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viernes 1 de mayo de 2026

Día de la Memoria

El símbolo de la lucha

Con 94 años, Esther Pezoa de Schneider es la fundadora de Madres de Plaza de Mayo en San Juan. Transformó el dolor de la desaparición de su hija durante la dictadura en la lucha por saber la verdad y buscar la justicia. Su historia, en la semana del Día de la Memoria. Por Miriam Walter.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Miriam Walter

Por desesperación, después de peregrinar por varias cárceles, comisarías y medios de comunicación, un día Esther Pezoa de Schneider visitó a una vidente en Mendoza que le dijo: “¿por qué no compra el diario del juicio a las juntas militares?”. Ella dice que al salir, en un kiosco, ahí estaba el diario “esperándola” y lo compró. Ahí leyó la declaración de un sobreviviente de uno de los centros clandestinos de detención más feroces de la Argentina, La Perla, en Córdoba, de apellido Biotti, que había estado 15 años detenido. Aseguraba haber visto en ese lugar de tortura a Perla Elizabeth Schneider y que a él lo habían detenido cuando andaba caminando con el novio de la joven. Esa fue la primera pista que tuvo Esther sobre su hija menor, en medio de la oscuridad de la dictadura, dato que con el tiempo se transformó en clave para reconstruir lo que pudo pasarle a la joven estudiante sanjuanina en Córdoba, en manos de los militares. Con 92 años, Esther cree que a Perla la asesinaron a los pocos días de que se la llevaran de la pensión cordobesa, el 7 de diciembre de 1977, pero igual sigue poniéndose el pañuelo blanco en la cabeza y militando, como puede, por la causa de las Madres de Plaza de Mayo, organización de la que es fundadora en la Provincia.  Treinta y seis años después, Esther se convirtió en el símbolo de la lucha por la verdad y la justicia. “Se llevaron a la mejor gente”, se lamenta.

Nunca le fue fácil a Esther. Penúltima de 7 hermanos, nació en una casa humilde en Caucete. “Yo perdí a mi mamá a los 4 años, porque enloqueció cuando mi hermana murió envenenada en Pie de Palo. Mi papá la llevó a un hospital psiquiátrico en Buenos Aires”. Así fue  que la criaron su hermana mayor y su padre, un inmigrante judío que tenía una tienda en la ciudad caucetera.

Muy joven se casó con Abraham Schneider, con quien se fue a vivir a Mendoza. Con él conoció la política, porque su marido militaba desde muy joven en el Partido Comunista. Cuando volvieron a San Juan, Esther se dedicaba al cuidado de sus tres hijos, Ernesto León, Lidia Rosa y Perla Elizabeth. La más chica era de las mejores alumnas. Le habían armado todo para que vaya a la universidad a Buenos Aires, pero Perla les llamó a sus compañeras del secundario para que le hicieran lugar en Córdoba, y allá fue. “Ella trabajaba y estudiaba porque siempre fue muy independiente. Un  día nos llamó la señora de la pensión donde vivía, porque yo le escribía a mi hija y en una carta estaba mi teléfono. Le dijo a mi esposo que se habían llevado a Perla. Partimos inmediatamente. Mi hijo trabajaba en una bodega y le prestaron la camioneta. Cuando llegamos nos dijeron en la pensión que los hombres que la habían agarrado les habían dicho que no dijeran nada, que si miraban los mataban”, recuerda Esther.

“No sabíamos qué hacer. Empecé a hacer preguntas, pero no se podía hablar nada. Fui a todos lados, a la comisaría, y me decían  acá no está”, dice. Y así pasó el tiempo, sin respuestas, y volvieron a San Juan con una gran desazón y hasta un mal presentimiento. Esther empezó a conectarse con familiares de otros desaparecidos sanjuaninos, como Bertha de Varas, la señora de Guidet, los Scading, los Correa, y Clara de Olivares, entre otros. Todos empezaban como a enloquecer y se preguntaban lo mismo “¿qué hacemos para encontrar a nuestros hijos?”.

Esther viajó a Buenos Aires, donde tenía su otra hija viviendo. Fue a organismos de Derechos Humanos y a Familiares de Detenidos por Motivos Políticos, que era el único organismo por ese entonces para hacer denuncias. Allí conoció a Hebe de Bonafini y empezó a pedir consejos de Madres de Plaza de Mayo, que estaba en formación y que ya empezaba a gritarle al mundo lo que pasaba en Argentina. Y la sanjuanina empezó a hacer viajes frecuentes y a recorrer el difícil camino de la lucha y la resistencia de todas las madres de desaparecidos en los años de plomo.

“Cuando empezamos a pedir por nuestros hijos,  no encontramos más que palabras y palabras, palabras que se las lleva el viento. Se llevaron a nuestros hijos y nadie dijo nada. Pero nosotras nos conformamos con eso, con seguir luchando. Esa es la vida”, dice Esther.

A la pérdida de su mamá y de su hija, Esther sumó otra pena. “Un día me dijeron sobre mi marido ‘no lo esperes porque no va a venir’. Se suicidó por la culpa”, cuenta ella.

Para ella su hija fue muerta a los pocos días de ser secuestrada. “Después me enteré que la entregaron. Yo sé quién fue”, asegura con los ojos brillosos. Y agrega: “Los han eliminado a todos, pero no hemos retirado ningún cuerpo de nuestros hijos”.

Después del episodio con la vidente, Esther logró comunicarse con Biotti y le pudo preguntar cómo vio a Perla. Él le dijo que la había visto “entera”. Esa palabra le dio fuerza para seguir participando de marchas en Plaza de Mayo y trabajar en la filial sanjuanina de Madres hasta que las piernas no le dieron más, hace poco tiempo atrás. Con noventa y pico de años seguía vendiendo material de la organización en la Feria de las Pulgas y difundiendo su mensaje. Sus nietos son su sostén. “Porque la vida sigue”, dice.
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