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domingo 5 de abril de 2026

por amor y por las ollas

De La Habana a San Juan

Antonio Aguilar es uno de los cubanos más conocidos viviendo en la Provincia. Llegó invitado por una sanjuanina y terminó casado con otra. Su hogar es un retazo habanero donde conviven alusiones políticas y artísticas de la Isla y donde pueden degustarse platos de su país. Por Miriam Walter.
Por Redacción Tiempo de San Juan

 

Por Miriam Walter
mwalter@tiempodesanjuan.com

Nació en La Habana el 4 de noviembre de 1948, por eso vivió la Revolución Cubana de cerca, cuando tenía 11 años. En su living de San Juan, donde vive hace 12 años, a 6.251 kilómetros de su ciudad natal, tiene un retrato gigante del Che, a quien admira, pero a Fidel Castro no lo puede ni ver. Todavía habla como cubano, toma ron a la siesta como cubano, cocina como cubano y siente una hiriente nostalgia por la Isla. Pero no se arrepiente de haber dejado atrás su casa en la ciudad de Regla, y quedar lejos de su padre que con 93 años lo extraña y lejos de los salones donde bailaba salsa, para desembarcar en un país que cuando él llegó en 2001, ardía en crisis.
En la casona con aire antiguo de calle Santiago del Estero, donde vive, se respira Cuba. Banderas, escudos, cuadros con paisajes de El Malecón y de Habana Vieja, fotos de Celia Cruz mechadas con las imágenes de pobladas juntadas, de esas con gente de la comunidad y con ocasionales comensales curiosos de la gastronomía habanera que hubo alguna vez en ese patio sanjuanino, hoy vetusto y donde apenas ladran dos perros.
“La revolución no fue un día, fue un año, antes de que ellos triunfaran La Habana vivía una tensión muy fuerte. Tanto así, que los niños de mi edad la sintieron como un sitio donde se vive en guerra. Mis padres, como todo el mundo, cuando llegó Fidel compartían, pero después fue otro cuento”, dice.
Hijo de Heriberto Aguilar, un tejedor de tela y luego empleado de una empresa trasnacional, y de Amable Estrella Hernández (murió hace un par de años), Antonio tiene dos hermanos de sangre y tres medio hermanos, varios viviendo en Estados Unidos.
“Con Fidel fue lo mismo, salimos de una dictadura de derecha para entrar en una dictadura de izquierda y la que más ha durado es la de izquierda. Hay cosas del sistema que son rescatables, como los gastos que hizo en salud, en educación, aunque a ambos sectores los monopolizó a su manera”, sigue reflexionando.
“La Habana vivió una tensión inmensa el día del bombardeo (el ataque norteamericano de abril de 1961), yo tenía como 12 o 13 años, El Malecón y los hoteles y los centros de trabajo se llenaron de armamento, marchaba diariamente la milicia por la calle. Los rusos se metieron en Cuba, vino el bloqueo, pero el Estado Cubano intervino todas las propiedades norteamericanas, nosotros hemos sufrido muchos gobierno militares, empezando por (Gerardo) Machado, (Fulgencio) Batista y Fidel”, dice.
El cubano guarda con recelo esos días en su mente: “De niño me quedó marcado los fusilamientos. Daba mucha impresión ver a un tipo rematarlo a otro en la televisión, la Revolución juzgó a los criminales de guerra frente a la televisión, hubo bastantes, y los primeros se hicieron a manera ejemplificadora, para que la gente viera hasta dónde era capaz la Revolución. Era muy feo”.    
 Así, Antonio se acuerda de la Cuba pre y post Fidel. Su vida cotidiana se transformó por completo. Recuerda que “empezamos a usar la libreta de racionamiento, fue muy difícil implementarla, inclusive antes de que eso apareciera, la gente viendo el conflicto empezó a acaparar comida, y se creó una ley y lo quitaban. Después vino la prohibición de ganado y de leche con la reforma agraria, nos dieron con el martillo en la cabeza porque había que venderle al Estado y al precio que ellos quisieran. A mis padres les intervinieron 6 apartamentos y 2 maxikioscos que allá se llaman bodegas, sin ningún tipo de retribución. A mi padre, por ser empleado de una empresa norteamericana lo metieron preso como una garantía mientras duró la invasión, mientras que antes de que eso sucediera mis padres lucharon por la Revolución, pero luego de que se fue nacionalizando todo, fueron limitando las posibilidades del individuo. A nosotros de niños nos cambiaron el esquema de pensamiento en la escuela”.
Antonio se acuerda de que no llevaba muchos años Fidel Castro en el poder y ya su padre estaba viendo cómo sacar a sus hijos de Cuba, disconforme con el sistema. Entonces estaba el operativo Peter Pan que organizó clandestinamente la CIA con la Iglesia a principios de los ’60 y por el cual 14 mil niños fueron llevados de Cuba a Estados Unidos. Pero al padre de Antonio no le convencía ese plan.
Aguilar estuvo en Cuba hasta los 52 años. “A mí me respetaron. Tú te puedes convertir en un traidor  y tirarles las patas, pero yo no, hasta en los momentos que estuve más cómodo trabajando con  el Gobierno o después de los ’90 cuando tuve un empleo clandestino y producía yogur, manteca y queso. Porque tienes que desarrollar otras actividades, porque con lo que tú ganas no sobrepasas las necesidades económicas que tú tienes”.
Para el Estado cubano Antonio trabajó primero como técnico de televisión y luego en un buque de investigación con el cual navegaba fuera de las aguas de la Isla, hacia el Norte del planeta, recabando información para mejorar la pesca. Cuando estuvo haciendo lo de los lácteos, le intervinieron el negocio, lo multaron y lo metieron preso. Eso lo llevó a abandonar su país.

