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sábado 18 de abril de 2026

Caucete

Los inundados rezagados que viven en una sede del PJ

Son 30 personas que se quedaron sin nada con el temporal. Conviven desde hace dos meses bajo un mismo techo, todos con un sueño en común: una vivienda propia. Por Natalia Caballero.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Natalia Caballero

Una antigua estación de servicio, hoy sede del Partido Justicialista en Caucete, es el nuevo hogar de los últimos inundados evacuados que quedan en la Provincia. Son 30 personas que comparten techo desde que el temporal de lluvias los dejó sin nada. Sus ranchos colapsaron y no tienen donde quedarse hasta que les llegue algún tipo de ayuda. Durante estos dos meses de convivencia su vida cambió rotundamente: los niños hacen los deberes juntos, se turnan para bañarse, duermen en el piso y hasta las peleas con los maridos son distintas porque ahora son en voz baja.

Cuando las lluvias les destruyeron las casas a los evacuados, que en su gran mayoría vivían en ranchos instalados en terrenos prestados, fueron trasladados a una unión vecinal en villa Las Rosas, luego el municipio decidió que se mudaran al predio de la ex bodega El Parque, pero nuevamente los cambiaron de “casa” por la Cabalgata de la Fe y fue así como llegaron a la sede del PJ que años atrás supo ser una estación de servicio.

Consultado sobre el tema, el intendente Juan Elizondo dijo que están esperando que respondan una oferta económica realizada por unos terrenos en donde se construirán las nuevas casas para los inundados rezagados.

Donde se cargaba nafta es ahora el patio de juegos de los niños y también sirve para secar la ropa en unas sogas improvisadas. El salón en donde duermen las familias es grande, pero no lo suficiente como para instalar camas, por eso descansan en colchones. Para tener un poco más de intimidad, algunas familias dividieron el espacio con sábanas y hasta con tabiques de madera terciada. Como los baños no estaban adaptados para tanta gente, los inundados compraron un calefón eléctrico que les sirve para calentar el agua.

Mientras esperan con ansiedad una solución habitacional, los 30 evacuados rezagados continúan con sus vidas como pueden, amparados en la esperanza de que podrán cumplir con el sueño de casa propia.

Las historias

Sixta Peralta: “Se me hace muy difícil vivir así”
Vivía en un ranchito prestado junto a sus dos hijas y sus siete nietos. El temporal de lluvias la dejó sin nada, sólo pudo rescatar algunas cosas que tiene amontonadas en la vivienda precaria que era su hogar. “Sueño con una casa, un módulo habitacional, lo que sea. Se me hace muy difícil vivir así, todos amontonados y con colchones en el piso”, cuenta lagrimeando la abuela mientras sostiene a su pequeña nieta.
Sixta vivió durante años en un humilde rancho en calle Bustos, nunca pudo acceder a una mejor vivienda pero siempre trabajó y mantuvo a su familia como pudo. Desde hace dos meses comparte su vida con decenas de personas que se encuentran en su misma situación.
Ollas populares, llantos compartidos y también risas son algunas de las experiencias que le deja el día a día de convivencia con otros inundados. Si bien no reniega de sus compañeros, afirma que no es nada fácil vivir bajo el mismo techo con personas que tienen costumbres muy diferentes a las suyas.
Aunque nunca hubo una pelea violenta, sí ha habido a lo largo de estos meses discusiones entre madres por peleas de sus hijos y algunos desacuerdos. “Cada familia es un mundo ¿vio?, por eso queremos tener un lugarcito para vivir”, añadió Sixta.
Con las esperanzas puestas en recibir algún tipo de ayuda que le permita salir a flote de esta situación extrema, la abuela dice que todos los días sueña con una nueva oportunidad de vida.
 
-Norma Pelaitay: “Nadie recibe una familia numerosa”
Sienta a sus hijos en la mesa para que realicen los deberes. Es una tarea complicada porque hay ruidos en el salón y muchas distracciones, pero lo mismo logra su cometido y una sonrisa se dibuja en su rostro instantáneamente. Esa es la tarea que todos los días tiene Norma Pelaitay. La mujer vive junto a su marido y sus seis hijos en la sede del PJ desde que su rancho colapsó. Allí tiene las pocas cosas que le quedaron y que logró adquirir gracias al sacrificio de años de trabajo como empleada doméstica, labor que aún conserva.
“No tenemos dónde ir, si bien tenemos parientes nadie recibe a una familia numerosa”, dijo Norma. Aunque es muy difícil la convivencia, trata de que la familia continúe con la rutina. Su marido trabaja mañana y tarde como obrero de la construcción, ella medio día como empleada, y sus hijos van a la escuela. Cocina en un anafe que le prestaron y se turna para usar la mesa que hay en el salón para poder comer todos juntos.
“Yo ya no aguanto, es muy difícil la convivencia, no porque sean malos quienes viven aquí sino porque todos tenemos una forma distinta de vivir. Ni pelear con el marido podemos”, agregó. Al mismo tiempo, aseguró que puede pagar $1.300 por una casa y que sabe que hay algunas disponibles en el barrio Conjunto IV.
“Sueño con que se termine todo y poder dejarle algo a mis hijos. Todo lo que adquirimos con mucho trabajo se lo llevó la lluvia, ahora quiero darle un techo seguro a mis niños”, concluyó Norma.

-Silvia Echenique: “Se me cayó la casa, perdí todo”
Tiene tres hijos pequeños, dos de ellos discapacitados. “Se me cayó la casa, perdí absolutamente todo. Es empezar de cero”, relató con la mirada triste Silvia Echenique, la protagonista de esta historia. Ella mantiene a sus pequeños y los cría sola, sin la ayuda del padre. Desde el 14 de febrero está evacuada con sus hijos, sin lugar donde ir, esperando una solución para su familia que está pronta a llegar según le dijo el intendente.
“Es muy complicada la convivencia, imagínese hay peleas entre algunas madres por los chicos, pero los chicos son chicos y se arreglan y los padres terminan peleados. Además atrás de donde estamos viviendo ahora hay una calle peligrosa, no podemos dejar a los niños salir pero tampoco tenerlos encerrados”, contó Silvia.
Al principio cuando los evacuaron vivían en una unión vecinal. Allí compartían ollas populares y la angustia de haber perdido todo. Los que consiguieron alojamiento en la casa de un pariente o tenían dinero para alquilar una vivienda se fueron y así terminaron quedando los 30 que son actualmente.
“Es como un terremoto que se llevó todo, ahora viene la reconstrucción”, dijo esperanzada Silvia, quien espera estrenar casa este año. “No soy pretensiosa, sólo quiero un techo para que mis hijos puedan crecer mejor”, finalizó la joven madre.

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