El beneficio de revisar la historia - Por Sebastian Saharrea

¿Quién dijo que la historia es una foto indeleble por los siglos de los siglos? Pregúntenle al Cruce Sanmartiniano, que desde hace unos años ya no es lo que era.
viernes, 27 de enero de 2012 · 20:12

Por Sebastián Saharrea
ssharrea@tiempodesanjuan.com

Ahora resulta que el cuentito que aprendimos en la escuela viene a ser diferente. Que San Martín no cruzó los Andes por donde decían que cruzó, entre otras incorrecciones que el tiempo y la investigación se han encargado de aclarar. ¿Por qué, entonces, implica un pecado ofrecer otra visión del mismo hecho histórico?

El caso del Cruce es un pequeño laboratorio respecto de cómo funciona la transmisión histórica desde que un hecho ocurre hasta que llega a los libros de lectura de las escuelas. Porque cuando el General partió desde su campamento en El Plumerillo, Mendoza, no estaban la estación caminera de Jocolí ni la de San Carlos. Los límites interprovinciales llegaron bastante después, una vez que el país fue país y las provincias, provincias. Pero por algún misterio nunca revelado, quedó el cuentito redondo contando las vicisitudes del Libertador en la provincia vecina.

Mala suerte. El límite –posterior, ya se ha dicho- ha marcado una línea imaginaria que deja el escenario de una de las grandes epopeyas del humanidad –cruzar un ejército de 10.000 hombres por desfiladeros asombrosos cargados de ganado y fusiles para librar y ganar una batalla al día siguiente- del lado sanjuanino.

No es poca cosa este giro de la historia surgida de un trabajo de investigación emprendido por los historiadores Edgardo Mendoza y el mayor del Ejército Claudio Monachesi con métodos convencionales como cartografía y documentación histórica como otros que no estaban disponibles cuando se escribió la historia: tecnología satelital para establecer los recorridos. Más allá del poroto anotado en el clásico regional, implica una fenomenal oportunidad de promoción que, habrá que esperar, las futuras generaciones mantengan.

El único modo en que fue posible una conclusión como ésta –que San Martín cruzó por San Juan y no por Mendoza, como se sostenía hasta el momento- fue por medio de la investigación y del espíritu dinámico que tienen los acontecimientos históricos. Por alguna razón, y sin que nadie se atreviera siquiera a desconfiar, la historia argentina encuadró al imponente desfiladero del Valle Hermoso en el Valle de los Patos Sur, en Mendoza. Pero afortunadamente, aún queda gente capaz de desconfiar.

Lo mismo que ocurre a nivel nacional con el nuevo instituto histórico que tanta polvareda ha levantado. Se trata del Dorrego, un organismo dispuesto para aportar una mirada histórica diferente sobre los hechos que conforman la identidad y el pasado argentinos. Comandado por Pacho O´Donnell, desde allí se proponen revisar la historia para permitir nuevas miradas.

No es ninguna novedad que los hechos históricos suelen ser acuñados por mecanismos polémicos. También, que suelen generar interpretaciones erróneas de la actualidad, si es cierto eso de que el presente es un espejo del pasado. En ese plano, lo que propone mayoritariamente la historia argentina es una visión más ajustada que la de quienes tuvieron el oportunismo de agarrar el lápiz (Mitre).

Justamente se le aplica al nuevo organismo el apellido de uno de los principales perjudicados por la visión unidireccional de la historia, Manuel Dorrego, un caso de museo: federal en Buenos Aires. Y víctima del primer golpe de Estado en la Argentina, a manos de Juan Lavalle, quien además lo asesinó y ganó mérito para poner nombre a una calle importante.

Todos esos nombres, como los de Lavalle o Rivadavia, que forman parte de la vida cotidiana de los argentinos sin haber escuchado suficientemente de su vida más que lo que entrega el manual de Kapelusz. Entonces, ¿por qué no entregar una versión más acorde a los hechos históricos sobre estos personajes que forman el ADN nacional?, ¿por qué no reivindicar –si correspondiera- a personajes dejados de lado por los escritores del testimonio histórico, por razones de oportunismo político? Que los hay, y muchos.

El riesgo que se corre es que la misma visión parcial que se empleó para escribir los textos vigentes sea empleada –en el sentido contrario- para reescribirlo. Será esa una tentación que habrá que resistir para no invalidar un proceso nacido desde el interés nacional de conocer con precisión quiénes fueron nuestros próceres y cómo fue nuestra historia. Pero que no deberá impedir que el trabajo se concrete y se extienda de manera permanente.

El revisionismo local del Cruce de los Andes no tiene un sentido tan ambicioso como los del instituto Dorrego, pero parte de la misma lógica. Para los sanjuaninos, no es lo mismo que el prócer haya liderado su quijotada en territorio provincial a que lo haya hecho en Mendoza, como para el Estado de Arizona no es lo mismo que el Gran Cañón del Colorado esté en su territorio y no en Nevada.

Hay razones turísticas de peso en la reivindicación sanjuanina de esa parte del Cruce, si es que alguna vez esas impactantes praderas naturales de un valle iluminado por Dios consiguen obtener alguna mínima conexión con el resto del planeta: parece mentira que un sitio de tanta belleza natural resulte conocido para un puñado de personas que no exceden los 1.000 por año a todo vapor.

Pero la razón más pesada es sentirse más cerca, no sólo geográficamente, de este paso crucial para el proceso independentista del continente.  Es asombroso lo cerca que está el nudo urbano sanjuanino de la estación Manantiales, allí donde San Martín señala el camino a su Ejército desde la imagen que se hizo billete.

Es increíble el vértigo del imponente Espinacito, el pico más alto que debieron sortear los hombres de San Martín en su trayecto y que llaman a la incredulidad: por allí no pudieron haber pasado tantos hombres con sus pesos a cuestas y sus padecimientos de seres humanos sometidos a una exigencia extrema. Pero así fue.

Por eso, todos los años parte un contingente desde San Juan hasta el paso para recorrer el mismo camino y someterse a algunas rigurosidades aproximadas. Nada que ver con el sacrificio de aquellos hombres, pero sí un intento en menor escala como para tener una idea de lo que significó aquello.

Y de a poco, ir concretando la noción de que en esta provincia se consumó el cruce. Para eso, hace falta no pegar el faltazo nunca, obligar a los que lleguen a la administración pública a que no lo discontinúen, aunque no haga falta que vaya siempre el gobernador. Convocar a los medios nacionales y mundiales a que lo cuenten. Y largarse a lomo de mula a la aventura de hace dos siglos.

Sin contar con la peor parte. Porque nadie pide que después del agotamiento extremo haya ganas como para descolgarse de un cerro y enfrentar a un ejército de más gente y mayor armamento como fueron los realistas en Chacabuco. Encima, derrotarlos.
El camino está por empezar, como todos los febreros desde hace 8 años. Los pasajeros son los que sueñan con una oportunidad agarrados de la historia. Aunque haya que cambiarla.

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