El 17 de agosto de 2005, Lionel Messi debutaba con la camiseta celeste y blanca durante un partido amistoso contra la selección de Hungría: la Pulga ingresó a los 18 minutos del segundo tiempo y fue injustamente expulsado pocos minutos después. Pero desde aquel debut gris, la imagen de Lio anotando goles o siendo la cara visible de numerosas firmas internacionales está en cualquier confín del planeta Tierra: algo tremendamente natural por su condición de futbolista extraordinario, que ganó ganado de manera consecutiva cuatro Balones de Oro por ser elegido el mejor jugador del mundo. Aunque el hombre de los 337 goles en el club Barcelona –cifra récord para un club español– no busca las cámaras. Tampoco, encontrarse en las pantallas gigantes de los estadios brasileños, lejos de lo que demuestran otras estrellas mundiales. Hijo de un país acostumbrado a ídolos más populares, controversiales, mediáticos o extrovertidos, ¿Lionel Messi es un ídolo raro?
Hoy, mientras se juega la Copa del Mundo Brasil 2014 y lleva anotados cuatro goles en tres partidos con la 10 de la selección nacional en la espalda, las loas de admiración y su creciente idolatría parecerían obvias.
Messi: El héroe silencioso
Pero en los cimientos del nuevo ídolo argentino hay una personalidad que rompe los moldes. Que derriba imposturas y cierne –sobre ese personaje que creemos ver– una manera de ser y de comportarse dentro y fuera de las canchas que lo aleja de cualquier traspié que mancille su condición de ícono futbolero.
Messi ha crecido a fuerza de inyecciones, goles, partidos y finales. A golpes de exilios e inabordables sentimientos de añoranza. Al ritmo de los flashes y las cámaras de TV que engrandecen la meticulosidad de su genio llevando el balón. Las mismas que lo retrataron vomitando durante un partido y que según el ambiente analítico futbolero, se debe a los nervios aunque ni médicos ni estudios clínicos precisos lo hayan podido determinar. Sin embargo se insiste en su estrés, en la bestia de carga que supone llevar la expectativa futbolera de todos los argentinos sobre sus pies. Antes del partido con Nigeria, su abuelo, Antonio Cuccitini, consideró que “tiene que levantar un poco el espíritu”. Todo esto sin que él jamás haya demostrado mucha preocupación.
Sin embargo, Lio sabe expresarse. No esconde su cara de fastidio si lo sacan antes ni su desánimo ante la escasez del juego colectivo, aun en plena semifinal de la Champions League. No se quejó cuando, ya siendo reconocido por el mundo como un crack, en Argentina se le discutía su capacidad –a esta altura nadie se anima a eso–.
Alguien –Hernán Casciari– lo denominó como el “hombre perro” por su enfermedad por la pelota, por la forma en la que mira a ese objeto (ver recuadro). Por su presunto desinterés en todo salvo por agarrarla y llevarla pegada al pie hasta la red. Un texto hermoso que estas frases no reflejan.
Pero el tipo suele andar callado. No tiene de novia a una supermodelo sino a su amiga desde que tenía seis años. El rosarino formado en La Masía de Cataluña sólo habla de fútbol. Y allí va. De frase en frase siempre cortas y al pie y sin excusas que darles a los programas de chimentos. Hasta hace muy poco, no se le había escuchado una posición política: recientemente apareció en un video con las Abuelas de Plaza de Mayo y en una entrevista para la revista La Garganta Poderosa posando con una remera con el nombre de Mariano Ferreyra –el joven militante del Partido Obrero asesinado por un patota sindical– y contando la emoción que le genera ver las banderas del Che Guevara en los estadios. No por esto le dejan de inventar polémicas mediáticas de las que nunca participa.
Pero Messi veranea en su Rosario natal. No en Montecarlo sino en su casa de Arroyo Seco. Y esa es quizás una piedra angular para comprenderlo. “Tenemos que separar las cosas –avisa el músico Ariel Prat–. Están los ídolos mediáticos y los ídolos naturales. A mí me interesa más, en el fútbol, el jugador que me sorprende en la cancha antes que por una declaración. Uno escucha hablar de jugadores del pueblo pero mucha gente, si ve al jugador del pueblo por la casa, llama a la policía. No me interesa sumarme a ese coro. Messi en la cancha entrega todo y es un tipo que representa mucho al jugador argentino: no quiere salir, quiere estar jugando todo el tiempo, tener la pelota en los pies, y no se esconde. Se puede esconder para decir algo, pero la pelota la quiere siempre y eso es lo que me importa y me embruja de él. Tiene una rapidez que no tiene para expresarse, pero lo que importa es cuando está en una cancha. Y creo que nos da muchísimas más alegrías que otros”, explica Prat. “Messi me parece uno de esos solitarios que pintaba Edward Hopper. Es un tenista genial en medio de un equipo de fútbol”, agrega el escritor Fabián Casas.
Sobre su introvertida personalidad, el ex futbolista Damián Manusovich, que cubre el Mundial como periodista para Fox Sports, opina: “Para nosotros, latinos, es un ídolo extraño porque más allá de lo brillante que es como jugador, no tiene estas notas altisonantes a la que nos tienen acostumbrados otros ídolos. Me llama la atención su enorme humildad. Creo que muchas veces, por las declaraciones o actitudes que dan cuenta de su personalidad, ni siquiera se da cuenta de lo enorme que es. Podría tener actitudes mucho más miserables como otros grandes número uno, egocéntricas y personalistas. Pero siempre se lo ve relajado e interesado por el otro. No tiene vedetismos”, argumenta el ex jugador de San Lorenzo.
