Por Sebastián Saharrea
El valor de la vieja guardia
En el termómetro de la relación entre la provincia y la Nación hay fechas marcadas con temperatura confortable -la mayoría-, y otras de clima bajo cero, la de los últimos días.
En este pelotón, la libreta de apuntes marca algunos momentos difíciles ocasionados por la especial atención que pusieron desde la Rosada en auscultar a los colegas de Scioli. Ojos bien abiertos a los movimientos de cada jefe de distrito, calibrar el lealtadómetro y trasladar esa sensación térmica al flujo de gestos y de recursos. Momento especial éste para andar haciéndose el librepensador.
Hace un par de semanas, a Gioja le tocó el turno de la incomodidad en ese convulsionado escenario nacional. Habló con Rial en Radio La Red y el chimentero lo apretó con el chicaneo que bien sabe utilizar: la misma lógica que emplea para arrancar histeriqueos en lo de Tinelli, bien puede ser empleado para una fauna parecida como la dirigencia política. Le preguntó por Scioli, el culebrón del momento, y allí el gobernador sanjuanino prefirió no romper puentes que luego uno puede lamentar haber destruido, y dijo que no es momento para cazar bruzas. Nada para un lado, nada para el otro. Finta para gambetear el problema y a otra cosa. Al menos eso pensó.
Pero el problema estaba en otro lado: por estos días, uno nunca sabe cuándo una entrevista de rutina en la que no pasa nada de nada se termina convirtiendo en un capítulo de la pulseada entre el gobierno con Clarín y sus alrededores. Y este fue el caso: el diario La Nación hizo su propia interpretación de las declaraciones y titulo “primer apoyo de un gobernador para Scioli”, citando la entrevista con Rial.
Si lo que buscaba el diario de Mitre era calentar la oreja de la Rosada con un leal guiñando un ojo al adversario ocasional –Scioli- lo había conseguido con comodidad. El problema ahora era para el sanjuanino. En un tema en el que no valen las explicaciones verbales, sino los gestos.
Cuentan algunos funcionarios provinciales que en sus viajes habituales de pasar la gorra por Buenos Aires se lo hicieron sentir. La buena vibra es la saliva que tracciona estos intercambios, no especialmente los gigantes como sí las pequeñeces de todos los días, que al final del mes hacen una cuenta jugosa a los que se toman el avión a la Capital, donde atiende no solamente Dios sino también los funcionarios nacionales con firmas de cheques a las provincias, que son más o menos lo mismo.
También hizo frío en los gestos. Por esos días, mientras Moyano llenaba –siendo generosos- media plaza de Mayo Cristina viajaba por primera vez en tiempos kirchneristas a San Luis. Y allí, a un tranco de San Juan, la invitada fue Micaela Lisola, la chica que fue tapa de los diarios por su resistencia a que no la dejaran invitar a un acto por el día de la memoria en su colegio religioso sanjuanino Monseñor Audino Rodríguez y Olmos. ¿Y Gioja? Dicen que no le llegó la invitación para el palco puntaño donde aplaudía el mendocino Paco Pérez. Y donde unos minutos después de fotografiarse con Micaela con los dedos en V, la presidenta le saltó a la yugular a Scioli y sus desventuras por el aguinaldo cuestionando a los gobernadores que gestionan mal y contraponiéndolos con los que gestionan bien. A la vecina San Juan no la puso en esa lista, ¿habrá sido un olvido o no estará considerada como bien administrada?
No llegó la sangre al río. El tono molesto se mantuvo en la más absoluta intimidad, y de ambos lados hicieron gestos para recomponer. El gobernador sanjuanino visitó al jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, a la Rosada el mismo día que se reunió con los obispos para hablar sobre la actividad minera, y allí hubo un tono cordial. Se trata del dirigente más encumbrado de la nueva camada que ocupa los oídos de Cristina y con quien Gioja mantiene una buena relación política, incluso estuvo cerca de venir para la firma del contrato de inicio de obra del Teatro del Bicentenario esta semana. No pudo ser. Y sin hablar del malentendido, pareció un capítulo cerrado.
Ocurre algo en común entre el dilema de los gobernadores y el de los puntales del modelo K. Siempre es buena la irrupción de nuevas generaciones en los espacios políticos, pero a veces hay que acompañar esos cambios con la convicción de no arrojar a la cuneta a los que estaban: por algo estaban, y a veces cuando las papas queman siempre hace falta algo de la calma y la experiencia que aportan los que pasaron por allí varias veces.
Entre los mandatarios provinciales, Gioja es uno de los de mayor recorrido y forma parte del grupo de leales juntos a otros más nuevos, sin ir más lejos el mendocino Pérez. Junto al chaqueño Capitanich son los que vienen sosteniendo desde más tiempo la escarapela K, y a veces quedan entrampados frente el discurso juvenil que generalmente llega con menos contemplaciones.
En estos tiempos en que la Presidenta depositó su confianza en el recambio generacional, el aporte de los más viejos suele ser tirado a un rincón. Pero ocurre como todo: el tiempo pone las cosas en su lugar y la propia necesidad recompone el vínculo si es que no intermediaron gestos de los que no se vuelve.
Con algunas figuras del entorno presidencial sucedió lo mismo. La valorable entrada en escena de referentes jóvenes como Axel Kicillof en Economía –secundando a un ministro también joven como Lorenzino o respaldando a otro joven de proyección como Miguel Galluccio, de YPF- apareció con la aureola de un recambio, más que un aporte. Porque el recambio hubiera significado el pase a retiro de Julio De Vido, un teniente general de la escuadra K de todos los tiempos que tuvo que tragar saliva varias veces: ya lo iban a ir a buscan.
Y así fue. Cuando ardió Troya en la pulseada contra Moyano, allí fue el viejo Julio a apretar las clavijas con la patronal de los camiones, la antesala de la caída de un paro destinado al fracaso. O cuando hubo que señalarle el camino al desvío de Scioli, allí fue De Vido a juntar la tropa de intendentes fieles para contenerlos y asegurarles que si le niegan espacio al gobernador bonaerense no estarán condenados al infierno, sino todo lo contrario.
Lo mismo le ocurrió a Aníbal Fernández, el jefe de gabinete de Cristina que se vistió de Quijote para defender causas imposibles y en el recambio de diciembre se quedó sin sillón. Ya lo sabía de antes, desde el momento que quedó anotado en la lista de candidatos a senador bonaerense, que sus días de estrellato mediático debían dejar lugar a la nueva camada.
Se siguió levantando a la 6 para ir al Senado, casi para prender la luz en el Congreso. Y cuando hubo que alistar la tropa para poner la cara por el abollado vicepresidente Amado Boudou o por el impresentable candidato a procurador Daniel Reposo, allí estaba Aníbal ofreciendo la espalda para cargar la bolsa de plomo. Allí, el otro Fernández volvió a sacarle lustre a su plaqueta y mostrar que siempre hace falta alguno como él, aún cuando no hay nada para decir.