefe de operaciones para comunicarle que se conformaría una comisión exclusiva del portaaviones de planificación para tomar las Islas. Yo era de los pocos que sabía que íbamos a Malvinas, notaba los movimientos que había tanto de cargas como de preparación. Entonces no me resultaban raros todos esos movimientos aeronavales, de servicios, pilotos, repuestos y demás. A muchos sí les llamaba la atención semejante movimiento. Así que como yo no podía decirle a nadie, se trabajaba totalmente en secreto. Nadie debía decir nada, ni siquiera a su esposa".
"Así fue que un 27 de marzo de 1982 salimos rumbo a Malvinas. Durante la guerra ocupé uno de los puestos de defensa antiaérea que tenía el buque. Solamente el día anterior a la zarpada le dije a mi esposa que íbamos a Malvinas. Durante la preparación del buque yo tuve que describir un montón de cosas que por una cuestión militar no puedo decir de por vida, lo que se escribí en ese momento. La navegación en sí, claramente, porque estábamos en combate, era de una atención permanente y uno en definitiva no tiene miedo porque uno miraba el agua y el frío que hacía. Pensaba 'si yo me caigo al agua en menos de un minuto estoy muerto por congelamiento. Y nadie se iba a dar cuenta que yo caí al agua por la oscuridad, por el frío'. Pero uno aprendió una carrera militar, naval en este caso, y tenía que estar preparado para todo. Me tocó venir a las Malvinas, por algo yo elegí la carrera militar. Tengo que enfrentar estas cosas y defender la patria".
Juan Mercado, de 25 de Mayo
"Me llamo Juan Mercado, soy nacido en la localidad de Las Casuarinas, 25 de Mayo, un 14 de octubre de 1957. Estudié en la Escuela Nacional número 36 Pueyrredón y en la secundaria llegué hasta tercer año en el Colegio Nuestra Señora de la Consolación, en Villa Santa Rosa. Ingresé en la Armada Argentina en el 75, donde estudié para furriel. Todo ese año estuve en la Escuela Mecánica de la Armada. En el 76 me trasladaron al Crucero General Belgrano. En el 77 volví a la escuela donde terminé mis estudios. Luego ya me destinaron a Puerto Belgrano a operaciones navales donde estuve cuatro años en el Comando de Operaciones".
"Recuerdo que mi superior me dijo 'no puede ser que un naval no navegue', entonces tenía que navegar o estaba como naval en tierra. Finalmente llegué un 29 de enero de 1982 al aviso ARA Alferez Sobral, en el cual era cabo primero furriel. Recién había ascendido. En ese buque fui maestro de víveres y es ahí donde tengo la experiencia de Malvinas".
"El aviso Sobral era un buque pequeño, remolcador, muy fuerte. Éramos 48 o 49 tripulantes. Un día sábado, 27 de marzo del 82, estábamos jugando a la pelota en las canchas del puerto, cuando llega el segundo comandante y me dice 'Mercado, cargue víveres y todo lo que más pueda porque nos vamos a navegar'. Nosotros estábamos a cuatro horas del aviso Sobral en una guardia. Primero cargamos los víveres y como a las 5 o 6 de la tarde zarpábamos. Creo que fuimos uno de los primeros buques en salir. No sabíamos dónde íbamos, pero había un comentario generalizado de que se podían recuperar las islas del Atlántico Sur Argentino. Cuando salimos a navegar, el comandante Gómez Roca nos informa por los parlantes que salíamos y que nos íbamos a informar qué es lo que iba a suceder. Finalmente zarpamos hacia el sur un 2 de abril".
