Hubo esta semana una jugada de galera y bastón de los jueces sanjuaninos, montada con la delicadeza de un pase gol de Riquelme. Aparecieron por primera vez desde tiempos inmemoriales los datos que todo ciudadano de a pie hubiese gustado conocer, aunque más no sea por morbo: los montos de los sueldos de los jueces, especie bajo los efectos de las luces circulares en tiempos de justicia floja de papeles.
¿Los jueces de San Juan salen caros? Según con qué se los compare
Por primera vez, difundieron sus montos en una queja implícita en relación a los federales y los provinciales del resto del país. Pero mejor es compararlo con sus propios desempeños. Por Sebastián Saharrea.
¿Y por qué habrían de exhibir sus señorías sus intimidades patrimoniales, con riesgo de ser contadas sus costillas y establecer comparaciones siempre odiosas? Despejados de ingenuidades, una puesta orientada a subrayar lo flaco de sus bolsillos en implícita –o no tanto- alusión a lo que ingresan sus colegas de otras provincias, peor aún con los salarios de los magistrados federales.
Siempre que se valora como "poco” o como "mucho” es necesario ponerlo en contraste con una referencia. "Poco” respecto de qué, "mucho” en comparación con quién. Y en esa difusión de los números de los jueces provinciales, lo poco o mucho que aguarda detrás de los números fríos es la resultante de la compulsa con el resto del universo jueces: mismo trabajo, distinta remuneración, según criterios.
Se propone desde este análisis incorporar otro parámetro, necesario ya no para la interna gremial-palaciega sino desde un abordaje –pongamos, para emplear un término de moda- más ciudadano: cuán caros o baratos son los jueces vernáculos, sencillamente en comparación con su contraprestación. Con lo que hacen, lo que fatigan o dejan de fatigar, lo que impiden o permiten, lo que agilizan o trancan, lo que diligencian o cajonean, lo que caminan o faltan, lo que se incluyen o se excluyen.
Las cifras para disparar el análisis son dignas de consideración. Se supo ahora –y reprodujo Tiempo de San Juan- que un magistrado de primera instancia (ya sea juez o fiscal) percibe mensualmente alrededor de $35 mil en el bolsillo, una suma nada despreciable pero que no significa rango máximo salarial alguno ni en el sector público ni en el privado. Se puede ganar esa plata en otro lado sin lidiar con delincuentes ni delitos completos como crímenes salvajes y todo ese submundo, se podrá decir. Se puede tomar otro camino, nadie obliga a nadie a aspirar a un despacho con rango de esa jerarquía, se podrá responder.
La lista sigue con camaristas y fiscales de cámara en el orden de los $45 mil, y con cortistas y fiscal general en los $65 mil. Sumas éstas que varían de acuerdo con la cara del cliente. Se pagan adicionales como años de profesional, que suelen encarecer las erogaciones, o aumentar los ingresos, depende el lugar de donde se los mire.
El asunto es que a esos números, los magistrados sanjuaninos incurrieron en una lamentable mitad de tabla para abajo, lo que se proponen subsanar. Puestos en el ranking nacional, los sueldos a los magistrados sanjuaninos ocupan el casillero número 17, pero ocurre que saltan enseguida algunas lecturas en el margen.
Una de ellas es que las cifras son netas, es decir que la erogación pública representa un 25% más. Otras, que les falta sumar los plus. Y la más importante, que esos netos son los pagos a diciembre del año pasado, desactualizados en los sueldos actuales porque los magistrados –como todos los empleados públicos de la provincia- aumentaron un 32,5% desde febrero.
Entonces, donde dice $35 habrá que poner $45 mil, donde dice 45 habrá que poner 60 y donde dice 65 lo correcto será 80. Lo siguiente sería ensayar nuevamente una comparación con los sueldos nacionales, si es que el del resto de las provincias no se había actualizado como los sanjuaninos en lo que va del año. Y analizar luego si sigue siendo el puesto 17, o si conseguimos subir algunos peldaños.
Se oyó también el sonido de la queja para los sueldos de los magistrados en relación a los magistrados federales. A números gruesos, los federales están un 100% arriba de los provinciales y se actualizan tres veces al año. En principio, la comparación no sería de manzanas contra manzanas, como con el resto de los magistrados de otras provincias: los federales ocupan otra franja jerárquica, conferida con la clase de delitos que investiga.
Mucho más complejos éstos, como redes de narcotráfico, trata de personas, delitos de lesa humanidad durante la
dictadura, grandes desfalcos a la administración federal. Sin generalizar, se está ante otra clase de redes delictivas, sin que a los criminales se les fije rango: son todos criminales.
Pero vamos a lo que suele importar, lo verdaderamente digno de mención cuando uno pide aumentos de sueldo: la productividad. Se complica la aplicación científica del rendimiento, como si fueran un centrodelantero que mete dos goles por partidos y es lo único que importa para mejorar su cotización. Acá el análisis es filoso, a riesgo también de resultar injusto. Los números importan pero no lo son todo y ni siquiera lo más importante, pesan también los gestos y la actitud. Como con los diputados, a quienes resultaría injusto evaluar por la cantidad de proyectos presentados y mucho menos los que consiguió aprobar, la tarea legislativa es surtida y de muchos colores.
En números fríos, la perfomance de la magistratura no pasa –también- de la mitad de tabla. Pocos fallos y pronunciamientos, en juzgados o cámaras tapadas de expedientes que ven caerse causas de altísimo impacto social, sencillamente porque no les dio el tiempo. Números también son las horas-hombre trabajadas y allí el resultado promedio general es demasiado bajo. Con magistrados que ocupan sus sillones por las tardes pero en absoluta minoría, y turnos de 7 a 13 con suerte de lunes a viernes. Quién pudiera.
Mal en cantidad, tal vez mejora la calidad. Pero siempre a resguardo de posibles injusticias en numerosas individualidades, hay en Tribunales fallos para el lamento, errores procesales repetidos que abren puertas a sospechosos delicados. Se pueden enumerar, alcanzan los archivos.
Y en actitud, si uno debe orientarse por los trámites judiciales de mayor impacto en la sociedad encontrará que existen verdaderos escándalos que no consiguen jueces que puedan entender, alejados en masa ante posibles recusaciones por fallar a favor o en contra de "amigos” que parece haberlos por todos lados.
En esas condiciones llega el aspirante a solicitar un aumento. Habiendo hecho otras dos cosas. Una, poner a la tropa subalterna en caja (les dio el mismo aumento, los eximió de Ganancias y les prometió engancharse de futuros incrementos). Otra, comprender que una mejoría de salarios no mejorará la calidad del servicio Justicia de ninguna manera si no se mejoran las herramientas que les dan a los jueces. ¿Y entonces?
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