La historia de Julián Miranda roza la ficción, pero es pura realidad. El futbolista santafecino, que acaba de firmar su primer contrato profesional en Concepción, parece haber vivido muchas vidas en sus 23 años. A los 16 quedó huérfano –perdió a su mamá y a su papá a causa de graves enfermedades – y trabajó de delivery, de albañil y de verdulero para poder comer. Pensó en colgar los botines, pero era justamente la pelota esa válvula de escape que le permitía huir de la dirección incorrecta. Pasó por las inferiores de San Lorenzo, por Unión de Sunchales y la Primera de Gimnasia de Mendoza hasta que llegó a San Martín de San Juan, el club que cambió su vida.
El primer contrato de Julián, el pibe albañil al que San Martín le cambió la vida
Julián nació en Colonia Aldao, un pueblo pequeño de la provincia de Santa Fe que no supera los 2 mil habitantes. Allí tuvo una infancia linda y, sobre todo, sana. El fútbol apareció en su vida cuando apenas tenía 3 años y se sumó a la escuelita del Centro Cultural Deportivo y Biblioteca Aldao. A esa edad también se entretenía con una pelota en el campito de su barrio.
A los 10 años se fue a probar suerte a Unión de Sunchales, club en el que tuvo dos etapas. Después pasó dos años en las inferiores de San Lorenzo y un par de meses en Atlético Rafaela, donde jugó los Torneos Inferiores de AFA. En ese transcurso, extradeportivamente, vivió de todo: a los 14 años su mamá Adriana falleció de un tumor en la cabeza y dos años más tarde perdió a su papá Fabio como consecuencia de un cáncer. Un mazazo siendo apenas un pibe, con una hermana mayor y un montón de sueños por delante.
“Fue muy duro. Me quedé prácticamente solo. Cuando perdí a mi viejo dejé de jugar al fútbol, sentía que no tenía a nadie que me vaya a ver. Él y mi mamá me seguían a todos lados. Torneo que había, torneo en el que estaban. Eran esos padres que siempre estaban y aportaban para el grupo. Fue feo porque además tenía 16 años y no sabía qué hacer con mi vida”, confiesa al volante.
“Pudimos salir adelante”, agrega Miranda. Mientras recobró sus ilusiones en una cancha, fuera de ella el pibe seguía sorteando obstáculos. Trabajó como delivery y alguna vez también atendió una carnicería y una verdulería para poder sobrevivir. “Pasé muchos momentos malos. No tenía apoyo económico y se me complicaba mucho. Pasé hambre, aunque a la gente no le tiene que importar. Pero son cosas que me ayudaron a ser fuerte y a valorar lo que uno consigue”, dice.
En 2019 llegó a San Martín de San Juan, por insistencia de él. Solito consiguió el número del coordinador de inferiores, Hugo Garelli, y le manifestó: “Quiero jugar en San Martín”. Estaba en Gimnasia de Mendoza, pero sin lugar en el equipo, tomó un colectivo y llegó a Concepción para hacer una prueba. De inmediato llamó la atención su juego, su movimiento y técnica. No lo dudaron y lo sumaron al club.
En San Juan, una provincia a la que ya adoptó y en la que se siente cómodo, estaba bien. Era titular indiscutible del equipo del fútbol doméstico y tenía muchas expectativas. De repente se desató la pandemia y su vida otra vez se volvió a paralizar. Tuvo que regresar a su provincia y a las changas para poder sobrepasar la situación. Hasta octubre, cuando volvió y se sumó al equipo, trabajó de albañil con sus tíos Silvio y Gregorio y hasta de delivery con una bicicleta. Cuenta que vivía en la casa de un familiar y los 500 pesos que ganaba al día los usaba para ayudar con los gastos de la casa.
“El invierno fue muy feo, en la mañana mojaba los ladrillos con el agua congelada. Tenía las manos casi quemadas, con ampollas. Con el tiempo me acostumbré. Hice de todo, sumé mucha experiencia. En ese sentido no tengo drama, el trabajo dignifica y sé cómo ganarme las cosas. Uno no sabe qué puede pasar el día de mañana, hay que estar preparado para lo que sea”, dice Julián.
Este parate otra vez puso en duda su continuidad en el fútbol. Pensó otra vez en abandonar, pero la llamada de la dirigencia de San Martín lo cambió todo. “Firmé mi primer contrato profesional. El viernes me presenté para la foto. Estoy muy contento, más porque se dio en una época muy difícil. Tengo un año más de trabajo y lo voy a dar todo. Estoy mentalizado en poder jugar”.
Ahora sueña con un lugarcito en el equipo de la Primera Nacional, como los otros juveniles que atraviesan su primera pretemporada con el plantel mayor. También está latente la ilusión de alguna vez vestir la camiseta de la selección. “Yo siempre digo que hay que intentarlo hasta último momento. Aunque todo esté por derrumbarse siempre vienen cosas buenas”, cierra.
“Es un volante mixto, con buen manejo de pelota y llegada al arco. Es un jugador profesional, aplicado, que entiende el juego bien dinámico y además es muy técnico”, Hugo Garelli, coordinador de inferiores de San Martín.