"Cuando se produce la toma y recuperación de Malvinas, estábamos en Comodoro Rivadavia. El viento había hecho mella en el buque y se nos cortó un ancla. Sin embargo, enarbolamos todas las banderas, estábamos de fiesta. Habíamos recuperado las islas. Luego zarpamos hacia Puerto Deseado y ahí nos avisan que ya venían los ingleses con toda su flota. Navegábamos casi todos los días. Ahí nos reabastecíamos. Cuando es atacado Puerto Argentino el 1 de mayo, nuestro comandante recibe una orden de que debíamos buscar a dos pilotos que habían sido tocados por las balas enemigas. Entonces salimos en su búsqueda. Nuestra función en la guerra era rescatar a aquellos pilotos afectados por fuego enemigo en el mar. Sabíamos que íbamos a hacer una misión muy difícil porque navegábamos entre la flota inglesa y las islas. Nuestro buque contaba con dos ametralladoras de 20 milímetros y una de 40. Ese era nuestro armamento".
Hugo Héctor Ivañez, de Pocito
"Soy Hugo Héctor Iváñez. Nací el 10 de julio de 1960 en el departamento de Pocito. A los 15 años me hicieron los trámites para ingresar a la Armada y ahí comenzó una experiencia muy importante para mí, porque no había salido de esa localidad y ahora me encontraba en la capital federal. La secundaria la terminé en la Armada como cabo segundo. Para mí fue muy chocante, tenía 15 años. El hecho de no conocer a nadie me favorecía porque me quedaba en la escuela ESMA, los días de franco. Es más, como uno tiene que designar un tutor, ese era mi tío que vivía en Banfield. Recién me vino a retirar a los tres meses, se extrañaba mucho la familia".
"Somos varios hermanos, mi papá y mi mamá fallecieron ya. Mi madre hace poco, pero estoy muy agradecido a la Armada por todo lo recibido. Una formación muy buena. Conocí varios lugares de la Argentina. He estado 17 años ininterrumpidos en diferentes barcos. Es una experiencia hermosa. Al pasar el tiempo uno se acostumbra a muchas cosas. Es un estilo de vida".
"Tuve la oportunidad de ir a Malvinas a los 21 años. Llevaba muy poco en la Armada. Ingresé en el 77. Como la gran mayoría, nadie sabía que íbamos a las islas. Tras unos días de navegación nos reunió el comandante a todo el personal del portaaviones y nos dijo que íbamos a recuperar Malvinas. De toda esa gente, que son más de mil personas en el portaaviones, a uno solo le afectó y lo tuvieron que desembarcar. En mi caso, ya era cabo segundo y tenía varios roles, porque era ayudante en el Estado General, que era como una oficina, y también era ayudante de maestro de víveres. El furriel hace una labor administrativa. Todo se escribía máquina. Dormíamos vestidos".
"Los zafarranchos eran permanentes. Hay que tener todo a mano, saber bien la ubicación de la balsa salvavidas. En el año 82, recuerdo que ya en diciembre del año anterior, nos dieron vacaciones en diciembre y parte de enero. Era raro y teníamos que regresar los primeros días de enero. Cuando llegamos a Puerto, se rumoreaba que íbamos a recuperar las Malvinas, pero no era nada confirmado por el comandante José Luis Sarcona, capitán de navío en ese momento. Yo lo tomé como total normalidad. Es más, no les dije nada a mis familiares. Si algo me pasaba, alguien les iba a avisar. De todos modos, cuando se enteró mi madre, se enojó porque no le dije nada. Para mí no era tan necesario, porque si no, se iba a preocupar mucho antes de lo que pasó. Normalmente no se informa este tipo de cosas a los familiares".
Raúl Tapia, de Albardón
"Soy Raúl Tapia, nací el 13 de febrero de 1961 en Albardón. Recuerdo una niñez humilde, somos de familia numerosa, mi padre trabajaba mucho y era quien llevaba el sustento a la casa con mucho sacrificio. También mi adolescencia está vinculada a Albardón. Vivíamos en una casa muy precaria que hoy ya no existe. Era una hilera de casas muy humildes que estaban cerca de un parral donde trabajaba mi padre. Al otro lado había un zanjón, un desagüe y por ahí bajaba la creciente cuando llovía. Me marcó una vez que llovió muchísimo y recuerdo que venía la creciente muy fuerte y nos tuvimos que subir a la viña. Dios quiso que nos salváramos. Estuvimos ahí un par de días. Por suerte no se llevó las casas que eran de adobe".
