En el barrio pituco
Víctor González vive en el barrio Covisar, es dueño de una distribuidora mayorista de alimentos, y contó que se despertó esa noche y el agua ya había invadido toda su casa y el galpón con mercadería.
Este barrio, ubicado en una de las zonas más altas de la villa, limita al este con el canal de riego y éste actuó como de dique de contención del agua, que llegó a tener hasta 1 metro en algunas viviendas. Por eso los vecinos buscaron una máquina para romper el cemento del canal y con eso lograron que el agua bajara un poco. Cuando bajó el agua, siguió la lucha para sacar la greda de las viviendas.
También en el barrio Covisar vive Daniel Vives, que trabaja en ANSES delegación Sarmiento. En su casa había equipos del programa nacional Más Inclusión, que habían llegado para ser distribuidos en escuelas de Pocito y Caucete. Los equipos, valuados en unos $700.000 se mojaron y quedaron inutilizables.
En la casa de la vecina Isabel Di Carlo, la inundación le llevó su única entrada de dinero: se mojaron unas 20 bolsas de harina con las que diariamente elabora pan y semitas para vender. “Desde entonces estoy sin trabajar, pero además tuve que tirar una cómoda, el minicomponente y otros muebles. ¿Dónde se queja uno?, si todos están desesperados todos necesitan cosas”, dijo.
La villa Santa Rosa
A escasas cuadras, en la Villa Santa Rosa, el martes pasado el agua seguía ganando terreno a las casas, después de 5 días de la inundación. Los vecinos explicaron que por ahí atraviesa el dren Arroyo, un desagüe que a esa altura tiene dos salidas, pero una se había tapado con el lastre que trajo la misma creciente. La casa de Ángel Díaz permanecía con unos 30 centímetros de agua en su interior, y pudo salvar muy pocas cosas, trasladándolas en una carretilla a una zona seca. Su esposa y sus tres hijos se mudaron a la casa de su hermana y después tuvo que alquilar una pieza.
En la otra cuadra, Laura Sosa mira con una tristeza aplastante su casa. Se estaba mudando, había tratado de resistir cinco días rodeada de agua, pero la vivienda empezaba a agrietarse por todos lados y se caía de a poco. Laura tiene cuatro hijos, uno de ellos, especial. Una vecina le prestó una pieza. “En el peor momento nos daba el agua a la cintura, las casas están partidas y acá ya no se puede vivir. Siempre hacen casas, pero los que las necesitamos nunca las vimos”, dijo Laura.
El rancho en el piso era la humilde vivienda de María, que tiene siete hijos y uno especial que se moviliza con muletas. “Cuando bajó el agua alcancé a sacar los niños nomás, se llevó todo el agua. Ahora estoy en una vecina que me presta una pieza y dormimos tirados en el suelo pero no quiero ir a la escuela porque hay mucha gente enferma ahí, aunque acá no tenemos qué comer”, dijo María.
En la casita de al lado vive Juana Romero, estas casas no se salvaron de la inundación, pero al estar en un terreno más alto, el agua bajó rápidamente. Ella albergó a don Hugo Martín, un artesano de 64 años que tuvo que dejar su rancho ubicado justo enfrente. Le prestó un garaje que acondicionaron con nylon.
Graciela Pizarro y su esposo Antonio Yacante piden que se muestre su casa, ubicada del otro lado del desagüe, en un alto donde da la impresión que el agua no llegó. Es una casa de material y si bien no entró el agua, quedó rodeada de la inundación y la humedad comenzó a trizar el piso como si en vez de una creciente hubiera pasado un terremoto.
Los vecinos de la villa dijeron que nadie del municipio los había visitado y que la Cruz Roja les llevó agua y una bolsita de mercadería. Pero el intendente les respondió señalando que la Cruz Roja actúa en forma coordinada por el Ministerio de Desarrollo Humano y el municipio y que hasta el diputado departamental, Víctor Muñoz Carpino, estuvo visitando esa zona inundada.
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