Si en algo coinciden los historiadores es en que Martina Chapanay lo único que tuvo de 'macho' fue haberse animado a ponerse a la altura de los hombres en tiempos en los que las mujeres no tenían ningún derecho. Cuando el campo de acción de una señora estaba limitado a la superficie de su casa, ésta domadora indomable tenía por hogar el desierto sanjuanino y hasta las llanuras de Mendoza, La Rioja, San Luis, Catamarca y Tucumán.
La Chapanay: Mentiras y verdades del mito
Como una ladrona la recuerdan algunos habitantes de Mogna, donde ella murió, pero también como la primera mujer policía de la zona, tal como la describieron en Tiempo de San Juan (23 de noviembre de 2013).
Pedro Echagüe, que sin ser sanjuanino vivió y murió en San Juan, contó su versión en "La Chapanay", que es tal vez la más difundida. Y aunque en su obra advierte que ha escrito sólo lo que relató la gente que la conoció, hay quienes dudan de su veracidad y encuentran visos de novela en su libro.
Lo cierto es que a Echagüe se le nota su admiración por Martina: "Encarnaba esta extraordinaria Mujer, un tipo especialísimo que merece ser recordado, no sólo por sus singularidades físicas, sino también porque se ha incorporado a las leyendas de región Andina... hay sin duda una gran nobleza de ese gaucho-hembra que se convierte en una especie de Quijote de las travesías cuyanas, primero por su honradez y luego por su afán de redimirse de culpas anteriores".
Según la historia de Echagüe, el padre de Martina, Juan Chapanay, eran un indio Toba que huyó de su patrón refugiándose en las Lagunas de Guanacache, donde adquirió notoriedad.
Su madre era una hermosa mujer blanca a la que el indio salvó luego de encontrarla desfalleciente en el desierto y terminó casándose con ella. Se llamaba Teodora González y murió cuando la niña tenía 3 o 4 años, su padre nunca pudo superar su muerte y al tiempo llevó a su hija a la casa de una señora en Ullum, a quien serviría a cambio de educación. De allí se escapó la joven Martina detrás de Cruz Cuero, un bandolero con quien tenía un romance.
Echagüe tiene el foco siempre puesto en los romances de Martina, en su amor por la vida campestre y en su "buen corazón". Por eso le llovieron las críticas de los que consideraron a su libro una novela que supo obviar la faceta federal y su lucha en las montoneras junto a Facundo Quiroga, el Chacho Peñaloza y Felipe Varela.
Antes de Echagüe, el sanjuanino Pedro Desiderio Quiroga escribió sobre la vida de Martina, dijo que se fue de San Juan con un enviado de Facundo Quiroga que reclutó alguna gente en la provincia para enviarla al Norte. Se transformó rápidamente en una guerrillera de caballería de óptima formación.
Combatió en Ciudadela, Tucumán, en 1831, a las órdenes de Quiroga. Volvió a San Juan más tarde y acá no halló más que desolación, dice Quiroga. No encontró a su gente ya que había una total desestructuración del grupo campesino indígena, se los habían llevado a otras partes y muchos habían huido. Fue entonces, según este autor, cuando Martina se dedicó a robar.
El historiador Daniel Illanes, nacido en Buenos Aires pero sanjuanino por adopción, escribió sobre Martina en su ‘Historia de San Juan’. "Aprendió destrezas entonces limitadas a los hombres. Sabía rastrear. La imagen que se instaló de ella fue la de una mujer travestida de 'gaucho'. Aclaremos que no es excepcional ni extraño que las mujeres conocieran estas destrezas. Estaban prohibidas para ellas, que es otra cosa. Tuvo una tremenda rebeldía frente a su realidad social y frente a su posición ante el género", dice Illanes.
Luego de dejar la montonera de Quiroga, después de la muerte de éste, Martina se incorpora a la resistencia de Pie de Palo, transformándose en jefa de una banda de salteadores.