"Nosotros íbamos a la escuela Camilo Rojo por la calle Nacional. Mis padres querían que estudiáramos, por lo menos la primaria. Luego nos fuimos a vivir a otro lado, una casa que nos prestaron también de adobe. Lo poco que ganaba mi padre no alcanzaba para pagar un alquiler. Allí estuvimos entonces un poco mejor. Así pasé la etapa de niñez hasta salir de la escuela primaria".
"Recuerdo en particular que mi madre luchaba mucho por tener nuestra casa propia. Hizo muchas gestiones hasta que nos dieron una casa en el barrio Provincia de Salta, cerca de la calle de La Laja. Ahí terminé la escuela primaria. En ese momento mis padres me dijeron que tenía que trabajar y a mí me dio mucha pena porque ellos no podían mantener los estudios y me puse re mal. Tenía la ilusión de seguir estudiando, pero había que ayudar en la casa. Mi padre ya había hablado con un primo para que fuera a trabajar en una ferretería. Mi tío me llevó a trabajar con él a los 12 años. Me daba unas monedas y bueno, luego seguí trabajando con él".
"Como yo tenía la idea de seguir estudiando, a los 13 años me anoté porque enseñaban profesiones. Me gustaba la parte mecánica. Me acuerdo que fui dos años desde las 20 hasta las 23 horas. En esa época me juntaba con un primo y a él tampoco le gustaba estudiar. Se enteró de que estaba la posibilidad de ir a la Escuela de Mecánica de la Armada. Él hizo el trámite, tendría yo 15 años. Al poco tiempo volvió y le pregunté cómo era. El problema era muy simple. Él extrañaba, pero me entusiasmó para que nos fuéramos. Los dos íbamos a andar bien. Había que aprobar para poder ingresar y aprovechando que iba a esa escuela nocturna, los profesores de ahí me apoyaron muchísimo y pude rendir bien. Aprobamos los dos".
"Cuando estábamos allá todo bien, pero a las pocas semanas él pegó la vuelta y yo pensé en el parral. La tierra era mi futuro si no tenía la posibilidad de aprender otra cosa. Vi la salida más cómoda en la Armada de hacer una carrera y en aquel entonces los militares ganaban bien. 'Así que me quedó hasta donde resista. Sigo con esto', me dije. Por suerte seguí y pude intentar la carrera. Empecé los cursos de maquinista. Eso fue en el 78. Hice la carrera de tres años en la Escuela Mecánica de la Armada. Los fines de semana me quedaba en la escuela. No conocía a nadie en Buenos Aires. Pasados los tres años de formación, me recibí de cabo primero maquinista y me destinaron al destructor ARA Py, donde me encontraba durante el conflicto de Malvinas. Mi historia continuó normalmente como la vida de cualquier naval, pero extrañaba mucho".
"En el ARA Py estaba en la parte de calderas. Cada uno cumplía su función mientras navegábamos. Aprendía todo el tiempo. El buque estaba en condiciones muy obsoletas. Había que hacer mantenimiento todo el tiempo. Cuando entrábamos o salíamos del puerto era distinto. Funcionaba como unos inyectores. Cada quemador era un pico distinto. Dependía si necesitabas más o menos vapor y de la maniobra que se ejecutaba. Competíamos a ver quién era el mejor fueguista en las maniobras. Una vez tuvimos acceso a un buque inglés y era un lujo tremendo. Jugaban al ajedrez electrónico contra la máquina. Me llamó mucho la atención. Era mucha tecnología para esa época".
