Un trabajo humilde y a puro pulmón. Gustavo es el pulpo de Centenario Olímpico y uno los que trabaja en silencio para que al club de sus amores le vaya bien. No le importa ganar. Lo único que tiene muy claro es que siempre debe estar presente para la institución. "Es como un pacto, siempre tengo que estar acá", le contó a Tiempo de San Juan sentado en una de las plateas del estadio que está situado en Chimbas, al costado de la Ruta 40. Es multifunción: utilero, masajista, aguatero, técnico, y hasta su casa pasa a ser un lavadero cuando ofrece llevarse las camisetas para después traerlas limpias. Es un todo. Un pilar y uno de los pocos hombres que cuando la cancha está vacía y en silencio al fin de la actividad, él se queda a cerrar la puerta.
Conoció a Centenario cuando era un niño y ahora es un amor inseparable: Gustavo, el pulmón que hace funcionar al club
Gustavo Murúa tiene 43 años. Nació y pasó sus primeros años en Buenos Aires, hasta que sus papás se separaron. Luego de eso y con 11 años, él y su mamá se radicaron en San Juan, en la casa de su abuela. La casita quedaba muy cerquita al lugar donde ese pequeño a tan corta edad iba a encontrar su "otra casa". Al que con el paso del tiempo le iba a dedicar sus días y su vida. Es su parte, su complemento. "Yo no le puedo fallar a Centenario".
Su pasión por la institución de Chimbas nació sin querer: "Cuando llegué a San Juan (a los 11 años) yo solo conocía las canchas chicas, como las de futsal. Y cuando me hice un grupo de amiguitos de la calle Centenario, una tarde me preguntaron si me quería ir a probar y como quedaba de paso, fui. A partir de ese momento no me separé más. Nunca dejé de ir al club".
Su vínculo con la institución Fortinera inició así. Inocente y probando suerte como hacen todos los pibes en los clubes. Pero lo loco pasó después. Gustavo se formó como futbolista y dijo haber sido un buen marcador de punta que jugaba a pierna cambiada, pero que a los 21 años se dio cuenta que el fútbol no era lo suyo, o al menos dentro de una cancha: "Era muy joven. No lo disfrutaba. Me ponía muy nervioso siempre que me tocaba jugar. Me daban muchos nervios que me dieran la pelota. No sabía que hacer. Hasta que un día dije 'no, esto es una tortura para mí, el estar adentro, pero es una pasión y tengo que buscar la forma de estar ligado para seguir yendo a la cancha'"
Después de ese clic, Gustavo empezó a incursionar de otra manera en Centenario Olímpico. Ya no era solo el pibe que iba todos los días a entrenar, si no que se preocupaba por hacerle bien al club pero desde un lado externo a la cancha: "No puedo definir mi función en una sola palabra. Soy técnico, ayudante de campo, utilero, aguatero, masajista, lavo la ropa de los chicos de la 4ta categoría que dirijo. Siempre estoy ahí".