Apenas entra al salón, los niños lo miran sin saber qué trae ese sujeto bajito de traje con galera, con toda la pinta de mago. Carga un enorme portafolio del que saca un mapache al que hace cobrar vida como si fuera Dios y enseguida dispara el asombro y las carcajadas de chicos y grandes. Empieza la magia.
Secretos de un ilusionista sanjuanino
Mauricio Álvarez se define como ilusionista pero todos lo conocen como el Mago Mauricio. “A ver a ver… ¿dónde está la cumpleañera?”, dice mientras se apodera de la atención de todo el mundo. Hace más de 25 años que se dedica a lo que lo define como artista, con una habilidad cautivante, que parece salida de un cuento de hadas, especialmente con las cartas que son casi una extensión de sus manos.
De lunes a jueves se interna en su estudio para formarse, ensayar y preparar sus presentaciones. Se nota que disfruta lo que hace, un número que es un mix entre sorprendente y divertido, como el propio mago. “Para mí venir a hacer un show es un deleite”, se presenta.
“Tengo un nombre artístico que es ‘Il Mago Mauricio’, me lo pusieron unos amigos en Buenos Aires y a veces lo he usado, pero todos me conocen como el Mago Mauricio”. Nació el 4 de febrero de 1975 y se crió en el barrio Universitario junto a sus padres y hermano menor. “Me acuerdo que jugaba en los olivos donde hoy es el shopping Del Bono, ahí transcurrió mi niñez”.
Hijo de un comerciante y taxista y de un ama de casa, agradece lo lúdico que le inyectaron siempre desde la familia y atribuye en parte su vocación a un pariente suyo que no conoció. “Tenía un tío que era tahúr que son esas personas que hacen trampa en el juego. Lo hacía como hobby, no era que iba al casino, sino en el barrio. Esa habilidad que tenía era para escamotear, hacer juegos y lo hacía ganar plata en una época donde las calles eran de tierra, la llevaba a las fincas donde armaban timbas. No sé si el tío Rubén era un ejemplo a seguir pero algún gen por ahí se ha escapado, porque siempre fui un enamorado de las cartas.Tengo fotos de cuando tenía dos años y mi juguete preferido eran los naipes, dormía con las cartas, siempre fueron una fijación para mí”.
El primer truco que recuerda es cuando tenía unos 7 años de edad, en la verdulería de la esquina de su casa, que tenía su papá. “En la siesta me iba y ponía el cajoncito, el mantelito, y jugaba a que era mago, y todas las frutas y verduras que estaban puestas como en tribunas eran mi público imaginario. Y ahí creaba…”. En el barrio se hizo conocido por hacer trucos de magia, pero su explosión vino tras su paso por Buenos Aires.
A Capital Federal se fue con 17 años, tras terminar la Secundaria en la Escuela Industrial, que le dio base para su arte. “El mago tiene parte de inventor, una parte técnica, ser diestro en el arte de construir y la escuela me dio eso”.
Cuenta que un día le dijo a su papá que se iba a seguir Ciencias Políticas a la Universidad de Palermo, y tras estudiar eso un par de años, conoció a quien sería el mentor de su verdadera vocación, Henry Evans, reconocido ilusionista y campeón mundial en las artes mágicas. “Ahí hice un click. Era profesor de magia, yo trabajaba en un bar que tenía con unos amigos y el lugar tenía pool, bridge y ajedrez, todo un mundillo de gente muy particular. Allí conocí a un hombre llamado Misterix que me recomendó a Henry Evans. Me tomaba tres subtes para llegar a las clases, tenía unos 20 años. Abandoné Ciencias Políticas, fueron cuatro años intensos que me formé con profesores allá, un provinciano buscando, entre magos por todos lados. Para mí es una vocación".
Argumenta que el arte le pegó más fuerte que la ciencia. "Creo que la magia me encontró a mí. Hay una anécdota que me marca, un día estando en el bar donde trabajaba, solo, con una baraja en la mano, me encontraba enojado con esto de qué estudiar y en un impulso tiré el naipe contra la ventana. No sé si fue la humedad, un ángel, el destino, pero cayeron todas y quedó un as de pica pegado ahí, creo que fue un signo de predestinación. Mis padres me dieron mucha libertad y yo siempre fui muy responsable y eso me dio espíritu de buscar lo que me gusta. Al tiempo volví a mi casa sin el título, con una varita bajo el brazo”.
Los padres de Mauricio no sabían todo lo que pasaba con su hijo en Buenos Aires. “Para mí es una profesión, no paré más de estudiar. Dedico 6 horas al día, con prueba y error, te explota la cabeza y tenés que tener una disciplina”, dice sobre su formación continua en cartomagia, numismagia, mentalismo, grandes ilusiones, magia de salón, escénica y micromagia que empezó a mostrar trabajando en bares y restoranes.
“Me conocen por saludarte y sacarte tu reloj o tu anillo, que es un arte muy fino porque requiere mucha concentración y si demorás más de 3 segundos en devolver el objeto podés ir preso. Jamás tuve un problema”, cuenta sobre uno de sus actos.
El proyecto de Mauricio va mucho más allá de los eventos sociales. Ahora mismo se dedica también a la magia en educación. Lleva su sorprendente talento a las escuelas con programas educativos, tiene dedicados 4 años enseñando en las escuelas prevención de incendios: “Si das la charla con magia los niños se prenden”. También sigue con la campaña de guardias ambientales en la Municipalidad de Chimbas. “Creo que el bien común lo puedo hacer con el arte de la magia”, analiza.
Hace 12 años se casó con la arquitecta Eliana Cuello y tiene dos nenas, Ana Macarena de 7 años y Malena Belén de 12 años. “Ir a la escuela a buscar a mis hijas es toda una revolución, les hago trucos y lo disfruto. Pero no ando por la vida con el personaje, tirando magia a todo el mundo. Soy papá, hago actividades, creonque hay que sacarse la galera y mirar el mundo. El mejor juego de magia es salir a caminar y mirar a la gente, ir al teatro, al cine, meterse en bazares, ver lo que hay, eso hace explotar la cabeza. La magia se nutre de otras artes, de la pintura, el teatro, de la poesía, de las ciencias”, dice este mago que dedica el corazón a la docencia y sus proyectos que cultiva en su cubículo, lleno de espejos que solía ser un centro de danza clásica y ahora es parte de su mundo hechicero.
Con sus hijas en el hogar trata de conservar el misterio, asegura, “ellas son muy respetuosas de lo que hago, tenés que ser muy metódico. En mi casa hay como 99 barbies, somos fanáticos, y tengo que saber dónde está cada zapatito, porque soy el papá mago, debo hacerlo aparecer mágicamente. Es divertido pero muy difícil”, cuenta.
Mauricio dice que cree “en lo que produce la magia, que es la transformación, cuando uno ve magia trasforma los sentidos, la emocionalidad, la empatía, podés amar al mago, pensar, hay un quiebre entre los sentidos y la emoción, ahí está la magia”.
En el salón todos se quedan boquiabiertos, la cumpleañera se emociona con el último acto, tras ver a su mamá poner unos huevos de la nada, un pañuelo que vuela por los aires y un dado que desaparece en una caja negra.