"Mi otro destino fue el portaaviones 25 de mayo, después de la guerra, hasta el 84. Del 2 de abril recuerdo que días antes nosotros estábamos en plena reparación. Habíamos vuelto al puerto y nos encontró en pleno periodo de mantenimiento. Nos anunciaron que nos iban a dar unos días de vacaciones. No recuerdo si fue en los últimos días de marzo cuando se cortaron las vacaciones y tuvimos que trabajar día y noche para salir a navegar cuanto antes. Prácticamente toda la flota estaba en la misma actitud. Veíamos el cabo San Antonio con mucho movimiento y por esos días nos dijeron que íbamos a tomar las islas. Recuerdo en un momento que navegábamos, estaba oscuro y el buque se quedó quieto de repente sin navegar y luego nos informaron que se habían vuelto a recuperar las Islas Malvinas, que se habían tomado prisioneros los que estaban en las islas y se había sacado al gobernador inglés de la casa de gobierno. Luego dimos la vuelta a cargar mucha mercadería y demás cosas. Notamos mucha agitación en el Belgrano, mucha más gente de la habitual. Yo me acuerdo que se trabajaba en la cubierta con el armamento que se preparaba para un conflicto posible".
Jorge Daniel Corvalán, de Caucete
"Mi nombre es Jorge Daniel Corvalán, nací en Caucete el 24 de febrero de 1950. En el 69 reingresé al ejército, me gustaba ser soldado desde chiquito. Una vez que ingresé al ejército tuve varios destinos hasta llegar al regimiento de infantería 6 y con este regimiento fui a Malvinas. Mi conocimiento e interés por las Islas Malvinas comenzó en los últimos años de la escuela primaria donde nos enseñaron por qué estas perlas australes son parte de nuestro territorio nacional. Me quedaron grabadas a fuego las siguientes palabras: 'por historia y derecho soberano'".
"En el año 69 ingresé a la escuela de suboficiales Sargento Cabral. En la parte académica recuerdo al profesor de historia, quien nos impartió clases sobre las Islas muy precisas y detallando la importancia de su ubicación y desde la óptica militar nuestros derechos indeclinables en el Atlántico Sur. A partir de ese momento que tomé conciencia que en algún momento nuestra bandera volvería a flamear en ese territorio desconocido para la mayoría de los argentinos".
"Pasé por varios destinos y desde el 80 revisté en el BIM6 donde me encontraba el 2 de abril de 1982 y ahí empieza mi historia en Malvinas. El 2 de abril me levanté como todos los días y al poner la radio me enteré de la recuperación de nuestras Malvinas. A partir de ese momento y con la afirmación de nuestro jefe de compañía nos quedó bien clarito que en cualquier momento nuestra situación iba a cambiar. Se nos ordenó que estuviéramos preparados para marchar al sur o a las Islas. En todos nosotros nacía el orgullo de ser argentinos, más aún por tener la oportunidad de poner en práctica lo que habíamos aprendido durante todos estos años de servicios. Sabíamos que se había herido el orgullo inglés y era casi seguro que la represalia iba a llegar. No iban a permitir que una nación periférica los dejara mal parados ante la comunidad internacional".
"Pasaron dos o tres días y llegó la orden del jefe de regimiento. Todo el personal de cuadros debía presentarse para recibir al equipo y prepararse para cumplir la orden de movilización. Recuerdo como si fuera ayer que el mismo día que desde casa de gobierno hablaba el entonces presidente de la Nación, nos llegó la orden de que a la madrugada saldríamos con destino al sur. Nos autorizaron a retirarnos hasta la medianoche a nuestro domicilio. Al llegar mi esposa no pudo contener el llanto cuando se enteró de la partida. Esas horas fueron las más tristes de mi vida. Sabía que la extrañaría y que nuestra hija no iba a tener el calor de su padre al nacer. La despedida fue dolorosa. Entré una carta donde le aseguraba que si entrábamos en guerra estuviera segura de mi regreso porque Dios nunca me desamparó y una vez más le decía lo mucho que él amaba".
Juan Bautista Leyes, de Caucete
"Mi nombre es Juan Bautista Leyes. Nací en el 62, en el barrio del Rincón, en Caucete. Estuve una parte de mi vida el 9 de Julio, cuando mis padres me llevaron a la casa de una tía mía. Fue un año y pico ayudándolos a ellos, porque realmente en ese tiempo estaba duro el costo de vida. No nos podían dar a veces de comer. Eso fue en 9 de Julio, en la casa de un tío mío que tenía fincas muy grandes. Después volví a mi pueblo. Terminé la primaria solamente. Éramos muchos y no podíamos ir todos a la escuela. Éramos 11 hermanos. Ya ahora quedamos 5. Volví a mi casa, en la localidad del Rincón, a trabajar en la chacra, fincas, bodegas. De ahí fuimos mejorando económicamente. No me gustaba ir a la escuela".