Si de comparaciones se trata, Diego Maradona y Lionel Messi son polos opuestos: “Me parece que Messi está muy lejos de ser Maradona”, argumenta la periodista de ESPN María Martínez Gálvez. “En cuanto a personalidad y juego, al margen de que es un genio y de los goles que hizo en el Mundial, Messi es un jugador que necesita de un orden táctico para funcionar. No te va a cambiar todo un partido, de llevar para adelante, meter y hacer jugadas geniales todo el tiempo. Por eso no lo puede tener a Carlos Tevez en el equipo: se desordena porque necesita que todo esté en su lugar. Parece decirnos ‘Yo me muevo en este lugar y tengo ciertos parámetros’. En un sistema ordenado como el Barcelona se potencia. En cambio, Diego podía jugar en el Napoli con diez burros aún desordenados, que igual iba a jugar excelente. No creo que Messi tenga la capacidad de jugar solo y con un esquema desordenado. Es un chico que necesitó demasiado del Primer Mundo en el buen sentido. Messi se crió ahí, donde eso funciona”. Para la periodista, “su carácter demuestra que es un chico que se fastidia demasiado rápido: me hace acordar a Gabriela Sabatini”.
En cambio, Manusovich resalta la personalidad de “La Pulga”: “Para nosotros, como argentinos, la comparación con Diego va a estar siempre. Si bien tienen personalidades diferentes, los une esta cosa –siempre desde lugares disímiles– de poder seguir vinculados con sus contextos. Diego, desde una forma mucho más estridente, y Messi, desde una actitud mucho más tranquila”.
Las necesidades futboleras pueden empatar a estos dos futbolistas argentinos. “Mi hija, que nació en España, ve la camiseta de la selección y dice Messi”, cuenta Prat. “Con el tiempo pasará lo que pasó con el Diego, que decías Argentina y decían Maradona. Hoy Messi es una marca argentina”.
Para el antropólogo del Conicet José Garriga, autor del libro Haciendo amigos a las piñas, la figura de Messi ha ido creciendo. “En los últimos años construyó lentamente su idolatría: en el Mundial anterior era bastante resistido. Y cada vez es más aceptado e idolatrado. Eso no tiene que ver solamente con que juega bien en Barcelona sino con que su figura fue aceptada en suelo argentino. Tal vez no tiene el carisma de otros futbolistas: Maradona tenía la capacidad para transmitir la pasión por la camiseta de la selección. Messi no, pero los dos tienen una cosa en las patas increíbles. Además, cuando Maradona gana el Mundial en el ’86, era un tipo relativamente callado y humilde, muy parecido al Messi de ahora”.
Opinión
El argentino que deberíamos ser
Por Gastón Recondo
Me parece que Messi es el ídolo, sobre todo, de los chicos. La inocencia y que no estén contaminados de todo lo que somos los argentinos lo tienen a él como ídolo absoluto, no lo cuestionan y lo quieren tal cual es. Es el argentino que deberíamos ser. Si vos preguntás cuál es el típico argentino, Messi no lo es. Pero es el que deberíamos ser: es un tipo humilde, que no se jacta de sus habilidades: si le hacen infracción intenta no caerse para seguir con la pelota, nunca le vas a encontrar una declaración en la que no mida las consecuencias que puede tener. Es un tipo que no va a querer agitar las aguas y si lo están, lo más probable es que se concentre en lo que debería hacer.
Convive generacionalmente con Francisco, Juan Carr y con Ginóbili, que van por el mismo lado. Hasta sumaría a Bielsa. Tenemos una coincidencia entre varios palos que nos podría ayudar a cambiar el norte a los argentinos y ojalá sirva, pero no sé qué chances hay de que la aprovechemos. Es una oportunidad histórica de cambiar nuestra idiosincrasia. Para cambiar el norte, hay que modificar el foro, y acá hay un grupo que no tiene nada que ver entre sí pero con estilos muy parecidos. Si les prestamos la atención debida, nos pueden ayudar a modificar ese faro.
Messi es un perro
(Fragmento de un texto de Hernán Casciari para Orsai)
Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles de Messi en YouTube (…) De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que es un video más de miles, pero enseguida veo que no. Es un compilado extraño: el video muestra cientos de imágenes –de dos a tres segundos cada una– en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae (…) En cada fotograma, él sigue con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario.
Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi están siempre concentrados en la pelota, pero no en el fútbol ni en el contexto. (…) ¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín cuando perdía la razón por la esponja.
Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro inteligente. (…) Sin embargo, cuando alguien agarraba una esponja –una determinada esponja amarilla de lavar los platos– Totín enloquecía. Quería esa esponja más que nada en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha.
Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Messi es el primer perro que juega al fútbol. (…) En los inicios del fútbol los humanos también eran así. Iban detrás de la pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada, ni la suspensión después de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Antes se jugaba como juegan Messi y Totín. Después el fútbol se volvió muy raro. (…) Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo erguido y empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades diferentes. Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo lo relacionado con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde. (…) Lionel Messi es un enfermo. Es una enfermedad rara que me emociona, porque yo amaba a Totín y ahora él es el último hombre perro. (…) en el Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un corro para hablar de fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São Paulo en el 62, y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50.
Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por hablar, me pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Barcelona en los tiempos del hombre perro. Y no volará una mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido de Juicio Final, y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.