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domingo 5 de abril de 2026

Aniversario

A 70 años del terremoto: Las mejores letras sanjuaninas, las imágenes más impactantes

Los más ilustres escritores que dio San Juan pusieron su sello indeleble en la historia con libros y documentos sobre el terremoto que asoló la provincia. El periodismo aportó las fotos que hoy son documentos de la historia de San Juan. Por Viviana Pastor.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Viviana Pastor

Buenaventura Luna, Juan Conte Grand y Juan Pablo Echagüe dedicaron mucha tinta para dejar su marca registrada en textos que cuentan cómo fue el terremoto del ’44, antes, durante y después. El 15 de enero se cumplen 70 años del mayor desastre natural de la provincia que destruyó la antigua ciudad colonial, y estas plumas ilustres fueron elegidas para recordar ese día y los posteriores.

Conte Grand escribió  poesía, ensayos, cuentos y novelas. "La ciudad en ruinas" fue la novela donde describió con lujo de detalle cómo fue el terremoto. Fue delegado de la Comisión de Bibliotecas Populares, Director del Museo Sarmiento (Ad honorem), Presidente del Instituto de Cultura Hispánicas, Delegado del Fondo de las Artes, Director General de Cultura y Miembro del Instituto de la Lengua.

Buenaventura Luna fue la voz líder de los sanjuaninos residentes en Buenos Aires y su  recopilador y nieto, Carlos Semorile, advierte su estilo en el documento elaborado por la Asociación Pro Reconstrucción de San Juan. El gran poeta de Huaco fue un activo luchador por la provincia, aún en la lejanía y supo plasmar como ninguno la situación de los sanjuaninos post terremoto.

Juan Pablo Echagüe, otra de las luminarias de la literatura sanjuanina, miembro de la Academia Argentina de Letras, considerado “el maestro de los críticos argentinos” y también “pintor de historia”. En su libro “Mi tierra, mi casa”, despliega su talento con la palabra y cuenta como quedó su hogar sanjuanino (hoy Biblioteca que lleva su nombre) después del terremoto del ’44.

Las fotos pertenecen a distintas ediciones del diario porteño La Nación, que documentó al detalle los peores daños que causó el terremoto en edificios y personas. Mientras que las fotografías aéreas de la ciudad antes y después del sismo fueron tomadas por Jorge de Lara y aportadas por Rafael Pérez Vela.

Ese día

El 15 de enero de 1944 a las 08:52 PM comenzó a moverse la tierra. El epicentro fue a 20 kilómetros al norte de la ciudad de San Juan, en las proximidades de La Laja, Albardón. La magnitud de ondas superficiales (Ms) fue de 7,4 grados y fue el sismo más destructivo registrado en el país con una intensidad máxima de 9 en la escala de Mercalli modificada.
Destruyó el 80 % de la Ciudad, y si bien se habló de 20.000 víctimas, entre muertos y heridos, estudios posteriores (Healey, 2002, Mendoza; 2004, Alvarado y Beck, 2006) concluyeron que el número de muertos fue de 5.000 personas. Dejó un saldo de miles de niños huérfanos.

 “La ciudad en ruinas”, Juan Conte Grand

"¡Que ruido es ese! Un ruido en verdad, no un rumor, un ruido subterráneo, difuso, envolvente, como de pesado carruaje que se acerca, como el lejano retumbo del trueno, como el de un cauce desbordado. Luego es un caballo desbocado, un tren a toda marcha, una grúa gigantesca que remueve la corteza terrestre. El agua de la fuente se agita y salta sobre los bordes; el suelo comienza a brincar y hacer giros, la plaza toda se tambalea. Un grito agudo escalofriante de ¡tiembla! hiende el espacio, y cuando su eco desaparece un coro de voces dantescas explota en la ciudad. Los niños corren al encuentro de sus madres y estas los reciben y aprietan sobre su pecho, desorientados, vacilantes, mientras miran al cielo y balbucean plegarias.
-¡Misericordia! gritan las mujeres arrodilladas, con las manos en alto. Y algunos hombres se golpean el pecho.
El traqueteo prosigue, convulsivo, brutal, ¡se va a hundir la tierra! No, son las piernas que vacilan, míseras, impotentes.

Medianoche. La ciudad contempla su espectro sin reconocerse. Discurren por ella sombras fantásticas. En las calles, obstruidas, en las ruinas sangrantes, buscan afanosamente el restablecimiento de su ego moral millares de seres instalados en carpas o suelo raso, con abatido semblante de fugitivos.
Son horas de clamor y anonadamiento. La ciudad es una gran tumba, un templo conmovido por confusos misereres y plegarias, un cauce alimentado por las lágrimas del Valle de Tulum.
La población va vagando por las calles, la plaza, el parque, allí se aprieta aterida, junto a sus muertos o a sus heridos y se prodiga mutuos consuelos, forma una sola e indivisible familia. Las madres abrazan a sus hijos, los abruman de caricias, palpan sus carnes como para convencerse del milagro, los hombres, en vigilante trajín, proporcionan precarias comodidades a los suyos y a sus semejantes; los ancianos se contraen al consuelo de la oración.
La ciudad se ha quedado sin luz, sin servicios públicos, sin medios de comunicación y de asistencia.
...
En la cruel noche, los hijos de San Juan están conociendo el más grande desamparo de su historia, están bebiendo el cáliz de sus hogares desechos, de sus seres mutilados, del más allá sombrío y sin esperanza.
 
