Tuvo trasfondo la decisión del arzobispo Jorge Lozano de dejar las manchas de pintura roja en la fachada de la Catedral hasta después de la Semana Santa. No fue producto de un arrebato pero sí del malestar por el episodio sucedido en la marcha del 8M. Las marcas debían quedar el tiempo suficiente a la vista de todo el mundo para que el asunto no se perdiera en la fugacidad del ‘aquí no pasó nada’.
Tensión y humo blanco en la cumbre Uñac-Lozano
El enojo del obispo fue multicausal. La movilización por los derechos de la mujer aquel lunes lo encontró en Buenos Aires. Había tenido que viajar para participar de un cónclave de la Conferencia Episcopal Argentina. Allá a la distancia se enteró de las bombas de pintura estrelladas contra el monumental frente. Le sorprendió el ataque porque en el mismo Arzobispado se abrió un espacio de diálogo con organizaciones feministas.
Regularmente en la casona de calle Mitre confluyen referentes del Movimiento Evita, del Movimiento de Mujeres Sanjuaninas (como Perla Welner) y de la Asociación de Amas de Casa (como Laura Vera). Por primera vez la Iglesia abrió un espacio de este tipo, tras la llegada de Lozano. Por eso el ataque en el 8M provocó primero desconcierto y luego desazón.
Pasaron las horas y la incomodidad fue en aumento. Ninguna autoridad de Gobierno se contactó con el Arzobispado para manifestar solidaridad u ofrecer algún tipo de colaboración. Una fuente cercana a Lozano dijo que esperaban algún gesto de cercanía de la ministra de Gobierno, Fabiola Aubone; del secretario de Estado de Seguridad, Carlos Munisaga; del intendente de Capital, Emilio Baistrocchi; o del propio gobernador Sergio Uñac, en última instancia. Pero solo hubo silencio.
Recién llegado a San Juan, Lozano encaró personalmente la redacción del comunicado que más tarde hizo llegar a todos los medios de San Juan. Fue el miércoles 10 de marzo, apenas dos días después de la movilización. Condenó ‘las expresiones de violencia e intolerancia’, como era de esperar. Y remató con una frase que tiró por elevación a Libertador y Paula: ‘nuestro templo es parte fundamental del patrimonio cultural de todos’.
El viernes 12 de marzo sorprendió otro comunicado, esta vez de Laura Vera, tomando distancia explícita de los ataques a la Catedral. ‘Creemos que el arzobispo Jorge Lozano desde que está en San Juan tiene una mirada muy diferente para los sectores más vulnerables’, expresó la líder de Amas de Casa. En las horas previas, su organización había sido señalada como la responsable del vandalismo.
Puertas adentro del Arzobispado, generó ‘ruido’ que habiendo un diálogo frecuente con las referentes feministas de la provincia no hayan sido capaces de contener el agravio. Sí esperaban alguna actitud agresiva del ala más radicalizada del movimiento, pero molestó que las líderes miraran para otro lado.
Vera se comunicó personalmente con un colaborador de Lozano para aclarar su situación y en el clero le creyeron. Sin embargo, optó por salir públicamente a sentar posición para despejar las dudas. El texto tuvo que hacer equilibrismo para no ofender tampoco a las compañeras impulsoras de la marcha: ‘No nos duele una pared pintada más que una mujer asesinada’, advirtió.
El gesto de la dirigente social contrastó con el mutis de la provincia y del municipio. La Catedral tiene una vinculación directa con la administración de Baistrocchi, desde que se recuperó el campanil para el turismo citadino. Por eso en la institución religiosa extrañaron alguna expresión de pesar de parte del intendente.
En ese contexto, el descuido de las áreas de Gobierno acrecentó el malestar. De Aubone depende el área de Cultos. Y de Munisaga dependió el operativo de seguridad, que se montó estrictamente con personal uniformado femenino. No hubo un pronunciamiento público que condenara lo sucedido en el templo ni una llamada en privado. Nada.
Por eso el obispo resolvió escribir la carta abierta, en soledad, con la sensación de que el arco institucional se había corrido a un costado y había dejado que la Iglesia se manejara por su propia cuenta. La nota, además de circular por los medios, se remitió a cuatro destinatarios: Uñac, Aubone, Munisaga y Baistrocchi. Un colaborador estrecho del prelado recordó palabras de un sacerdote ya fallecido, para describir el tono de la misiva: ‘firmes en la verdad y suaves en la manera’.
Llegaron todas las disculpas juntas. El secretario privado del gobernador, Luis Rueda, transmitió al arzobispo la voluntad de enmendar lo sucedido. Fue así que coordinaron la cumbre para el lunes 15 de marzo, una semana después del hecho polémico.
La Plaza 25 de Mayo es posiblemente la zona más vigilada con las cámaras del Cisem y en la curia el dato es bien conocido. Por lo tanto, la inacción policial fue interpretada como desdén. Una alta fuente eclesiástica advirtió que no buscan ‘la criminalización’ de las manifestantes. Pero aclaró que ‘el obispo no quiere quedarse de brazos cruzados’ porque ‘está en juego la libertad religiosa’ y la Catedral es un lugar de culto.
Ya sucedieron ataques más graves en San Luis y en Salta en oportunidades similares. Un ala de la Iglesia, sottovoce, reconoce que hay un ‘catolicismo recalcitrante’, pero al mismo tiempo destaca que Lozano representa todo lo opuesto. De hecho, abrió vías de contención para la comunidad LGBTQ+ de San Juan, de manera inédita. El punto crítico en este episodio del 8M fue más político que policial. Antes que buscar responsables y meterlas presas, al Arzobispado le interesaba que el gobierno rompiera el silencio y se hiciera parte.
En las cuatro cartas enviadas a las autoridades de provincia y municipio, Lozano puso por escrito que no iba a aceptar que nadie fuera a reparar el edificio hasta después de Semana Santa. El objeto, claramente, es que quede a la vista de todo el mundo. Esto permitió que hubiese actos en desagravio, comenzando por un abrazo simbólico de parte de la feligresía católica. Las manchas rojas se tornaron en símbolo de algo más.
El propio obispo celebró una misa en las escalinatas salpicadas con pintura el domingo 14 de marzo, ahí a la vista de todos. Pidió a los presentes que cruzaran los brazos en señal de abrazo a ese templo, pidió un momento de silencio, rezó el Padrenuestro.
Uñac tomó el toro por las astas. El lunes recibió a Lozano y, a solas, le pidió disculpas. Asumió la responsabilidad de sus propios funcionarios. ‘Le dijo la verdad con humildad’, reveló una fuente informada del encuentro. Las palabras del pocitano sonaron sinceras para Lozano. Bastó para recomponer la relación lastimada por el evento. Eso sí, quedó claro que no se puede repetir.
El cónclave en la Sala Camus de Casa de Gobierno pudo quedar en privado. Sin embargo, se optó por darle difusión institucional. Ese mismo 15 de marzo se comunicó a través del sitio oficial Sisanjuan. Con sobriedad, la gacetilla describió el encuentro y al final reparó en el ataque del 8M, con una frase de Lozano: ‘así como estamos decididos a apoyar legítimos reclamos de la mujer, también, con firmeza, señalamos nuestro desacuerdo con cualquier expresión de violencia e intolerancia’. La foto del arzobispo junto al gobernador terminó de darle sentido a las palabras.