"Cuando cumplí los 18 me llamaron de la Armada para hacer el servicio militar por sorteo. Y ahí me tocó el 991. Directamente era la Marina. Me tocó en el Batallón de Infantería de Marina número 3. Y de ahí hicimos instrucciones día y noche. En el 81. Me gustaba la Marina. De alma, porque yo quería ir a la Infantería de Marina. Llegado el momento tenía que presentarme en agosto del 81. En noviembre nos incorporaron. Nos llevaron en tren y llegamos a Buenos Aires. No conocíamos a nadie. En Buenos Aires nos pusieron en fila, amontonados. Éramos muchos. Más de 300 personas. Nos llevaron a Río Santiago, a La Plata. En ese tiempo se llamaba Comandante Espora. La compañía que me tocó a mí era la Compañía H, que era un centro incorporado para recién pasar a los batallones".
"Durante tres meses fue la instrucción. Me asignaron la compañía y de ahí nos llevaron a distintos batallones. Yo en ese tiempo quería ir a Puerto Belgrano y no nos tocó. Seguimos en el BIM3. Y ahí aguantamos todo el año. Fue muy duro. En el 82 nos llevaron a Río Grande, en Tierra del Fuego. Allí estábamos en el campo María Betty. Es un campo de una inglesa. Son unos galpones grandes donde guardaban las ovejas en invierno. Nos hacían dormir en unos corralitos. En ese momento estaba todo sucio, despintado, y había un olor permanente a animales encerrados. De ahí nos sacaban en las mañanas a instrucciones en la costa, haciendo posiciones de combate, y en la tarde practicábamos tiro. Luego nos traían a última hora de la tarde a los galpones. Nos daban la ración y cada tres días íbamos al batallón 5 a bañarnos porque quedaba realmente lejos, cerca del Canal de Beagle".
"Cuando surgió el conflicto de Malvinas, creo que fue un viernes, nos llamaron y nos ubicaron en el casino. Salió el comandante y nos dijo que íbamos a ir a las Malvinas porque estábamos preparados para la guerra. Nos mirábamos unos a otros. Yo jamás había escuchado la palabra Malvinas, nada. Ahí el comandante nos dice que el 2 de abril se recuperaron las Malvinas, entonces nos prepararon para la defensa. El BIM3, por la capacidad del grupo, teníamos buenos promedios de tiros, manejábamos la MAG y el FAL. Nos tuvieron una semana muy dura, día y noche, hasta que llegó el 4 o 5 de abril que fuimos a Malvinas".
"Estuvimos 72 días metidos en trincheras. Yo estuve en la Isla Soledad, frente a Puerto Argentino(...) Hacíamos guardia de dos horas con un frío tremendo. Cada dos o tres días hacían de comer por el riesgo del ataque de aviones. Los primeros días fueron muy duros. Mirábamos para el sur, agua. Mirábamos para el norte, agua. No teníamos escapatoria. Todo el día estábamos mojados. Si estaba el día lindo y no había ataques, poníamos las parcas al sol en unos parapetos para que se secaran. Los guantes también. Se te mojaban todo el tiempo. Pero gracias a Dios pude volver y contar la vivencia mía. Lo que yo pasé. Y los que quedaron allá haciendo patria. Ellos dieron la vida por el país".
José Agustín Rivero, de 25 de Mayo
"Mi nombre es José Agustín Rivero. Soy nacido en la localidad de Cuatro Esquinas del departamento sanjuanino de 25 de Mayo, un 23 de abril del 56. Vengo de una familia muy humilde quienes hicieron muchísimos sacrificios para poder enviarme a la escuela. Cursé mis estudios primarios en la Segundino Navarro y la secundaria en el Liceo Santa Rosa de Lima. Ahora ya no existe con ese nombre. Y en el tercer año vino gente de las Fuerzas Armadas para reclutar e informarnos sobre el mundo militar. Yo era muy vago en la escuela, no me gustaba estudiar, entonces decidí unirme a la Armada. Allí pensé que no iba a estudiar".
