Fanático de la sangre come carne cruda y podrida
Como si fuera poco, su novia se define como una persona "omnívora con tendencias vegetarianas"
Oriundo del estado yanqui de Kentucky, descubrió que en la década de 1930 un dentista llamado Weston Price estudió las bondades de la comida cruda y descubrió que los resultados para la salud fueron satisfactorios. Entonces, Nance se preguntó: ¿Por qué no probar? "Llevaba enfermo mucho tiempo así que estaba dispuesto a probar cualquier cosa. Tenía un par de cabras en mi jardín. Estaba harto de ordeñarlas así que las sacrifiqué y me las comí crudas", recordó.
Pese a que hasta que el sistema digestivo se adaptó sufrió "un poco de diarrea", después de una semana todo mejoró. "Me sentí completamente bien y desde entonces no dejé de comer carne cruda", dijo, y reconoció que hasta se lava los dientes con grasa animal.
Le encanta la sangre
Llevar una dieta sólo en base a carne cruda no le representó un problema y poco a poco comenzó a disfrutarla cada vez más. "Cuando llevaba unas tres semanas con esta dieta, noté un fuerte sabor a sangre en mi garganta y de repente comencé a sufrir antojos de ese sabor. La carne cocinada ya no me atrae para nada. Sabe a quemada", contó. Pero esto no es todo, también le gusta la carne podrida que, por ser probiótica, lo ayuda en la digestión.
Si algo le faltaba a esta historia para ser realmente increíble es que Joanne, su novia, fuese vegetariana. "Soy omnívora con tendencias vegetarianas", contó, aunque en algún momento compartió unos filetes de cordero y le parecieron "deliciosos".
Críticas
Nance reveló que el mayor problema que le trajo su dieta fue el rechazo social. "Mi familia cree que estoy loco. No pueden aceptar que alguien coma carne cruda. Mi padre tiene un máster en biología y siempre me dice que si continúo así, contraeré alguna enfermedad", lamentó.
Sin embargo y pese a todo, el hombre que trabaja como carnicero y se encarga de sacrificar a su propio alimento no les teme a las críticas y disfruta de su atípica comida. Incluso, se relame al pensar en la oveja escocesa que guarda en una heladera de su casa. "Tiene un sabor dulce. Me comeré el cerebro. Es como un manjar, así que esperaré hasta el fin de semana", concluyó.
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