El debate sobre la inteligencia artificial suele concentrarse en el presente: cuánto trabajo reemplaza, qué profesiones están en riesgo y cómo será la convivencia entre personas y máquinas. Pero una analista plantea una pregunta más incómoda: ¿qué ocurrirá cuando esa convivencia termine?
El día después de la "fase centauro": qué pasa cuando la IA ya no necesite a los humanos
La analista Annie Lowrey advierte que la automatización con IA podría generar desempleo estructural a gran escala y que los gobiernos aún no tienen respuestas efectivas para ese escenario.
La idea de la “fase centauro”, popularizada por el CEO de Anthropic, Dario Amodei, describe el período en que humanos e IA colaboran antes de que la tecnología pueda prescindir del aporte humano. En ajedrez, esa etapa duró dos décadas. En la economía, advierte, podría ser mucho más breve.
La analista Annie Lowrey, de The Atlantic, sostiene que el problema no es si habrá destrucción de empleo —algo que ya se observa en sectores profesionales como derecho, finanzas o software— sino que los gobiernos carecen de herramientas para enfrentar un desempleo potencialmente permanente.
A diferencia de las recesiones tradicionales, donde las empresas vuelven a contratar cuando la economía se recupera, la automatización basada en IA podría eliminar categorías completas de trabajo. En ese escenario, los puestos no regresarían. El desempleo dejaría de ser cíclico para volverse estructural.
Algunos datos anticipan esa tendencia. En Estados Unidos, los graduados universitarios representan una proporción récord del desempleo. Empresas como la firma legal Baker McKenzie han recortado cientos de puestos citando eficiencias por IA. Y experimentos recientes mostraron que herramientas generativas permiten crear en minutos plataformas de software que antes requerían equipos completos.
Lowrey compara este posible impacto con la desindustrialización del Medio Oeste estadounidense desde los años 70, que dejó comunidades enteras con menos ingresos y peores indicadores de salud. La diferencia es que ahora el impacto alcanzaría a profesionales calificados, históricamente más protegidos de la automatización.
Frente a este escenario, algunos gobiernos empiezan a reaccionar. El Departamento de Trabajo de EE. UU. lanzó en febrero un marco nacional de alfabetización en IA con competencias básicas para trabajadores y empresas. Sin embargo, la evidencia histórica muestra que los programas de reconversión laboral suelen tener resultados limitados, especialmente cuando el cambio tecnológico avanza más rápido que la política pública.
También se discute el ingreso básico universal, promovido por figuras tecnológicas como Sam Altman, de OpenAI. Lowrey advierte que, además de su alto costo fiscal, no resuelve el problema central: el trabajo no es solo ingreso, sino identidad, propósito y pertenencia social. El desempleo prolongado, señala, deteriora la salud y la estabilidad política.
En América Latina, el riesgo podría ser mayor. Organismos internacionales estiman que más de una cuarta parte de los empleos de la región está expuesta a la automatización, en economías con menor capacidad institucional y alta informalidad laboral. Aunque algunos países avanzan en estrategias de IA, los planes de reconversión masiva siguen siendo incipientes.
La colaboración humano-máquina que hoy define la economía digital puede ser solo una etapa de transición. Cuando esa ventana se cierre, concluye el análisis, el desafío ya no será tecnológico: será social y político.