En los pasillos del colegio El Tránsito, camina la hermana Mónica Ruz con una sonrisa estampada en la cara. Es chilena, pero adoptó esta tierra, a la que considera santa. La mujer detrás del hábito, la que enfrentó dudas y pudo resolverlas con vocación y fe, abrió su corazón. Quién es esta religiosa que no le esquiva a las preguntas: los duelos vividos a la distancia y cómo imagina su futuro. La historia de una mujer inolvidable.
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Mónica Ruz, la monja que no teme hablar de nada y encontró en San Juan un lugar santo
Es chilena pero tiene corazón cuyano. Todos los días, se la puede ver en el colegio El Tránsito. Cómo construyó su labor como servidora y las dudas a las que se sobrepuso.
Su infancia fue tranquila, con padres muy laburantes. Desde chica estuvo vinculada a la iglesia, pero fue de adolescente cuando se dio cuenta que había una conexión mayor que la de una feligresa común. “Siempre hay un proceso en la vida religiosa. Hay un proceso que se va descubriendo de a poquitito. Dios te va llamando de a poco, no te llama con un teléfono, sino que vos lo sentís adentro, es como cuando uno se enamora, que vos sentís desde adentro que es esa persona”, describió. Es tan interno el proceso, que es imposible esquivarlo.
Mónica siempre trabajó al servicio del otro. Catequesis en los barrios, visitas a familias carenciadas, una adolescencia dedicada al trabajo social. Fue de esta manera como el llamado fue profundizándose y se materializó en el momento en el que finalmente decidió que iba a ser monja. “Es un salto que iba a dar al vacío. Me acuerdo hasta la fecha, un 1° de mayo, era ese fin de semana largo y una noche con luna; me acuerdo de la luna, era hermosa; yo ya no podía decir que no”, contó.
A la familia de Mónica le costó mucho entender el llamado. Con 18 años, su hija iba a irse del país a formarse. “Imagínate, salir de un lugar tan cuidado a algo desconocido y solamente con esto en el corazón”, dijo. Como pudo, convenció a sus padres y de su Chile natal llegó a Argentina a iniciarse en la vida religiosa. En Córdoba empezó un proceso de formación, en el que aprendió a compartir, a vivir en fraternidad y a estudiar las Sagradas Escrituras, entre otras fases de aprendizaje. La vida de una monja implica sí o sí compartir, poner en común y convivir. En términos fácticos, pasar del “esto es mío” al “esto es nuestro”.
Finalizado ese proceso inicial, empezó el noviciado. Llegó el momento del velo blanco, que se extendió durante dos años. “Es el momento en el cual te aboga la oración y el discernimiento de mirar realmente y preguntarse ¿esto es para mí?”, explicó. La hermana decidió que ese era su camino y tras cinco años llegaron los votos perpetuos, los que alcanzó en 1997.
Para el que escucha, el relato de la hermana Mónica es atrapante. Lo misterioso de la vida religiosa empieza a cobrar sentido desde un lugar más profundo. A sus descripciones, liberadas de toda solemnidad anticuada, se le suma una actitud humana, cercana.
El momento de los votos perpetuos es un rito sagrado. Mónica pudo hacerlo en Chile y fue la última vez que pudo reunirse con su familia completa.
La rutina de la hermana Mónica arranca a las 5.30, horario en el que se levanta. A las 6.10 reza y a las 7 ingresa al colegio El Tránsito. No describe su día a día como sacrificado, sino como una rutina ordenada y comunitaria.
Mónica vivió en las Sierras de Córdoba, donde está la casa en la que se formó. Después fue enviada a Río Cuarto, posteriormente se instaló en Buenos Aires hasta que llegó a San Juan, desde donde de nuevo la trasladaron a Buenos Aires y a Córdoba hasta reencontrarse con su querido San Juan otra vez. Para la religiosa, San Juan es un territorio santo, porque los santuarios en el medio del desierto se llenan de feligreses y porque aún se encuentra tranquilidad y silencio en algunos rinconcitos de la provincia. “Hay espiritualidad por más que la contingencia te lleve a ver otras cosas, yo salto a la contingencia y voy al corazón”, detalló casi poéticamente.
En momentos de gran hostilidad, en los que el mundo se debate entre vivir en empatía o con el sello de un individualismo creciente, para Mónica lo importante es insistir con el mensaje. “El diferente no es tu enemigo”, “crear espacios de diálogo” y “confiar en la fraternidad”; son algunos de los axiomas que reivindica.
Aunque extrañe mucho a su familia, sabe que la vocación la guía. Suele visitar una vez al año a su familia en Chile, ahora la frecuencia aumentó a dos veces porque su madre está grande. Ella no diferencia demasiado su experiencia con la que transita alguien que decide vivir en el exterior.
Si hay una premisa que gana cotidianamente terreno en el plano de lo discursivo es el de poseer. Por eso llama la atención que alguien decida dedicarse a una carrera en la que no se puede tener nada. Las monjas no cobran sueldo, no pueden tener propiedades a su nombre y ni siquiera elegir qué van a comer. Para la religiosa no fue difícil entender y vivir de esa manera. “Cuando vas al cielo, no te llevás nada”, repite.
¿Alguna vez dudó? Es la pregunta que hizo esta cronista. Y Mónica, dotada de toda humanidad, respondió que todo sujeto tiene crisis epocales. “En la vida tanto de la mujer como del hombre se tienen, sobre todo cuando vos ves que los más cercanos tuyos se casan, tienen hijos y bueno, nosotros también tenemos esta impronta de la maternidad. Cuando ya biológicamente no estás para tener un hijo también es una pérdida. Son cosas que uno las va ofreciendo al Señor, pero no con tristeza. Los momentos de crisis se dan, a mí no me vengan a decir que no, altos y bajos en los cuales no ves nada y de repente –aparece- una luz, una palabra”, contó.
Despojada de deseos materiales, con una espiritualidad profunda, la hermana Mónica dijo que se imagina en un futuro siendo una “monjita feliz”. Finalizada la entrevista, la religiosa abre una capilla al equipo de prensa. Por los ventanales pequeños de colores, entra una luz mística, que baña con el dorado de la golden hour a los santos y vírgenes que están en la bella estructura arquitectónica. Hay paz en ese pequeño espacio de silencio. Y también una monjita feliz.