Illanes resume que Martina colaboró con Benavidez y Aldao, peleando en la batalla de Angaco y en el combate de La Chacarilla, contra las fuerzas unitarias del general Mariano Acha, en 1841. En 1850, aproximadamente, se dedicaba a trabajos de baqueana, y rastreadora, buscaba animales perdidos. "Dicen que los escondía para después buscarlos, para lo cual cobraba un rescate. Se le inventó un romance con un gaucho imaginario llamado Cruz Cuero. A todas luces se ve que ese es un nombre imaginario, usado por Pedro Echagüe, un unitario, que al combinar las expresiones cruz y cuero, relaciona el nivel ideológico (cruz, catolicismo), con la producción (cuero), para caracterizar una época en dos palabras. Ideología novelada”, asegura el Profesor en su libro.
Destaca a Martina como una mujer de una gran osadía sexual. “Raptó a un grandote en el Pueblo Viejo (Concepción), después de bolearle el caballo, y se lo llevó a Papagallos (Mendoza). Se robó vino, aguardiente y guitarra", según Illanes, para celebrar.
Este profesor de Historia –fallecido en 2012-, se refiere sin rodeos a la sexualidad de la Chapanay que tanto dio que hablar. “Hugo Chumbita quiere dejar a Martina a resguardo de prejuicios homofóbicos y dice: 'Lejos de las inclinaciones homosexuales que podrían hacer presumir sus hábitos varoniles, todo indica que Martina se sentía mujer, lo que no le impedía adoptar en el amor actitudes dominantes. En su vida aventurera no mantuvo relaciones estables de pareja, y no hay ningún dato que permita suponer que tuvo hijos'”.
Illanes analiza: "Lo que dice Chumbita es absurdo y anticuado. Una mujer bisexual u homosexual, se siente mujer aunque se sienta atraída por personas de su mismo sexo. Y además, es ridículo pensar que una mujer dedicada a acciones militares irregulares, y a acciones de bandidaje solitario o en banda, pudiera haber sido un ama de casa, reducida al dominio patriarcal. Toda lucha de la mujer, a escala genérica y a escala social, es una lucha contra el patriarcalismo, y en esa lucha está la apropiación de símbolos (como la ropa)”.
Y cierra: “Echagüe dice que la mató un puma, o que la picó una serpiente. Parece que murió en Mogna. Otros dicen que está enterrada en Zonda".
También escribió sobre Martina Fernando Mó en sus libros "Cosas de San Juan", con apoyo referencial en el libro de Echagüe, pero ampliando los aspectos de sus luchas federales. Mó termina confesando: "Cuando me decidí a escribir sobre Martina Chapanay no me atraía el personaje respecto del cual existen tan pocas referencias fidedignas, aunque suficientes para probar su existencia y desventuradas correrías. Sin embargo, al acercarme a la vida borrascosa de Martina he cobrado por ella simpatía... Sería mezquino no recordar que conquistó gran popularidad entre la soldadesca, el campesinado y también entre las familias cuyanas, particularmente de San Juan, donde hasta ahora suele apodarse Martina Chapanay a las mujeres mandonas y rebeldes".
José Casas, jachallero, sociólogo e investigador, también ha escrito sobre Martina en su libro "Mogna, el pueblo de la travesía".
Casas refiere que después de muchas andanzas, Martina regresó a su pueblo y éste ya no existía, con el tiempo terminó refugiándose en Mogna donde existía aún el pueblo indio.
"Los gauchos rebeldes no podían ser bien tratados por la historiografía oficial. Pero así como se los detracta, también se trata de pintar un cuadro de arrepentimiento, de actos ‘de redención’, tal que podrían ser aceptados en la consideración social. Se teje una leyenda con respecto a Martina, en la cual, ya anciana, devuelve las joyas que un compinche suyo habría robado de la capilla de Mogna, como aparece en la novela de Echagüe, tratándola de hacer pasable para las clases ilustradas. Se dice que en sus últimos años colaboró con las autoridades, denunciado a los gauchos alzados, pero en realidad era vigilada y vista con desconfianza".