 “Mi tierra, mi casa”, Juan Pablo Echagüe 

 “¡Bella dulce y trágica San Juan que el recuerdo exalta y el dolor ennoblece! Un día fueron dichas para ti las palabras tremendas del Apocalipsis y como en la visión terrífica del evangelista "temblaron los montes, el fuego se abatió sobre la tierra inerme, ardió la verde hierba y las aguas se tornaron ponzoñosas".
¿De dónde vino la despiadada cólera que se descargó sobre la ciudad? ¿Qué tremebunda fuerza lanzó a danzar las cumbres en siniestra ronda? ¿Qué agravios, qué ansias de venganza encabritaron la entraña de la tierra madre? Aplastó a sus hijos la ciudad condenada,  y bajo sus despojos anonadó no solo seres, monumentos y túmulos, sino también el vínculo virtual que enlazaba el pasado con el presente: el tesoro de los emblemas recordatorios. Un dolor sin gestos, un hálito de angustia exhalan los muros dilacerados. ¿Sollozarán también por San Juan los difuntos en el lúgubre silencio de las calles devastadas?
...
Mortalmente se descargó de pronto el cataclismo sobre el viejo lar. No existe el portal hospitalario, descuajadas yacen entre los cascotes sus jambas de algarrobo, tumbado y roto está el arco acogedor; el surtidor quedó mudo, la fuente destrozada, tapias y tejados se desplomaron, se hundió la galería, desolado se halla el jardín, desgajada la higuera, el huerto vacío. Como fluir de llanto debe correr la acequia y en mi memoria plañe el verso de Leopardi: ‘Quella logia, quel muro, quell'antiche sale. Obblivarvi non so....’
Como en las de la ciudad entera aniquilada, ciérnese ahora sobre el hogar abolido la angustia de los vivos y las sombras desamparadas de los muertos Para siempre lo habrá exterminado todo el sismo".

 “Asociación pro Reconstrucción de San Juan”, Buenaventura Luna

“1) La gente de San Juan no tiene todavía, y a pesar de todo, la sensación de que haya llegado hasta ella la ayuda de la Nación ni la ayuda de nadie. Se consideran en el más absoluto desamparo. En general, estiman que esa ayuda se detuvo en el trámite para facilitar la evacuación y en el suministro de alimentos, sumamente defectuoso, en los días inmediatamente subsiguientes al terremoto.
2) Actualmente y en proporción enorme, los sanjuaninos que se encuentran en la provincia, se hallan prácticamente en la calle, sin abrigo alguno, y ante la inminencia del invierno. Es sabido que las viviendas que se han levantado no han dado habitación sino a un sector mínimo de la población. Para los demás, el procurarse techo y comida sigue siendo una aventura cotidiana.
3) Cunde la desmoralización en sus formas más peligrosas. En lo que antes se podía llamar allí la clase trabajadora, se está haciendo carne una modalidad especial. Están perdiendo el hábito del trabajo. Con el mínimo esfuerzo consiguen lo indispensable para subsistir materialmente. Es común el episodio del jefe de familia que manda a las mujeres y los niños a “pedir”, donde pueden dárselo, el alimento indispensable. De algún otro modo ellos se consiguen el complemento alcohólico. Las horas pasan en un despreocupado jolgorio, a cuya corriente todos van entrando ya como impulsados por un sentimiento fatalista. Unos porque ya no esperan nada de nadie y otros porque “todo lo esperan del gobierno”. Se está creando así en las clases populares un clima moral especial, en que se ve esfumarse todo sentido de dignidad humana. La forzada promiscuidad, el mismo recuerdo de la catástrofe vivida, está llevando esta situación a extremos que pueden ser irremediables si no se acude a tiempo para conjurarla. Esta situación se refleja en los refugiados: ya hacen legión los sanjuaninos que en esta capital y en otras muchas ciudades del interior están convirtiendo su propio drama en un modus vivendi. Entre las concentraciones de refugiados en Buenos Aires -la del Hotel del Inmigrante y la de Campo de Mayo- cualquier observador puede registrar circunstancias semejantes a las apuntadas.
4) En la clase media –la más castigada por el terremoto y por los fatales hechos posteriores, como suele ocurrir en todos los trances parecidos a éste- la situación es la misma aunque derive y se manifieste en otras actitudes que no es imprescindible analizar ahora”.

“Silencio en campo infinito,
  y en la asolada heredad
  una mujer con su hijito
  y el susurro de un bendito
  en la triste inmensidad.”

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