Argentina-Chile: nacionalismo estúpido vs. negocios e intereses
Una cara: soldados a ambos lados gritando la ensoñación de matar vecinos. La otra cara: nunca como ahora fue tan evidente el interés por unir fuerzas, con obras, minería, inversiones y hasta estrategia, y con San Juan como interesado estelar. ¿Quién ganará?
Por Sebastián Saharrea
¿Cuál es la verdadera dimensión de la relación entre dos países históricamente recelosos, pero que consiguieron neutralizar sus impulsos para construir un vínculo que rebalsa por todos lados? ¿Es esa que asustó a todos con los marineros cantando mientras se entrenaban en la costanera de Viña del Mar que “un argentino mataré”? O es esa pared que fue recibiendo ladrillo por ladrillo, con la zanahoria de los intereses económicos por delante pero con la necesaria recreación de un clima fraternal que esta semana tuvo nuevo aporte sanjuanino con el brindis a alta montaña: argentinos y chilenos reviviendo la ruta de San Martín y O´Higgins, dos patriotas que conocían de ida y vuelta las fortalezas de la unión antes que el delirio de Pinochet y Videla declarara a la región como tierra arrasada y dejaran a ambos países hermanos al borde de una guerra.
Con coletazos que aún perduran. Es cierto que se trata de expresiones minoritarias, aisladas y hasta insignificantes, pero el episodio de Viña del Mar no fue un hecho para dejar escurrir. También fue llamativa la naturalidad con que fue entregada la argumentación oficial: que se trata de prácticas habituales en esta clase de entrenamientos y que no se trata de ningún ataque especial, ni para los argentinos, ni con bolivianos o peruanos. Las fuerzas armadas –explicaron- entrenan para cualquier hipótesis de conflicto limítrofe, y hoy las posibilidades no pasan de esos tres países. Increíble, en pleno proceso de integración y ya bien lejos en el tiempo de los berrinches alcohólicos de los dictadores a ambos lados de la cordillera.
Parece más que nada un intento de encontrar fantasmas donde no lo hay. Porque entre Argentina y Chile no hay ninguna hipótesis de conflicto desde hace años, y cada paso en la relación se establece bajo la óptica de los intereses comunes: flujos de dinero, inversiones a ambos lados, minería, obviamente bajo un paraguas de paz.
La de esta semana fue la novena expedición consecutiva en la que un contingente argentino y uno chileno se unen en el límite geográfico por donde cruzó San Martín para rememorar una de las epopeyas más increíbles de la historia de la humanidad. Y fue la ocasión que reunió a mayor número de chilenos desde que se realiza la travesía: 60, lo que señala el creciente interés de integración del otro lado con los argentinos. El año pasado, el viaje tuvo nada menos que la participación del embajador chileno en Argentina, y cada vez la repercusión mediática es mayor.
El cambio de tendencia en la sociedad y la política chilena respecto de la relación con Argentina encuentra un nuevo sostén en las obras y las inversiones. No hay nada que se parezca entre aquella indiferencia que bajaba desde Chile hacia cualquier intención de poner dinero en algún paso fronterizo y esta realidad: un ministro de la administración de Piñera bajando a San Juan el mes pasado para firmar –sí, firmar- el compromiso de llamado a licitación para el túnel más largo del continente, y posiblemente el más caro: Agua Negra, 14 kilómetros bajo la montaña, por más de U$S 1.000 millones.
Esta semana se pudo tener la medida de la dimensión del intercambio. Por primera vez en años y a causa del clima y los aluviones, el único paso disponible para cruzar hacia o desde Chile es el de Pehuenche, al sur mendocino, porque tanto el túnel mendocino como Agua Negra quedaron inutilizados temporalmente. Y hubo en el Pehuenche un piquete para forzar a acelerar el paso. Insólito.
En materia de comercio, se sigue verificando entre ambos países una relación que para abreviar adjetivos, alcanzan los datos: entre 1990 –la fecha en que salió Chile de la dictadura pinochetista- y 2011 (21 años) el comercio bilateral se sextuplicó, es decir que es seis veces más. El saldo comercial viene siendo desde hace tiempo muy favorable a la Argentina: en el 2011 –del 2012 no hay datos finales- el comercio entre ambos países fue de U$S 6.026 millones, de los cuales 4.717 fueron exportaciones argentinas de aceites, gas, carnes y granos, y los restantes 1.309 fueron envíos desde Chile de cobre, papel (para prensa), salmón y -¡hay!- vinos.
Para su comercio exterior, Chile prioriza sus acuerdos comerciales con EEUU, Canadá y México, que explican el grueso de su intercambio. Pero Chile es también miembro asociado del Mercosur e intenta no perder pisada en el continente. Para los próximos dos años, se espera un aumento del comercio bilateral del 20%, que se sumará a la condición de llave de paso para todo lo que Argentina y la región embarcan por el Pacífico y a los que Chile les vende servicios.
Así como en comercio Argentina lleva la delantera, en inversiones lo hacen los chilenos, también en un microclima de aumento descomunal. En los últimos años, ingresaron capitales trasandinos para comprar nada menos que bodegas en la región cuyana. En San Juan, están en las caleras y en la empresa de energía eléctrica. Mientras que el dinero sanjuanino en Chile no tiene nada que ver con los sectores productivos, industriales o de servicios: manda el turismo, con cientos de sanjuaninos con propiedades en la región de Coquimbo.
Pero tal vez el símbolo más evidente de estos intereses sea el gigante minero de Lama-Pascua, construido virtualmente sobre el límite geográfico, por lo que ha demandado un protocolo especial tanto en materia migratoria como impositiva. Se trata de la mayor inversión privada en la historia de San Juan y una de las más importantes del país, en una actividad sobre la cual Chile es especialista y comienza a convidar a sus vecinos de idénticos accidentes geográficos.
Lama-Pascua redondea un verdadero círculo virtuoso entre San Juan y Chile: se trata del único emprendimiento minero de envergadura apoyado sobre un límite binancional, el mismo límite que podrá recibir otra inversión faraónica para la obra pública de mayor envergadura que se recuerde en la región, y nuevamente una de las más fascinantes del continente: el túnel de Agua Negra. Mismo límite, con un megatúnel y una megainversión minera a 100 kilómetros de distancia.
Ninguno de todos estos avances económicos o empresariales pudiera resultar posible sin armonía política. Y lo que ocurrió entre Argentina y Chile en ese plano fue, literalmente, haber alcanzado la madurez. Creció el vínculo estrecho de la mano de gobiernos de similar visión política, especialmente Kirchner o Cristina-Bachelet o Lagos. Pero terminó de pavimentarse cuando esa buena vibración ideológica se quebró por la aparición del conservador Piñera, y la relación lejos de enfriarse siguió ganando espacio. El propio Piñera bajó a San Juan a la cumbre del Mercosur del año 2011 y este año lo hizo su viceministro de obras para firmar el compromiso del túnel. Ayudaron dos presidentes que supieron anteponer intereses comunes a las anteojeras ideológicas, dos embajadores competentes –el argentino Ginés en Chile y el chileno Zaldívar en Argentina- y hasta gobernadores e intendentes movilizados: Gioja o Gahona.
Tal vez toda esta historia sirva para responder a la pregunta sobre qué es más fuerte. Si los delirios armamentistas de militares románticos, o el impulso sin frenos de los beneficios de ser buenos vecinos.
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