Luego la describe como "un personaje singular pero también fue un arquetipo de la travesía; como gaucho fue un rebelde propio de la época, como indio era característico que viva al borde de la civilización: es marginada y marginal a la vez. Y como mujer combatiente fue una excepción para su época”.
Casas la destaca como uno de los jinetes rebeldes de Chumbita, uno de los últimos indígenas gauchos que combatieron. Fue una de los últimos gauchos rebeldes de las montoneras; cuando estas fueron derrotadas, quedaron gauchos en las travesías como los últimos representantes de una época que terminaba con ellos, ya que después el gaucho se iría convirtiendo paulatinamente en obrero rural y ya en el siglo siguiente en obrero industrial urbano. Quedaban fuera de la sociedad civilizada, del país que se constituyó sobre la base de la dominación porteña y del poder de los terratenientes, analiza el Sociólogo.
“Fue la gaucha-gaucho, la mujer-hombre, arrojada y valiente. Fue la gaucha rebelde que se convirtió en mujer samaritana. Fue la gaucha cerril que se convirtió en santa gaucha. Fue el gaucho de la región andina y de la travesía. Martina Chapanay fue expresión del valor y capacidad de la mujer de la travesía".
Otros autores
La apasionante vida de esta mujer ha inspirado a varios escritores del país. Le dedicaron libros Mabel Pagano, y su "Martina, montonera del Zonda"; Hugo Chumbita escribió sobre ella en "Historia del bandolerismo social en la Argentina"; Felipe Pigna también le dedica unas páginas en su "Mujeres tenían que ser"; y hasta algunos autores mendocinos la ubican dentro de la historia de la vecina provincia, como Urbano Ozan, en su "Estampas de Mendoza que se fue".
Pero no hay lugar a confusión sobre su origen: En 1811, cuando se estima que nació Martina, San Juan tenían otros límites territoriales, que cambiaron en 1934 con el nuevo mapa del Instituto Geográfico Militar, el que, según el historiador Horacio Videla, "hachó" el mapa de San Juan. Grandes extensiones de tierra de las Lagunas de Guanacache, donde nació nuestra heroína, pasaron a figurar desde ese año como mendocinas.
Hilario Cuadros, otro mendocino, la inmortalizó en una cueca que dice: "En 1811 nació una linda cuyana / Entre cedrones, tomillos, toronjiles y pichanas... Fue Martina Chapanay / La nobleza del lugar / Cuyanita buena de cara morena / Valiente y serena / No te han de olvidar".
Sinónimo de ‘macho’
Al menos hasta la década del '70, algunas las madres sanjuaninas solían decirles "Martina Chapanay" a sus hijas cuando su comportamiento se alejaba de lo 'esperable' para una mujercita, es decir cuando decían malas palabras o dedicaban más tiempo a jugar a la pelota y a trepar árboles que a las muñecas. Por eso muchas crecieron con la idea de la 'Chapanay' como sinónimo de la 'Marimacho' inculcada por la época.
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Escuelas hay con el nombre de Martina Chapanay, una en San Juan, Educación Especial Múltiple de Chimbas; y una en Mendoza, Escuela, Nivel Inicial, EGB1, EGB2, EGB3, en Guaymallén.
Sus últimos momentos
-¡Padre!, exclamó, siento que mi fin también se acerca. He sido criminal, pero hice cuanto pude por reparar mis faltas y confío en la misericordia infinita de Dios... la mensajera con la que mandé a buscar el cura de Jáchal no vuelve y mis fuerzas se acaban... deseo que su paternidad me oiga en confesión.
Lo hizo así el sacerdote y cuando la enferma hubo cumplido penosamente con el precepto cristiano pues su vida se extinguía sin remedio, le indicó al confesor un cinturón que guardaba bajo la almohada. Dentro de un bolsillo estaban las caravanas de la Virgen de Loreto y 50 onzas de oro.
-Llévelas padre, junto con el crucifijo, alcanzó a decir la Chapanay con voz apenas perceptible, devuélvaselas a la Santa Virgen”. (Pedro Echagüe: La Chapanay)