"Un 23 de enero de 1976 me tocó partir a Buenos Aires para progresar y ser alguien. Emprendimos ese viaje con todas las necesidades que uno tenía. Eligí Infantería de Marina, por ende nos llevaron a Mar del Plata. Un cambio muy grande, salir de San Juan con 40 grados en enero y llegar a la orilla del mar de noche con frío. Nos temblaba la pera del frío que hacía".
" Luego fui trasladado, una vez recibido, a uno de los tantos destinos que fue Puerto Belgrano, en la provincia de Buenos Aires. En el año 81 llegué al Batallón de Infantería de Marina número 5, que está en Río Grande. Tierra del Fuego, una unidad escuela donde el clima es muy parecido a las Islas Malvinas. Donde todo el año 81 nos preparamos y adiestramos sin saber lo que podría pasar en el futuro".
"En el 82, a principios de abril, como todos sabemos, se recuperan las Islas Malvinas. De manera que nos alista el comandante de batallón y nos avisa que el día 3 o 4 teníamos que estar para Malvinas. Así que preparamos nuestros equipos para poner en práctica nuestra experiencia y nuestra sabiduría. En ese batallón nos enseñaron muchísimas cosas, sobre todo soportar el frío. Estar días sin comer, porque el clima es muy parecido al de Malvinas".
"Normalmente las guerras estaban 15 o 20 días y tener relevos. Esas tropas se van a descansar y son reemplazadas por otras. No hay en la historia un antecedente como ese. Por eso digo que el ejército fue el que más sufrió. No tenían la vestimenta adecuada. Nosotros sí, nosotros teníamos ropa adecuada. Con la misma temperatura del cuerpo te mantenía caliente. Por ejemplo, yo les enseñaba a mis soldados a lavarse las manos y la cara con orina y lavarse los pies también para no tener los pies de trinchera. Sucede cuando los pies han estado mojados durante mucho tiempo. Hace que el pie duela, se hinche y se sienta pesado. Si prendías un cigarrillo, lo tenías que fumar entre 5. Una pitada cada uno, porque al otro día no sabías si ibas a tener o no. Y si abrías una lata de picadillo, la compartías entre todos. A las 24 horas comíamos otra. La idea era no derrochar. Nosotros hemos tenido un cigarrillo y chocolate este último día de combate, pero también sé que hay unidades que no tuvieron comida por varios días".
"Que sepa la gente que para nosotros es muy importante, aunque sea un abrazo de un desconocido. No importa, solo un abrazo puede quebrarme delante de la gente, aún sin decirme nada, pero ese abrazo para mí es un reconocimiento, porque son pocos los que dan la vida por su patria, muy pocos".
Omar Videla, de San Martín
"Soy Amar Videla, nací el 15 de agosto de 1962 en el departamento de San Martín, como muchos deben saber a unos 26 kilómetros de la capital de la provincia. Ingresé a las Fuerzas Armadas con 17 años en el 81. El ingreso fue una decisión personal porque a esa edad trabajaba en una finca y quería otro sistema de vida, probar algo nuevo, así es como tomé la decisión de ingresar a la Armada. Fui y me inscribí en la delegación naval, todo esto sin que mis viejos supieran nada. Tenía la primaria completa en la Escuela 159 Antonio Pulenta, en la localidad que le llaman Boca del Tigre, en San Martín".
"Cuando me llegó la citación me llamaron para que me presentara en la Escuela Industrial Domingo Faustino Sarmiento. La gente de la Armada nos tomó los exámenes para el ingreso. Yo aún con el primario pude acceder, no se exigía la secundaria en las fuerzas, la podías terminar allí. Finalmente me llegó la notificación que había aprobado todos los exámenes y ya estaba listo para ingresar. Nos debíamos presentar en la Estación San Martín para emprender el viaje a Buenos Aires. Eso fue en el año 81, en enero".
