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miércoles 8 de abril de 2026

Opinión

Castro, en su camión rumbo a ninguna parte

Cambió muy rápido la relación de Moyano con Macri, por lo tanto también la del diputado sanjuanino. Que pasó le levantar la mano por el acuerdo con los buitres a la amenaza del paro general. En sólo un mes. Por Sebastián Saharrea.
Por Redacción Tiempo de San Juan
Más entusiasmado estará Enrique Castro por estos días con el rumbo prometedor de su querido Peñarol que con los dolores de cabeza que le da su banca: mientras el equipo chimbero destila optimismo en la recta final por el soñado ascenso, el diputado no consigue conciliar las volteretas del amor-odio entre su obediencia al mandato de oposición constructiva y el zapato que le aprieta cada vez más fuerte en condición de dirigente gremial.

Castro viene escribiendo su historia personal al pie de la letra de las enseñanzas de Moyano. Si don Hugo consiguió hacer cabecera de playa en Independiente y su yerno sanjuanino Chiqui Tapia en Barracas Central, Castro desembarcó con el arsenal de recursos de su gremio en Peñarol. Armó un equipo con aspiraciones y mal no le va. Tampoco en el que parece ser el botín principal: la conducción de la AFA, para la que se anotan firme tanto Chiqui como don Hugo.

Moyano simpatizó con Massa en las últimas elecciones junto a sus hijos Facundo y Pablo –diputado nacional el primero, líder camionero el segundo-, Castro hizo lo mismo en el armado sanjuanino liderado por Roberto Basualdo. Caído en desgracia el tigrense del mano a mano con Scioli, el moyanismo en pleno jugó sus fichas por Macri: aún se recuerda la compañía de los camioneros junto a otros gremialistas hoy desairados por el clima de la calle (Barrionuevo) ofreciendo colchón peronista al hoy presidente en la inauguración de una estatua de Perón en una plaza porteña. 

Castro incluido, el camionero sanjuanino que en esas elecciones se ganó nada menos que una banca en el Congreso, aunque esos tiempos parecen tan lejanos hoy. Copió desde allí el sanjuanino la ruta señalada por Moyano padre: tener paciencia, lanzar señales y advertencias encriptadas, ir despacio. Pero la paciencia se les parece estar terminando a todo el espacio verde de los hombres de los camiones, al punto que esta semana llegaron a la advertencia de un paro general.

Cambió muy rápido la relación de Moyano con Macri. Y por lo tanto, también la del sanjuanino Castro, quien pasó en un mes del discurso optimista el día en que levantó su mano para la aprobación del acuerdo con los fondos buitres al pesimismo absoluto con su advertencia de una medida de fuerza contundente si el presidente veta la eventual ley por la prohibición de los despidos.

En algún punto deberá admitir Castro que erró la apreciación. O estaba equivocado el día que pronunció sus palabras endulcoradas en su perspectiva del país que se abría el día del pago a los buitres, o está equivocado ahora que proclama las siete plagas de Egipto. No son cosas disociadas, una de la otra.

"Se habla de paros, marchas. Yo creo que a través del diálogo, que es lo bueno que tiene este gobierno, como corresponda se irán solucionando parcialmente los problemas, para que la gente no esté descontenta”, dijo el 14 de marzo pasado en referencia a la situación del país. "Buscaremos el apoyo popular a través de la juntada de firmas para que se trate en sesión especial. Podríamos buscar un número especial en el parlamento, pero estas cosas es mejor hacerlas junto al pueblo”, dijo el mismo legislador el 22 de abril pasado. Poco más de un mes y un brusco cambio de postura y de actitud.

Ahora, Castro debió reconducir el camión por el camino que le marcan sus líderes, que son por supuesto Hugo Moyano pero especialmente sus hijos. Quienes por estas horas se decidieron a portar el discurso incendiario, de claro corte opositor a Mauricio Macri. Con el que hasta hace bien poco simpatizaron, tanto en el discurso como en la acción de contención gremial y las manos levantadas en el Congreso como la de Enrique Castro.

Facundo es el autor del proyecto de ley que prohíbe los despidos, a la que sumó su apoyo públicamente Castro, como era de esperar. El hijo de Hugo tuiteó esta semana: "Ni un solo despido más. Ni una pyme cerrada. Que el esfuerzo lo haga el Estado mientras esperamos la reactivación económica”. Lo hizo ante el testimonio que le arroja cualquier caminata callejera, la especial sensibilización que provoca la cercanía de un día del trabajador amargo, y la verificación de daños puertas adentro de un movimiento como el obrero-sindical que apoyó a la nueva gestión con otras expectativas.

Sin planteos internos por ahora sobre si esas acciones de apoyo del pasado reciente fueron buenas o malas decisiones, es la línea que ahora baja terminante desde la conducción política de Facundo. O de la de Pablo, quien quedó a cargo del gremio de Camioneros y esta semana también salió con los tapones de punta en la previa de la movilización al obelisco: "El Presidente siente amor por los empresarios y desprecio por los trabajadores. Seguimos con este goteo de despidos y con la pérdida del poder adquisitivo". Demasiado rápido para estar asistiendo a una frase de un dirigente que hace apenas 4 meses miró con simpatía al mismo que hoy  cuestiona sin escalas intermedias.

Juntamente esa pertenencia a los casilleros políticos es lo que sigue generando goteras en el moyanismo, que le complican la línea. Lo dicho, vienen todos del massismo, pasaron fugazmente por el macrismo en tiempos de pulseada PRO-FpV, ahora ganan más simpatía entre los que queman cubiertas que entre los que piden cordura y paciencia. Finalmente, siguen encuadrados en un bloque como el comandado por el tigrense que amenaza con estallar en mil pedazos con este proyecto de Facundo y el mundo sindical de prohibir los despidos. En los alrededores de Sergio Massa hay desde empresarios que piden cautela como De Mendiguren y están los Moyano juramentados en contrario. Además del propio líder, que parece tener su interés particular de pescar algún rédito.

Pagará Moyano, Castro y compañía el precio de no haber encuadrado aún en los reclamos mayoritarios del sector asalariado. Hasta el año pasado y principios de éste, se focalizaron en Ganancias: lo llamaron el impuesto al trabajo, se movilizaron, y al final consiguieron poco y nada. Porque Macri lo levantó mínimamente a 30.000 pesos de piso, cuando ellos están reclamando por un mínimo de 60.000. Se trata, como evidencian las cifras, de un asunto de interés sólo de los que llegan a esos montos, un 10% del total de los trabajadores nacionales a los que pretenden representar.

Esa pérdida de la temperatura ambiente a cambio de otros postulados minoritarios –aunque no menos importante- les hizo perder espacio en la calle a los camioneros. Que ahora se proponen recuperar, sin despreciar el regreso a las fuentes de cubiertas quemadas. Los estarán esperando, ¿con las manos abiertas?
Casi como un profeta, el líder de la CGT sanjuanina Eduardo Cabello pronosticó en noviembre que si ganaba Macri se unificarían todas las centrales obreras del país. Tuvo razón más rápido de lo previsto. En esa unión, cada uno  hará su juego y buscará conducir. Incluso Castro, luego de sus vaivenes. El tiempo dirá si hay hilo en ese carretel.
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