Amable y con una enorme sonrisa, abre las puertas de su casa a Tiempo de San Juan para contar su historia. Lo hace del mismo modo en que cotidianamente alberga en su hogar a sus nueve nietos de sangre y a los 73 niños de la zona de Capital conocida como La Rioja Chica quienes, como nietos del corazón, la llaman “Nona María”. Son los que asisten a su merendero, del cual es dueña y en el que sirve meriendas con alimentos que consigue gracias a donaciones, además de las semitas que ella misma amasa y hornea en su horno de barro, para compartir o vender con el fin de obtener el sustento diario.
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María, la semitera de 78 años que es "Nona" de 82 niños de La Rioja Chica
Su difícil infancia la obligó a dejar de lado su sueño de ser farmacéutica. Pero jamás se desanimó. Hoy es dueña de un populoso merendero y narra su historia con una sonrisa de oreja a oreja.
María Edelmira Pereyra tiene 78 años —“pero en julio ya cumplo los 79”, aclara—, y demuestra moviendo la cintura que, más allá del paso del tiempo y de una operación de cadera a la que se sometió tras una caída, aún puede moverse para danzar en una comparsa junto a los niños.
La costumbre de ayudar a quienes la rodean ha sido una constante en su vida. Por eso, hace una década, cuando desde la Municipalidad le ofrecieron ayuda para poner en marcha el merendero, no dudó ni un segundo en asumir la responsabilidad de llevarlo adelante. Lo llamó “La Nona María” y lo armó de a poco en el amplio fondo de su humilde casa ubicada sobre calle Corrientes.
“Yo siempre les daba algo a los niños de la zona, porque venían a comprarme pan o semita y me pedían alguna de yapa. Por eso, después de la muerte de mi marido y cuando me ofrecieron la posibilidad, no dudé en crear este espacio”, reconoce la sanjuanina. Y confiesa: “Ni tuve que salir a buscar a los niños que ayudo. Ahí enfrente tengo diez chicos. Más allá hay como un montón de casitas juntas y viven muchas familias, en las que hay otros 30. Con ellos ya tengo una banda, más los que vienen del otro lado… somos cada vez más aquí”.
Contenta con su labor y a pesar de su dura infancia, María reconoce que, gracias a todos ellos, las tareas que desempeña habitualmente y al cariño de su familia, lleva una vida plena. Y entonces, se dispone a contar su pasado.
Con sacrificio, pero hacia adelante
“Yo iba a la escuela y, ya con ocho años, me ganaba la vida haciéndoles los mandados a las vecinas en distintas casas de la Villa Nueva, en Rivadavia. Por ejemplo, por las mañanas le hacía las compras a usted, y después le tocaba a usted darme una taza de yerbeado con un pedazote de pan. En ese momento éramos mi hermano y yo, y vivíamos con mi madre en la casa de un tío. Ella trabajaba mucho, porque nos tuvo de soltera, y eso, en esa época, no era bien visto”, comienza narrando.
Esa realidad empezó a cambiar cuando aún era muy pequeña. Según relata, al terminar sexto grado soñaba con seguir estudiando, porque quería ser farmacéutica. Pero esa no era una posibilidad. “Estudiar en esa época era muy caro, y yo la veía a mi mamá tan cansada… Caminaba mucho para llegar a la fábrica de bolsas en la que trabajaba, y estaba ahí todo el día, se estaba poniendo cada vez más flaquita. Entonces le dije: ‘¿Quiere que yo le ayude?’. Y empecé a ir con ella a la fábrica”, recuerda.
Pronto aprendió a coser las bolsas con las máquinas, y el dueño del lugar le ofreció su propio sueldo. “¡Qué más quería yo! —dice enfática—. Acepté, y logré que mi mamá ya no tuviera que trabajar allí; ocupé su lugar. Trabajaba todas las horas que podía, cobraba los extras, y con eso conseguimos alquilar nuestra primera casa”.
Ya con 16 años, los dueños de la fábrica le preguntaron si quería trabajar en su casa como empleada doméstica. María aceptó esa nueva tarea y se desempeñó allí hasta los 23 años, cuando conoció a su marido y se casó. “Ahora soy viuda. Pero con él tuve tres hijas, que me dieron nueve nietos. Y a ellos se suman todos los niños que vienen al comedor y me llaman ‘Nona María’”, sostiene, orgullosa.
Hace 40 años hornea pan y semitas que vende en su casa y, desde hace un tiempo, también en la feria de fin de semana de la plaza de Desamparados. Además, regentea el comedor, recibe donaciones para los chicos, les organiza salidas e incluso los lleva a participar de los carnavales.
Eso, sin contar que en 2017 fue coronada Reina del Adulto Mayor de la provincia, una experiencia que revive con emoción, tras contar que sucedió por casualidad y le permitió cumplir uno de sus sueños: usar vestidos de gala.
“¿Cómo le puedo decir...? Mi vida ha sido una cosa que se me dio vuelta tantas veces, con situaciones tan inesperadas. Yo nunca había pensado en usar un vestido largo, y lo de la posibilidad de ser reina fue un inesperado pedido del municipio. Terminé entrando con un vestido de gala precioso a la elección provincial y bailando mientras me presentaban. Llevé a todos mis chicos, que gritaban y tocaban redoblantes desde la tribuna. Me coronaron y fue hermoso”, dice con simpatía.
Antes de despedirse, recuerda que quien quiera puede colaborar con su comedor. “Pueden ayudar con lo que sea, así sea con un paquete de caramelos, ropa usada, algún alimento... no tengo problema. Me lo traen acá, y yo ahí nomás, a la tarde, ya se los reparto a los niños”, asegura. Y recuerda que su merendero está ubicado en calle Corrientes 481 Oeste, en Capital.