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viernes 1 de mayo de 2026

Historias

El lustrabotas de la Legislatura

Se llama Ángel Rivero, trabaja desde hace 29 años en la Cámara de Diputados. De lunes a viernes viaja caminando desde su casa, ubicada en Trinidad, hasta el recinto. Ni la lluvia, ni el viento lo detienen cuando de trabajar se trata. Por Natalia Caballero.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Natalia Caballero

Parece que sus manos bailaran. Van y vienen a un ritmo frenético, con dos instrumentos imprescindibles: los cepillos. Luego de unos minutos se puede ver el resultado de la danza, un par de zapatos brillantes, que parecen sacados de una zapatería de primera categoría. El hombre es un personaje muy conocido dentro de la Cámara de Diputados, se trata de Ángel Rivero, el lustrabotas de la Legislatura. Ángel trabaja de lunes a viernes en el recinto desde hace 29 años. Empezó lustrando en la puerta del casino y de casualidad entró a la Cámara. Hoy no cambia su labor por nada en el mundo y aclara que cuando se jubile continuará trabajando.

Rivero se define como un amante del trabajo, hizo de todo a lo largo de su vida, siempre de manera independiente.  Obrero de la construcción, plomero, chofer, de todo, cualquier labor le venía bien con tal de llevar el pan a la mesa. Pero a principios de los ’80, se quedó sin ninguna fuente de ingresos. Con el fin de desahogarse fue a charlar con un amigo en la puerta del Casino (hoy Museo de Bellas Artes).  “Le conté que estaba desempleado, que estaba desesperado. Mi amigo me ofreció quedarme con el puesto porque él había ingresado a la administración pública. Fue una noticia caída del cielo”, alegó Rivero, que desde ese día no paró.

El primer cliente de Ángel fue un novio que estaba a punto de casarse pero que había olvidado lustrarse los zapatos. “La novia estaba al lado, fue muy gracioso, yo estaba muy apurado para que pudiera llegar a tiempo a la fiesta. Fue tal la desesperación de la chica que me pidió agarrar la gamuza”, explicó entre risas el hombre. Luego de pasar unos años en la puerta del Casino, entró a la Cámara por intermedio de un legislador amigo.

El cajón es el elemento de trabajo más importante para un lustrabotas. Adentro del pequeño mueble hay un compartimento en donde se colocan los cepillos, las pomadas y la gamuza. Aparte, sirve para que el cliente apoye su zapato sobre él. Ángel empezó con un cajón prestado, que devolvió en 1983. Tan solo un año después le terminaron de construir el cajoncito que actualmente usa. Ángel señaló que el mueble está hecho con madera de primera calidad, que le regaló su suegra, por esa razón se conserva en perfecto estado.

La rutina de Rivero empieza muy temprano. A las 7 parte desde su casa, ubicada en Trinidad, hasta la Cámara. Allí reparte su mañana en las oficinas de los legisladores y en su puesto, ubicado frente a los baños. Diez pesos es lo que cobra por dejarte los zapatos relucientes. “Todos me dicen que cobre más caro porque los diputados tienen plata, pero yo les contesto que no tengo por qué robar, $10 es lo que vale el trabajo, con eso me conformo”, añadió Angelito, como lo conocen todos dentro del recinto.

Si hay algo que caracteriza a Rivero, además de su impecable trabajo, es su sentido del humor. No hay empleado de la Cámara que no reconozca en el hombre su habilidad para contar chistes. “Nos levanta el ánimo a todos”, coincidieron todos en la Legislatura.

El hombre, testigo de debates profundos, de tejes y manejes sin igual, recuerda con angustia aquellas épocas convulsionadas en el 2000, cuando había gente todos los días manifestándose en la puerta de la Cámara por mejoras salariales. “Venían hasta para pedir comida, fue muy triste”, añadió Ángel, con lágrimas en los ojos.

Rivero cuenta que nunca tuvo problemas con ningún diputado, que en muchos casos le cuentan cosas y hablan de política sin inconvenientes. El secreto para llevarse bien con todos es el buen trato y la tolerancia, según dice.

¿Cuál ha sido el diputado más elegante que haya pasado por la Cámara? Ante la pregunta, el hombre no duda en contestar: -El actual Fiscal de Estado, Guillermo De Sanctis, en sus épocas como diputado vestía impecable, las medias siempre eran del mismo color que los zapatos, expresó.

 Su pasión por la profesión no le permite pensar en la jubilación, que está próxima a llegar. Manifiesta que nunca dejará del todo de trabajar, quizás no con la misma rigurosidad, pero  seguirá lustrando hasta que el cuerpo se lo permita.

Oficio extinguido

Cada vez son menos las personas que se dedican al arte de lustrar zapatos. Solo quedan cuatro personas que trabajan de lustrabotas exclusivamente en la provincia; ellos son los dos que se desempeñan en el cruce de las peatonales, otro colega que tiene asiento en la esquina de Tucumán y Libertador y Ángel Rivero. Los demás, cumplen aleatoriamente con esta función.
“De mis dos hijos varones, ninguno le interesa seguir con el oficio. Dicen que no es rentable y la verdad que si comparamos los sueldos que se manejan actualmente en la minería por ejemplo, el salario de un lustrabotas es ínfimo. Lo mismo, me apena que se extinga el arte de lustrar”, dijo Ángel.

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