La segunda Patria

“Hace mucho tiempo atrás negaban las salidas. Pero se las niegan a los tipos que están comprometidos con el Estado, los que se especializan como los radiólogos, pilotos, que el Estado gastó mucho pa’ formarlo. Pero con la gente común ha cambiado un poco, se puede salir con invitación y a los 11 meses caduca el permiso. Si no te regresas, te dan baja, no eres más cubano”, explica. 
Antonio dice que lo pensó mucho antes de irse de la Isla. “Mis padres me aconsejaron que me vaya. Cuando nosotros estamos aquí, podemos mandar una pequeña pensión, he mandado ropa, medicamentos, ayudarlos a que no la pasen mal. Mis hermanos hacen lo mismo desde Miami”.
El cubano había conocido a una sanjuanina que había ido de turista y lo invitó a Argentina. Pasó derecho desde La Habana a San Juan, con todos los papeles. Llegó a un país que estaba en ruinas, el mismo año que De La Rúa escapaba por los techos. Su relación con la sanjuanina que lo trajo no funcionó pero encontró luego el amor con otra mujer de San Juan, con quien terminó casado y por lo cual obtuvo la ciudadanía argentina.
“Yo me imaginaba llegando a San Juan a hacer cualquier cosa. Empecé reparando equipos electrónicos, después trabajé en una lomitería que tenía un amigo cubano, de mozo y cocinando, después estuve en un restorán de comida latinoamericana, de barman”, cuenta.
La casa sobre Santiago del Estero que le prestó un amigo se convirtió en un “paladar”, nombre con el que en Cuba se designa a los restaurantes montados y dirigidos por cuentapropistas. Tuvo épocas a patio lleno, pero ahora Antonio, con algunos problemas de salud, se limita a manejar una pequeña rotisería y de vez en cuando se pueden adquirir platos cubanos como pollo ahumado y festeja con los salseros cuando es su cumpleaños.
Cuenta que se casó tres veces y que tiene dos hijos del primer matrimonio, Leniel Antonio de 42 que es licenciado en Deportes y vive en Cuba, y Marco Antonio de 36 años. “Al más grande le va bien, está enamorado de sus nenes. Vino a visitarme y recorrió hasta La Quiaca. Ahora el más chico vino a vivir a San Juan. Le gusta el arte, es pintor. Y remata: “Se sufre mucho, la nostalgia te estrangula, es más que lo que yo pensaba. Hasta tengo nostalgia de mis plantas. Pero acá tengo una familia bonita que me ha dado mucho”.

Textuales

“A mí me gusta San Juan pero nada que ver con Cuba. Yo amo Cuba”.

“Para mí Fidel no es igual al Che. ¿Por qué? Lo resumo con una reflexión:  Estoy aquí por mis ideas pero soy tan sencillo como vos, la diferencia: los huevos. Yo fui tras mi sueño y tú aún no despiertas”.

“Nosotros los cubanos decimos que los gatos son comunistas cuando nacen, hasta que a los 7 días abren los ojos”.

Dato

Antonio dice que hace una década en San Juan la comunidad cubana tenía unos 30 miembros pero que ahora estima que esa cifra ha disminuido a casi la mitad.

 

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