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Un sismo lo dejó atrapado bajo tierra y vivió para contarlo: la insólita historia de un minero sanjuanino

Valentín Bustos trabajaba en las minas de Marayes cuando un derrumbe lo dejó a él y a 11 compañeros atrapados bajo 1000 metros de profundidad.
domingo, 24 de enero de 2021 · 17:06

Corría el año 1958 en San Juan y Valentín Bustos era un joven de 18 años que iniciaba su carrera como aprendiz de minero en un campamento de Marayes, en Caucete. En aquel entonces Marayes era un pueblo muy activo que tenían como principal actividad la explotación de oro y cinc, lo que hacía del trabajo minero uno de los rubros más solicitados para quienes buscaban generar dinero. 
En ese momento este hombre que hoy tiene 83 años había conseguido suplantar a un chileno que se había ido de vacaciones de la mina de unos hermanos de apellido Suerio. "Yo en si no sabía nada de minas, pero como les hacía falta gente entre a suplantar a ese hombre y después me quedé", cuenta Bustos recordando sus comienzos. 

Bustos trabajaba de 10 de la noche hasta 6 de la mañana por 15 días corridos y luego descansaba en la casa de sus familiares en 25 de Mayo. Todo parecía normal sin presentar mayores alteraciones de los riesgos propios que tenía un minero en ese entonces, pero en el noveno día de trabajo, sucedió algo inesperado que cambió su vida para siempre. "Estábamos como de costumbre trabajando en una veta hasta que un sismo provocó un derrumbe y nos quedamos atrapados en total oscuridad 1000 metros bajo tierra con 11 compañeros más", recordó el minero con la voz temblorosa.  Y agregó que "fueron 15 días donde estuvimos atrapados porque  no teníamos los medios que se tienen hoy para sacar a alguien en esas emergencias. Contábamos con el agua que llevábamos en nuestras caramañolas y los primeros cuatro días no tuvimos más que eso".

La desesperación de a poco les fue quitando las esperanzas y el paso del tiempo parecía una eternidad en aquellos momentos donde solo se podía ver al compañero que tenían alado con la luz de las lámparas de carburo que llevaban consigo. "Fue recién en el cuarto día que nos lograron mandar agua y volvimos a creer que nos podían sacar. Después me enteré que los dueños de la mina se tomaron el buque, como quien dice porque se asustaron o pensaron que le podíamos hacer un juicio si llegábamos a salir", afirmó. 

En ese entonces los minerales se extraían de una manera mucho más compleja y artesanal, si se quiere, que en la actualidad. "Eran tiempos de pico y pala, de un taladro y una mecha larga que usábamos para para comer el mineral y muchas veces nos metíamos en túneles buscando una veta. Y después atravesábamos con carros por rieles esos túneles, asique había veces que no sabías con precisión donde te encontrabas", recordó relatando parte de las dificultades que tenía ese ambiente de trabajo. Y agregó que "también te faltaba el aire y había mucha humedad, y cuando pasó el derrumbe intentamos salir y nos dimos cuenta que teníamos el cerro encima".

El destino dentro de la mina era de 1000 metros bajo tierra y el derrumbe se produjo en los primeros tramos, por lo cual el lugar que tenían para recorrer era extenso. "Siempre que entrábamos nos decían que estuvíeramos preparados porque nos podía llegar a pasar algo, pero uno nunca piensa que le va a suceder", recuerda Bustos sobre los intensos días que según él lo marcaron para siempre. 

Y cuando las esperanzas parecían estar marchitas y el tiempo estancado en ese túnel de total oscuridad, una luz que ingresó del otro lado del derrumbe volvió a darles la fe a ese grupo de mineros que tanto la necesitaba para volver a creer. Eran los compañeros de trabajo que protagonizaron el mismo rescate sacando piedra por piedra de manera manual y utilizando los pocos elementos que tenían. "Salimos de ahí y nos llevaron al hospital donde estuvimos 30 días más internados, en mi caso quedé con problemas en la garganta que no sabría decirle porque me afectó así, pero lo concreto es que no volví a hablar nunca más como antes. Después el tiempo pasó y eso me dio más ganas de vivir que nunca, salí y la vida ya no era la misma", finalizó Bustos mientras tocaba un poco de oro incrustado en una imagen de la Difunta Correa que ahora lleva a todas partes. 

Hoy en día Bustos es un jubilado que vive en 25 de Mayo junto a su esposa con la cual tuvo 11 hijos. Se dedica al baile y en la zona lo conocen como el "último bailarín", por tener más de 80 años y ser de las pocas personas, cuando no el único,  que acompaña a las señoras bailando alguna cueca o una chacarera en las fiestas que lo invitan.  

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