El jornalero dormía sentado en una silla del patio y doña Crescencia Jofré de Leal lo despertó zamarreándolo. “Saturnino. Saturnino. Ahí lo buscan”, le dijo la señora, casi gritándole. El changarín abrió los ojos y respondió: “¿Quién?”. Y ella contestó: “Un amigo. Enrique Vargas”.
Los dos hermanos de Zonda y una reunión familiar en feriado que terminó con uno de ellos asesinado por el otro
El 25 de mayo de 1960, dos hermanos se reunieron en la casa de una familia amiga. Bebieron y a la noche salieron abrazados y cantando, pero en el caminó se pelearon y hubo un asesinato.
Saturnino Guadalupe Abrego continuaba mareado de la curda y salió acomodándose el pantalón, mientras preguntaba quién será. Efectivamente, en la puerta lo esperaba Enrique Vargas. Era un agente de la Comisaría 14° de Zonda, que apenas tuvo enfrente al jornalero, le comunicó que debía acompañarlo a la seccional. Sin dejar que éste pronuncie palabra alguna, el uniformado lo tomó de un brazo, lo palpó, le sacó el cuchillo que cargaba en la cintura y lo llevó a los empujones.
El jornalero parecía no caía. O se hizo el desentendido. A pocas cuadras de allí, en la llamada ruta 20 o calle Nacional, cerca de la intersección con Sarmiento, otros policías cercaban la zona y observaban detenidamente el cadáver de Marcos Oreste Abrego. El hermano de Saturnino estaba tirado al lado de una acequia, con el cuerpo con sangre y un puntazo mortal a la altura del corazón.
El acusado era el mismísimo Saturnino, que para entonces era trasladado a la comisaría. No había dudas sobre la autoría del asesinato, los policías tenían a tres testigos directos del crimen. Uno era Ramón Abrego, el hijo del propio Saturnino, que junto a su primo Ernesto y su amigo Hipólito Riveros estaban sentados en la esquina y presenciaron la sangrienta escena.
Una tarde familiar
Todo esto sucedió en la noche del miércoles 25 de mayo de 1960 en la Villa Basilio Nievas, la cabecera del departamento Zonda. La historia había empezado muchas horas antes en una jornada festiva de feriado. Ese día, Saturnino Guadalupe Abrego y su mujer visitaron a Tomás Leal y a su esposa, Crescentina Jofré. Allí también se encontraba su hermano menor, Marcos Oreste Abrego, de 45 años.
Almorzaron y, llegada la siesta, los hermanos Abrego se fueron a la cancha del Club Juventud Zondina. Esa tarde había fútbol. Según testimonios, en la cancha no permitían las bebidas alcohólicas. Fue así que, terminado el encuentro, Saturnino y su hermano salieron desesperados a tomar una cerveza. Los dos habían bebido unos tragos de vino en el almuerzo y esa tarde estaban alegres, más con el triunfo de los locales.
Los hermanos Abrego se pararon en la puerta de un almacén y desfilaron las botellas de cerveza. Más tarde volvieron a la casa de los Leal, donde compartieron unos mates y sopaipillas. Pero a Saturnino y Marcos les brillaban los ojos por las ganas de seguir tomando. Como ya era de noche, el mayor de los Abrego le propuso a su esposa que esa noche durmiera en el domicilio de esa familia amiga. La dueña de casa era íntima de ella y la había invitado a quedarse.
La mujer de Abrego aceptó. Saturnino y Marcos tenían vía libre para seguir de farra, así que partieron. No se sabe con quiénes estuvieron y en qué sitio, pero por lo visto continuaron tomando y se emborracharon.
La pelea
Fue hasta que, pasadas las 21, de ese miércoles 25 de mayo de 1960 los vieron pasar caminando muy alegres por la ruta 20 o calle Nacional. Ernesto -el hijo de una hermana de los Abrego- junto con su primo Ramón –el hijo de Saturnino- y su amigo Hipólito Riveros permanecían sentados en la esquina con calle Sarmiento y los saludaron.
Los jóvenes se rieron. Es que iban abrazados y cantando por el medio de calle. Los tres amigos después relataron la risueña situación, pero no olvidaron jamás la escena que presenciaron en los minutos siguiente. Vieron cómo alejaban, pero como a los cien metros, notaron que Saturnino y Marcos se detuvieron al costado de la calle.
El joven hijo del homicida, un sobrino suyo y un amigo de éstos fueron testigos presenciales de la pelea y asesinato en la calle. Eso fue determinante para esclarecer el caso en cuestión de horas.
En esos instantes observaron que los hermanos empezaron a manotearse y a largarse golpes. Los muchachitos no entendían nada. Ramón Abrego, el hijo de Saturnino, corrió a separarlos. El joven logró ponerse en el medio y sacó a los empujones a su papá.
Como estaba oscuro, los otros jóvenes no advirtieron qué sucedió con Marcos Oreste Abrego. Sólo vieron pasar a Ramón en compañía de su padre, al que tironeaba para que apurara el paso. “Llevo a mi papá y ya vuelvo”, les expresó el chico, que dejó a Saturnino en la puerta de la casa de los Leal.
El hallazgo del cadáver
Pasados unos minutos, Ramón Abrego regresó y caminó hacia el lugar adonde había ocurrido la pelea. Ahí nomás volvió, con el rostro pálido y muy nervioso. “¡Voy a buscar a la Policía!”, gritó y salió apurado en dirección a la comisaría.
Al rato llegaron los policías de la Seccional 14 y alumbrando con linternas encontraron a Marcos Oreste Abrego, tendido al lado de una acequia y con una herida en el pecho. Confirmaron que estaba muerto.
Esos mismos uniformados interrogaron a los jóvenes y éstos le contaron con lujos de detalle la extraña situación de la que fueron testigos. Aseguraron que Saturnino y Marcos Abrego pasaron por la calle muy alegres, pero que segundos después vieron que se trenzaron. Los tres coincidieron en afirmar que ninguno notó que el mayor de los Abrego portaba un cuchillo y tampoco alcanzaron a ver el momento en que le propinó el puntazo a Marcos Oreste.
Los policías informaron al juez sobre el asesinato y de los testimonios claves que señalaban que el agresor era el hermano de la víctima. Esa misma noche dispusieron la detención de Saturnino, que fue apresado en la casa de los Leal por el agente Enrique Vargas. Allí le secuestró el arma homicida, un cuchillo con una filosa hoja metálica de 16 centímetros de largo.
La acusación y la condena
Saturnino Guadalupe Abrego fue procesado por el delito de homicidio simple. La autopsia reveló que el cadáver de su hermano presentaba una herida punzocortante en el hemitórax izquierdo. El cuchillazo no tocó su corazón, pero ingresó en uno de sus pulmones y sufrió una hemorragia interna que le produjo el deceso en pocos minutos.
Aunque la defensa del jornalero de 48 años alegó en el juicio que éste se hallaba muy ebrio y ni siquiera recordaba por qué discutió con Marcos Oreste, el tribunal compuesto por los jueces Carlos Graffigna Latino, Alejandro Martín y Tristán Balaguer Zapata lo condenó el 7 de septiembre de 1961. La sentencia de los magistrados de la Cámara Primera en lo Penal dictaminó una pena de 9 años de prisión contra el jornalero por el delito de homicidio simple, nada más y nada menos que en perjuicio de su propio hermano.
FUENTE: Sentencia de la Cámara Primera en lo Penal, artículos periodísticos de Diario de Cuyo y Tribuna y hemeroteca de la Biblioteca Franklin Rawson.