columna

Pensar con silencio digital es otro pensamiento

El coach Carlos Gil nos habla en su columna semanal de la posiblidad de apagar el ruido que llega a través de las pantallas y volver a ver el mundo.
lunes, 11 de marzo de 2019 · 10:17

 

A veces como consecuencia, obligados porque no llegan las redes o también  voluntariamente, podemos hacernos de una burbuja de tiempo o unos días de Silencio Digital y se puede entonces comprobar que el pensamiento que nos surge, unido a otros factores, es otro.

Sin darnos cuenta, puestos a pensar, estamos prontos a interrumpir una línea de pensamiento en cuanto suena el llamado de una comunicación desde alguna de las varias redes o líneas, ante una duda ni siquiera nos esforzarnos en recordar el nombre de una película, de un actor o una fecha de proyección. Los buscadores digitales nos salvan casi instantáneamente. Acudimos a ellos y hasta dejamos de sentir la satisfacción natural que se produce cuando, sin ayuda, recordamos algún buen momento o el impacto de un film, y que por ese impacto recuerdo.

No está mal tener a mano una colosal enciclopedia, ni es de por sí malo contar con una red de tantos millares de amigos conectados. Tampoco es negativo el recibir un llamado en un lugar insólito como cuando hacemos senderismo en una montaña o cuando se inició la llamada desde un lugar algo insólito o inesperado. Se pueden encontrar bondades en todos esos productos de la digitalización y en muchos más que podemos agregar. Lo notable es que su presencia y posibilidad de conexión ya la intuimos y hasta esperamos que en algún momento nos interrumpa y nos brinde una alegría o una reflexión.

Lo importante que destacamos hoy, es que prácticamente hemos olvidado lo que es enhebrar nuestro pensamiento cuando estamos como dentro de una campana, sin ni siquiera una posibilidad de conectarnos. Pensar con silencio digital nos acerca a sorprendentes mecanismos, antes existentes por naturaleza y hoy creados por obligación o gestión nuestra.

Este año experimentamos muchos amigos un modo casi obligado a vivirlo cuando navegamos en alta mar y el alto costo de la conexión digital satelital ofrecido en el barco, o su esquivo funcionamiento fluido nos hicieron seleccionar por días la opción  no conectados. Los que pudimos separarnos de la conexión y adicionar ese lujo - que presentamos así en la columna publicada el 5/1/19  Un Lujo en Vacaciones y Gratis-  lo disfrutamos y nos redescubrimos encontrándonos con otras personas reunidos o buceamos en nuestras almacenes de memoria en busca de algún dato. Ya tuvimos así un atisbo importante de las diferencias y beneficios aparejados por la ausencia de conexiones, redes y datos.

Hoy mismo en otro destino: la precordillera cercana al Atuel con escasa señal de Internet nos aleja del esfuerzo de encontrar conexión y nos da parecida oportunidad a la antes señalada. Pero aún persiste la sensación de que en cualquier momento la señal nos invade y descarga mensajes o e-mails. El total aislamiento voluntario no se produce y no se siente.

Los que buscamos exprofeso encontrar el Silencio Digital, tenemos  un momento que siempre está disponible. Nos levantamos muy de madrugada, cuando sabemos que todos –o la mayoría- de nuestros contactos duermen y en ese momento, personas y equipos coinciden para concedernos ese silencio de redes y contactos. Y entonces nuestro pensamiento creativo, nuestra voluntad de meditación, nuestro encuentro con nosotros mismos se produce en un entorno más apropiado o nuestra búsqueda de una solución se genera en un marco íntimo y no interrumpido ni tan siquiera por el acto reflejo de esperar el ingreso de un mensaje.

Hace un par de años invité justamente por una red a adherirnos a este simbólico grupo de quienes nos levantamos a las 5 de la mañana y tuve entonces consultas individuales inesperadas de cómo hacer para integrarnos o conocernos. Hoy la aparición de un oportuno libro reedita esa intención que expuse entonces. Y para mí tiene un voluntario homenaje adicional.

Hacen ya varias décadas mi padre se autogeneraba su voluntario espacio de reflexión. Se nos adelantaba a todos los demás al levantarse y a las 5 de la mañana, frente a la ventana de la cocina en nuestra casa en Ullum, tomaba sus primeros mates en soledad, con su pensamiento estimulado y encontrado consigo mismo. No existían entonces redes ni contactos. Pero aprendí con generosidad las bondades de encontrarse consigo mismo.

Hoy, levantado a las 5 de la mañana, me creo mi espacio. Y, en este caso el amanecer llega de a poco y con tanta belleza,  que vale la pena seguir el encuentro y contemplarlo. El Silencio Digital contribuye a que el disfrute sea en plenitud. Como esta felicidad que siento al terminar la columna renovando  la invitación a conocernos a nosotros mismos y disfrutarnos en plenitud.

Con el Silencio Digital es más posible.

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