Le decían “Don Vargas” y por su aspecto de hombre curtido, su baja estatura, su disimulada renguera y su característico sombrero de jornalero, a simple viste insinuaba ser un preso más. Lejos de eso, a sus 62 años él era una leyenda entre las novelas de maleantes de toda calaña dentro del penal. Una historia viviente del crimen, un verdadero inadaptado social – así lo describieron los psicólogos- que en su espalda cargaba tres asesinatos, dos fugas de la cárcel, innumerables castigos por mal comportamiento y la condena quizas más dura, la de no haber podido vivir nunca fuera de los muros de la cárcel y la de morir en soledad con el traje de presidiario.
Don Vargas, el triple homicida que no sabía vivir fuera de la cárcel
Los penitenciarios más veteranos todavía cuentan relatos de ese preso llamado Néstor Genaro Vargas, un caucetero dueño de un legajo que hacía temer. El informe psicosocial del penal lo pintaba tal cual: inestable emocionalmente, con humor variado, introvertido, no adaptable al medio, difícil de socializar con los demás, violento, desconfiado, temeroso. En síntesis, un psicópata impulsivo.
Sus inicios
Nadie sabrá nunca qué lo convirtió en ese forajido. El caucetero nacido el 27 de marzo de 1927, hijo de Ventura Vargas y Margarita Bustos, tenía apenas el primer grado de la primaria. De profesión albañil, también supo gamelear en las fincas del Este provincial.
Su juventud seguramente fue dura y turbulenta. Un tipo conflictivo que hizo gala de su irracionalidad a sus 25 años, cuando por simple despecho atacó a escopetazos a una jovencita a la que intentó en vano enamorar. No llegó a herirla, pero ese hecho ocurrido la noche del 15 de octubre del 1952 fue su bautismo de fuego y también su primer antecedente penal, con detención incluida, en una carrera criminal que iría en ascenso y perduraría años.
Al año siguiente, el 19 de julio de 1953, Vargas volvió a mostrar su fama de borracho y pendenciero, tal como lo describían. Molesto porque le mojaron la guitarra en un bar de su barrio, la Villa Etelvina, se desquitó dándole dos cuchillazos a un tal Ramón Cáceres. Después vino el ataque a tiros –se desconocen los motivos- contra la casa de una viuda de Caucete, el 18 de agosto de 1954.
Sus asesinatos
El asesino que llevaba adentro suyo hizo su aparición la mañana del 27 de octubre de 1956. Los archivos policiales de esa época, a partir de testimonios recogidos, señalan que convencido de que su madrastra, y supuesta amante, le había hecho un maleficio para que no tuviera sexo con otras mujeres, desató su furia contra ella con un cuchillo tipo carnicero hasta matarla. Las crónicas periodistas mencionan que Blanca Quiroga, la víctima, tenía 21 heridas cortopunzantes. Dos de esos puntazos habían ingresado certeramente al corazón.
Cinco años más tarde lo condenaron a 15 años de encierro en la antigua Cárcel Pública. Ahí empezaría otra historia, también signada por su vida rabiosa. Corría 1961 y en otro de sus arrebatos acuchilló a su compañero de pabellón, el chileno Pedro Barrionuevo, todo por una deuda a raíz del mal arreglo de unos zapatos.
Creyó que la cárcel no era para él y el 9 de octubre de 1961 se fugó del penal. Dieciocho días más tarde fue recapturado. Pero indomable como él solo, no aguantó y el 22 de diciembre de ese mismo año, a lo “Houdini” escapó otra vez. Su vida de clandestino duró cinco meses hasta que cansado y sin salida se entregó por propia voluntad.
Como una novela repetida, a poco de retornar a la cárcel no tardó en meterse en problemas y en esas ya acostumbradas peleas con otros internos mandó al hospital a Santiago Alaniz y Angel Bongiorno por los puntazos que les propinó.
Posteriormente, con las rebajas de pena y el tiempo transcurrido entre rejas, Néstor Vargas salió con la libertad condicional a fines de 1966. El delito lo llevaba en la sangre, de modo que no pudo con su genio y continuó con sus habituales tropelías hasta que su nombre fue noticia nuevamente en octubre del 1968. El motivo: el enfrentamiento a balazos con su hermano Amador. Esa vez acabó herido y preso, además le descubrieron que había sido autor del robo de varias pistolas y revólveres de una armería de Caucete. A eso se le agregaron otros seis robos que le atribuyeron.
