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domingo 22 de marzo de 2026

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El cliente caliente

Quéjese, quéjese, quéjese, le garantizo que la acción repetitiva, sistemática, hecha costumbre, le garantizará que sus hijos no quieran salir con usted, y que su esposa se cambie de mesa ni bien usted empiece a hacer valer sus derechos, ahí nomás ya se ahorró una buena plata. Por Daniel Soler.
Por Redacción Tiempo de San Juan


Quéjese, quéjese, quéjese, le garantizo que la acción repetitiva, sistemática, hecha costumbre, le garantizará que sus hijos no quieran salir con usted, y que su esposa se cambie de mesa ni bien usted empiece a  hacer valer sus derechos, ahí nomás ya se ahorró una buena plata.
Pero más allá de esos detalles, que son menores, la enorme satisfacción de convertirse en un verdadero cabrón justiciero, lo deja tranquilo a uno después de tener 287 pulsaciones. EL trastornado que lo haga rabiar aprenderá, modificará conductas.
Es una práctica habitual en mí, justo antes de ponerme verde o rojo de bronca, o por que justamente atravieso esos colores levantando pulsaciones y decibeles por igual, descubro que empiezan a aparecer las repuestas publicitadas, prometidas, las sensatas y lógicas incluso las ideales oportunas e imprescindibles, para garantizarnos una buena experiencia como cliente.
Pero también tengo en claro, que en este sistema de consumo, en algún momento somos parte del círculo de otorgar satisfacción a clientes intensos o externos, como jefe, empleado, y ahí con el poder de satisfacer en la mano, somos sanjuaninos y tiranos casi todos.
¿Ah no? ¿Usted nada que ver? Bueno déjeme que empiece a describirlos.
Arranquemos por el... este... puede ser, el gomero tirano. Si esta mañana mi mujer pincho una rueda y no tiene gato en el auto y mi gato no le sirve (esta oración se me complicó), usted sabe de que hablo. Por suerte la gomería con gomeros es a 2 cuadras. Cara de mal humor del gomero, muy mal humor,  cuando le dijimos que tendría que venir, cuando lo fui a buscar, cuando lo volví a llevar y cuando volvió hasta mi casa. Me detalló todas las imposibilidades que permitían esa cara de muy mal humor, a saber: que estaba solo, que gana poco, que si él venía  nadie quedaría en la gomería, si le robaban, él pagaría lo robado, y que el jefe explotador se lo descontaría, que no tiene sentido hacer auxilios por que la única diferencia económica es para el jefe, y me dio un consejo: cómprele un gato a su mujer o tírese usted al piso, se va a ahorrar mucho dinero. ‘Las mujeres viven pinchando’, me dice en un desubicado doble sentido.
Un detalle me olvidé contar, justo a la entrada de la gomería, sobre la margen derecha, había un cartel, que claro, ya no está más... lo desarmé a patadas. El cartel decía en letras rojas, ¡Hacemos auxilios!,  y un teléfono celular, justo el celular que sonó en la cintura del hombre cuando hice la prueba al dejarlo. ‘Después el loco soy yo’, le dije a mi mujer, mientras me sobaba el pie!!!
Ahí nomás, llegué a las maravillosas oficinas del Centro Cívico nuevo con  algunos espíritus de empleados viejos. Justo a mí, me atendió la caricatura de Gasalla con mas pintura quizás, y de entrada me dijo: ‘¿si padre? ¿qué necesita?’.
Le relaté mi necesidad de alcanzar una certificación elemental y rutinaria para un trámite. Digo, elemental y rutinaria por que toooooodos me dijeron que era elemental y rutinaria, incluida la empleada que ni se inmutó y me dijo que era elemental y rutinaria,  la misma que a los 5 minutos me dijo ‘vuelva en 30 o 40 días’. Le insisto, que lo mío era una urgencia pues al departamento yo ya lo había vendido, que incluso lo cancelé para acelerar  la maniobra como me dijeron en esa oficina antes, y ella me dijo: ‘bueno, pero yo no puedo acelerar el trámite’, y detalló no menos de 12 lugares dónde debía pasar el expediente. Pero me dio una despedida relajante: ‘no se preocupe, llámeme en 20 días, confíe en mí, yo le voy acelerar todo, es un trámite normal, es de rutina’, me dijo.
Me fui al bar, el mozo casi ni me miró, pero tomó y trajo el pedido. El "cortado liviano chico" no sé en qué momento se hizo un "café amargo y doble", pero el mozo insistió que fue eso exactamente lo que le pedí y que si le podía pagar por que ya cerraba su turno y debía rendir.
Sin contar los Mozos de "Palito" ¿cuántos mozos conoce usted que atiendan bien y que lo hagan sentir a uno como en casa?
Basta. ¡¡¡Quéjese!!!
Su queja hace visible el error, muchas empresas no piensan en los clientes, se organizan de acuerdo a su propia conveniencia, a su directorio o a los entes de control.
Somos muchos los clientes ignorados cuando las empresas no poseen una mirada, estratégica o departamento específico para coordinar actitudes de servicio. O cuando los que tienen el poder de tomar decisiones están muy lejos en la pirámide de los clientes que son la verdad. Algunos  se proponen sólo bajar los costos sin estudiar consecuencias, con personal indiferente, sin motivación ni autoridad, especialmente la gente que está en la línea de fuego que no está capacitada elementalmente para solucionar problemas.
Las empresas que ganan plata son las que tienen clientes, los clientes son los que traen el dinero, traen más los que vuelven, vuelven los que se sienten satisfechos, se sienten satisfechos los que experimentaron una buena experiencia, la experiencia involucra, que ya sea por producto, servicio, promoción, atención, hayamos superado las expectativas del cliente. Si la experiencia se repite un mínimo de tres veces, despertaremos lealtad y volverán siempre después, fidelizados.
La Estrella de los Andes, la tierra del sol y del buen vino, San Juan,  como la marca que quiera, debemos mejorarla. Cada trabajo y su misión existen porque alguien lo necesita, lo hagamos cada vez mejor así el círculo de servicios se agranda, mejora el conjunto, la rueda avanza, las marcas fidelizan y todos vuelven.
Más compromiso, más defensa al consumidor, más organismo de control, más Tribunal de Cuentas, menos crítica anónima. Desde el papel en el piso, peor producto y mal servicio, a la música fuerte de fin de semana, hay que cambiar el destrato. ¡Tenemos que cambiar! ¡Quéjese!

 

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