"Mi familia me acompañó desde San Martín hasta Alto de Sierra y después me tomé el 12 hasta el centro. Eso fue un poco traumático porque llegué solo allí y era un mundo de gente. Cuando llegó la hora de salir, lo pensé varias veces. Me quería bajar pero sabía que era mi oportunidad como salida laboral y me quedé en el tren. Siempre la idea de la gente de campo es aportar a la familia, ayudar a los padres. Mi papá trabajaba en las minas, en el cerro Pie de Palo".
"Cuando bajamos del tren notamos el cambio de vida que se venía. Nos estaban esperando los colectivos verdes y desde ese momento nos dimos cuenta de que estábamos en el mundo militar. Formar filas para acá, para allá. Todo era correr para todos lados. Entramos en otro mundo y ni hablar de cuando llegamos a la Escuela de Mecánica. Ahí te llevan para entregarte la ropa, las bolsas blancas de equipo, con el ancla, el calzado, las toallas, todo. No se tiene que perder nada. Es tanto el vértigo con que te dan las cosas que uno tiene que actuar rápido. No te dan tiempo pensar nada, ni hablar cuando empieza el PSP porque después te llevan donde te ponen la vacuna en la espalda y estás tres días en la cama con mucho dolor. Después uno se bañaba con agua fría y no te pasaba nada".
"A pocos días ya se empezaban a bajar algunos. No aguantaban tanta presión. Yo creo que cuando ingresé eran unos 4.000 personas en esa plaza de armas. Después te designaba los cursos donde va cada uno e inmediatamente comienza la instrucción específica. Yo era lavandero y esa carrera era de un año. En el año 82 me destinaron a Puerto Belgrano. Ahí estuvimos un par de horas hasta que nos dieron el destino y ahí me tocó el portaviones 25 de mayo. Nos hicieron un paseo por todo el buque con la bolsa de equipo y después nos asignaron la división a la que cada uno iba a pertenecer. Yo estaba en la sierra, la división de servicio donde se nuclea cocineros, panaderos, lavanderos, sastres, peluqueros o camareros".
"Llegamos al portaviones y de ahí nos dieron licencia. En ese momento éramos 1.200 personas aproximadamente. La tripulación en tiempo normal. Yo me vine a San Juan y tuve una licencia de 20 días y resulta que antes de que finalizar enero ya estaba de vuelta en el puerto. Cumplí con la licencia y me presenté. Si bien tenía poca experiencia dentro de la unidad me tocó participar del conflicto. Recuerdo que cuando teníamos la camada 81 muchos estaban en el crucero, otros en el portaviones, pero yo era camada de César Ahumada, caucetero, que falleció en el crucero. También otros camadas de Corrientes o Tucumán como Juan Simón o Juan Nievas se fueron en el crucero. Habíamos salido juntos de la ESMA".
"Ya en viaje nos hicieron subir la cubierta y formamos. Ahí nos comunicaron que íbamos a recuperar Malvinas, que seguramente íbamos a una guerra. Luego nos asignaron los roles y la balsa. A mí me tocó la 38. También recuerdo los zafarranchos de combate que no eran reales. Hubo un zafarrancho real en el que uno iba lo más rápido posible a cubrir sus puestos. Yo lo tenía asignado en la parte de proa en el barco. En la estación número 1, control de avería wra el telefonista. La central me comunicaba a mí y yo lo tenía que hacer el jefe. Había gente de experiencia que comentaba que había un submarino que nos estaba siguiendo. El objetivo de ellos era hundir el portaviones. Gracias a Dios no llegó a suceder. Nos retiramos a aguas poco profundas por el riesgo a ser hundidos".
"Fueron experiencias muy fuertes donde desde muy joven pude mejorar mi vida. Cuando volví a San Juan pude terminar la escuela secundaria en un CENSE. Incluso como primera promoción el municipio de San Martín nos pagó el viaje".
(Textos e imágenes del libro Relatos y Testimonios de veteranos de guerra sanjuaninos, del compilador Fernando M. Rodríguez, 2022)