Con 41 años, Vargas regresó al penal. Y como la serenidad no era justamente su virtud en esa difícil convivencia entre bandidos y facinerosos, el 27 de octubre de 1969 apareció otra vez su alma asesina. Los registros del penal destacan que, al finalizar el almuerzo, correteó con una faca al reo Waldo Bossio Pellegrini. La persecución acabó en el baño, con éste último bañado en sangre y muerto a puntazos.
Néstor Vargas no negó el crimen. Eso sí, se excusó diciendo que la víctima había escupido su comida sabiendo que tenía tuberculosis. Los otros internos, en cambio, declararon que el primero estaba furioso con Bossio Pellegrini porque se disputaban a un preso homosexual.
Los años y las condenas no aplacaron el carácter del incorregible de Néstor Vargas, que llenó sus manos de sangre en otra reyerta carcelaria el 17 de enero de 1975. Su víctima, “El Aguila Renga” Osvaldo Reynaldo Flores, que tambien cayó muerto a puntazos en un pabellón. Entre todas las condenas, el tres veces homicida y ladrón acumuló una pena unificada de 25 años y en razón de su extrema peligrosidad le aplicaron la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado. Es decir, debía permanecer el resto de su vida en prisión. Algo único en ese entonces.
El ocaso de la leyenda
Vargas ya era “Don Vargas”a sus más de 50 años y su insolente pasado corría como un mito de boca en boca entre los presidiarios. El respeto hacia el caucetero era norma en la población carcelaria, incluso entre los guardiacárceles que no se descuidaban de él pese a que con ellos tenía buen comportamiento.
Cuentan que los años empezaban a pesarle. Estaba calvo, caminaba algo rengo y tenía muchos kilos de más, aun así su mal carácter era su sello. Una anécdota sobre él dice que dentro de la cárcel había un perro que le ladraba cada vez que lo cruzaba. Un día, de la noche a la mañana, el animal apareció colgado de un árbol.
No quería o nunca pudo adaptarse a compartir su presidio. Por consejo del equipo médico, Néstor Vargas fue confinado a vivir solo en una casucha cerca de la granja del penal. Sin nadie que lo visitara y sin amigos dentro de la cárcel, la soledad y el trabajo de labranza fueron sus únicas compañías en la década del 80.
Los registros muestran que, con las conmutas recibidas, recién podía salir en libertad en el 2004. Los penitenciarios que lo conocieron afirman que Vargas no quería abandonar la cárcel simplemente porque no tenía adónde ir y no sabía qué hacer en un mundo que le era hostil y desconocido. Su hogar era muros adentro del penal. Y aunque él tenía el privilegio de salir fuera de los límites de la cárcel sin custodia para abrir las compuertas del regadío, siempre hacía el mismo recorrido por avenida Benavidez hasta el partidor San Emiliano y regresaba para encerrarse de nuevo.
Lo que no pudieron sus enemigos ni sus años de violencia, llegó sin previo aviso y sin tanto alboroto la mañana del 28 de enero de 1990. Néstor Genaro Vargas, uno de los criminales más famosos de la historia sanjuanina, sintió un agudo dolor en el pecho. Los penitenciarios lograron auxiliarlo pero llegó muerto al Hospital Marcial Quiroga. Cuenta que eran las 10 cuando su corazón no latió más.
“Don Vargas”, el de la leyenda que él mismo forjó sin saberlo, permaneció en la morgue durante cinco días. Nadie reclamo su cadáver. Los únicos que lo despidieron fueron cuatro penitenciarios que lo vistieron con una camisa, un pantalón y lo metieron descalzo en un cajón común de madera para llevarlo en el camión volquete de la penitenciaria hasta el cementerio de Ullum. No hubo llantos ni flores, sólo una despedida silenciosa de esos uniformados que le dieron el último adiós y oraron pidiendo piedad para uno de los personajes más celebre del crimen en la provincia.