Por Viviana Pastor
Un kiosco para dejar de deambular
Daniel Aguirre es ciego y le falta una pierna, quiere poner un kiosco en su casa para no tener que salir a vender en la calle con su hijo. El año pasado entraron a su casa, lo golpearon y le robaron todo. Por Viviana Pastor.
Perdió la vista a los 18 años por su diabetes y por la misma enfermedad a los 40 le cortaron una pierna. Hoy, con 47 años, Daniel Aguirre dijo que no le falta para comer, que cobra una pensión nacional de $1.800, y que tramitó en el municipio de Pocito un subsidio que le ayudará a ponerse un kiosco en su casa para dejar de ser vendedor ambulante.
Daniel suele sumar unos pesos a su casa vendiendo en la calle, su lazarillo es su hijo Gonzalo, de 14 años, quien no sólo lo guía y le empuja la silla de ruedas, sino que lo ayuda a subir al colectivo, él arma y desarma la silla con destreza. Gonzalo también se beneficiará cuando su padre tenga el kiosco ya que podrá ir a una escuela de mañana.
“Ahora salgo a la calle a vender y con el kiosco ya me puedo quedar en la casa. Me manejo bien en la calle pero sería un alivio para mi hijo que es mi mano derecha, él me lleva y me trae, es mi única ayuda para ir a cobrar la pensión y hacer cualquier trámite”, contó.
El año pasado, un grupo de jóvenes se metió a su casa, lo golpearon en la cabeza con un arma y le robaron todo, hasta la heladera. Daniel aseguró que buscaban la plata de la pensión que acababa de cobrar, pero él no la tenía. Después de ese episodio, les pidió a una ahijada y su familia que se fuera a vivir con él, Flavia lo acompaña ahora con su marido y sus hijos, uno de 2 años y un bebé de un mes.
Daniel contó también que tiene mejor movilidad ya que el PAMI le dio una silla de ruedas nueva, más resistente para su peso.
Antes de quedarse ciego Daniel hizo de todo, pasó algunos años trabajando en Buenos Aires, lavando copas en pizzerías o haciendo changas, acá trabajó en la feria descargando bolsas, y también en la construcción del velódromo municipal de Rawson. Ya ciego, vendía diarios en la esquina de 9 de Julio y Mendoza. “Siempre me la rebusqué. Mucha gente me conoce y me da una mano, en esa esquina hice muchos conocidos. Lo malo es la juventud ahora, me da miedo que me golpeen, los que me asaltaron no tenían más de 16 años”, contó.
Agregó que la pensión de $1.800 no le alcanza para pagar todo y vivir, “pero la voy llevando, no tengo problemas, como bien, no necesito nada, pero sí el kiosco que me serviría para quedarme en la casa. Ahora mi hijo va a la escuela en la tarde-noche porque en la mañana me lleva a mí”.
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