En la madrugada del jueves 6, en una casa de adobe y cañas, ubicada en el asentamiento San Expedito, en Rivadavia, un cortocircuito en un tomacorriente múltiple, inició un fuego voraz que en pocos minutos tomó toda la pieza. Allí murió Malena Díaz, de 5 años, y tres días después, fallecía Michelle, de 3 años. Sólo se salvó Guadalupe, de 2 años.
Los padres de las niñas, Virginia de 23 años, y Mario Díaz, de 29, hablaron por primera vez de la tragedia y cómo devastó sus vidas. El fuego los dejó en calle y por ahora viven con Rosa, la mamá de Mario, en el Lote 53, a dos cuadras de donde vivían. A la casa quemada ninguno quiere volver, no hay nada para rescatar, pero tampoco quieren construir en el mismo lugar: el recuerdo sería nefasto.
Virginia dijo que es difícil recordar lo que pasó esa noche, hay cosas que no entiende y otras tantas que se borraron, por ejemplo, cuando la despertó Michelle, la mitad de la pieza estaba en llamas y la puerta que tenía cerrojo estaba abierta. “Saqué a Michelle porque a Malena no la veía, pensé que había salido. Entré a sacar a Guadalupe y Michelle entró atrás mío y ahí se cayó la mitad de techo, un vecino, Rodrigo, la sacó”, contó la mamá.
Los vecinos empezaron a derribar paredes buscando a la nena más grande y cuando pudieron apagar el fuego se encontraron con la peor de las escenas: Malena estaba acostada en su cama, “hecha un ovillito”, como dormía ella, en la cucheta de arriba. Las pericias determinaron que falleció asfixiada por la inhalación del humo.
Esa noche las dos niñas más grandes, que siempre se acostaban en la cama grande hasta que el papá volvía del trabajo, quisieron dormir en sus camas. Justo esa noche, maldito destino.
Michelle estaba quemada entera y le decía a su mamá que no la tocara, que le dolía, cuando la sacaron tenía fuego ensañado en su pelo. “Ella lloraba, y la llevé al hospital, cuando llegamos le dio una convulsión, quedó internada”, contó Virginia. Tenía comprometidas sus vías respiratorias y quemado el 65 % de su cuerpo. No lo resistió.
“Cuando me dijeron de Malena yo estaba como perdida, no sentía nada, no veía la gente, pensaba cualquier cosa, uno lo primero que piensa es ‘me quemo con ellas’”, confesó Virginia. Mario estaba trabajando en la empresa La Positiva, donde es auxiliar del taller. Le avisaron y lo llevaron hasta su casa y luego al hospital donde estaba su esposa y su hija. “Me vine corriendo desde el hospital a la casa y después no me acuerdo más nada”, dijo.
Mario y Virginia ya habían vivido otra tragedia: Su primera hija, Caterina, nació prematura a los 5 meses – las otras niñas que tuvo Virginia fueron sietemesinas- y falleció a los 12 días.
La abuela Rosa contó que también una hija suya murió trágicamente, se llamaba Claudia Díaz y tenía 23 años cuando dio a luz a su segundo hijo en Calingasta, pero algo andaba mal y la trajeron en ambulancia hasta la Ciudad. La ambulancia pinchó las ruedas dos veces y Claudia murió en el camino.
“Antes de esto nuestra vida era normal, ellas se quedaban con la abuela cuando ella –por la mamá- iba a la escuela, y después siempre acá en la casa, las nenas no salían a jugar afuera, jugaban entre ellas. Cuando me salía algo en la mañana hacía alguna changuita y por la tarde me iba al otro trabajo”, dijo Mario.
Virginia dijo que Michelle, la del medio, era la más “india”, la más pícara, pero muy buena. Malena, la mayor, las cuidaba mucho a las dos más chicas y además era muy inteligente y le encantaba la escuela. Iba al jardín de infantes a la Escuela 120 y había aprendido a escribir su nombre y a contar hasta 20, pero además, estaba aprendiendo los números en inglés en un programa de la tele. “La maestra decía que era muy inteligente, escribía el nombre por todos lados”, contó la mamá.
“Ahora tratamos de seguir por ella, por Guadalupe, ella escucha los nombres de las hermanas y se pone nerviosa, así que no hablamos delante de ella, a veces las llama para ver la tele”, contaron ambos padres.
Los vecinos del asentamiento los ayudaron con ropa, el Ministerio de Desarrollo Humano les donó una cocina, una cama, y hay una promesa de vivienda, “acá no podemos estar”, aseguraron.
La abuela agregó que “si es una casa cerca, mejor, porque ellos dicen que están bien, pero no están bien, se hacen los fuertes. No los dejamos solos. Uno piensa que son los hijos los que lo van a enterrar a uno”.