Por Natalia Caballero
No dan puntada sin hilo
Cuando comenzaban a aparecer los primeros pelos en las piernas, los adolescentes ya creciditos tenían como cita obligada ir al sastre. Los pobres pibes andaban luciendo pantalones cortos hasta los 14 o 15 años, la única excepción eran los turcos que debido a su herencia la llegada del pantalón largo era más anticipada. Así recuerdan entre risas dos de los sastres que siguen trabajando en la actualidad, Juan José Funes y Vicente Scarpitta, lo que pasaba antaño.
Un taller que parece estancado en el tiempo, con planchas que pesan más de 10 kilos, máquinas de coser viejas, mesones gastados ya de tanto trabajo sobre ellos. Así luce el lugar que alberga a dos de los pocos sastres que siguen adelante con el oficio en la actualidad. Impulsados por un trabajo cada vez menos solicitado, ambos decidieron montar un taller en conjunto para así evitar grandes gastos de alquiler.
El local de calle San Luis antes de Mendoza está abierto desde las 9 hasta las 13 y en la tarde, poco antes de las 16 abre sus puertas. Allí, se puede observar un desfile de hombres de más de 70 años, porque los más jóvenes optan por los trajes de confección antes que los hechos a medida, reflexionan.
Todos lo conocen por el apellido. ¡Buen día Funes! le dicen los clientes cuando entran al salón, acondicionado por él. Juan José Funes tiene 74 años, es sanjuanino, oriundo de Concepción. Su primer acercamiento al oficio fue a los 8 años, cuando comenzó a aprender de la mano del sastre Alfredo Roldán. “Antes no elegías la profesión, los viejos directamente te llevaban”, contó el hombre. Con tan solo 12 años ya era ayudante de sastre. Al mismo tiempo que aprendía a manejar el dedal y la máquina de coser, Juan José iba a la escuela.
En 1950 Funes empezó a trabajar en The Sportman, aquel mítico negocio al que concurría la mayor parte de los hombres sanjuaninos. El local comercial era muy popular porque no sólo ofrecían trajes de paño inglés para las clases más adineradas sino también vendían trajes a medida en cuotas para la clase trabajadora. “En el taller del Sportman trabajábamos 15 personas al mando de Jaime Comas”, contó el sastre.
A los 18 años, Juan José se independizó y comenzó a hacer trajes a medida por su cuenta. Lo mismo, la mayor parte de los trajes tenían como destino The Sportman. “El año 1964 fue bisagra porque en ese momento aparecieron los trajes de confección, que por sus bajos precios desplazaron a los de medida. Fue justamente en la década del ’60 cuando la sastrería empezó a extinguirse como oficio”, relata el trabajador de memoria puntillosa.
Debido a las bajas ventas, Funes se alejó de la actividad en 1973. Durante 30 años se dedicó a otros trabajos que nada tenían que ver con la sastrería. Aunque su vida estaba muy lejos de las máquinas de coser, su pasión por la confección nunca se apagó. ¿Qué le gusta de la profesión? “Que es un constante reinventar”, señala el hombre. En el 2003, poco antes de jubilarse (aunque igual sigue trabajando todos los días), Funes volvió con todo a la casa comercial que le dio su primera oportunidad en el mundillo de la sastrería, The Sportman.
Con 65 años le dijo adiós a la labor en el comercio. Apenas se jubiló se juntó con su colega, Vicente Scarpitta, y fundaron los dos un taller.
“Cada paso es un nuevo comienzo, una nueva manera de pensar las cosas para que el resultado final sea el óptimo. Me gusta ser sastre”, concluyó Funes.
De peluquero a sastre
Tiene 88 años y sigue trabajando. Aquella profesión que aprendió hace 74 años sigue siendo parte del sustento con el que se mantiene Vicente Scarpitta, un italiano que llegó desde Sicilia a Argentina en 1925. El primer acercamiento al mundo del trabajo no fue justamente en la sastrería. El primer oficio que aprendió fue peluquería. Era casi una regla de oro que los hijos de inmigrantes no muy adinerados estudiaran peluquería en los años ’30. “Estuve de aprendiz en La Báscula, una peluquería ubicada en Libertador y España”, narró Scarpitta.
Su vinculación con la sastrería fue de casualidad. A los 15 años su padre lo llevó a Pedro Corletto, un conocido sastre de la época. El hombre le sugirió que estudiara sastrería, que era un buen oficio. A su padre Antonio le pareció una buena idea y allí comenzó un camino sin retorno. “Yo nunca quise ser sastre, quería ser mecánico, me llamaba la atención las partes de los autos que habían en ese entonces. Pero mi mamá me dijo que no porque era un trabajo muy sucio, así que por eso me dediqué a otras cosas”, relata Vicente.
Corletto fue su primer maestro y Mariano Constanza el segundo. Todo marchaba sobre rieles hasta que el terremoto del ’44 dejó a miles de jóvenes sin trabajo en la provincia. Cuando el 16 de enero se hizo presente en el local donde trabajaba, sólo quedaban algunas paredes. “Me fui a Buenos Aires, acá no había nada. En la Capital viví en un conventillo y me especialicé en sastrería en la academia Arbiter”, contó Scarpitta. En aquella provincia, se empapó de las nuevas tendencias que trajo a San Juan. “Hacía tres trajes por semana, un récord”, recuerda.
En diciembre del ’44 volvió a San Juan. Hasta 1956 siguió trabajando con Constanza. Ese año fue clave en su carrera porque se independizó. Un mostrador de primera calidad, una plancha, reglas, centímetros, una máquina de coser y un catálogo de telas; esas fueron las primeras herramientas que tenía en el taller que abrió. Muchos fueron los locales por donde anduvo Vicente. Pero sin dudas, el de la galería Rivadavia fue en el que más duró, fueron nada más y nada menos que 22 años. Fue en ese sitio donde se conoció con Funes y ambos decidieron trabajar en conjunto.
Vicente tiene 4 hijas mujeres y 8 nietos. Nadie siguió sus pasos en la sastrería. “Mejor, ahora se morirían de hambre”, señala Vicente, que lleva 70 años ininterrumpidos con el dedal en mano.
Gajes del oficio
*Dedicándole 8 horas diarias, hacer un traje demora tres semanas.
*Los pantalones no lo hacen los sastres, sino pantaloneras. Ahora hay solo dos en San Juan.
*Todos los trajes pasan por la tintorería antes de ser entregados.
*Un traje a medida con chaleco cuesta $1.700 (con tela incluida). El costo de un sobretodo va de los $2.000 a los $3.000, dependiendo de la tela (el paño inglés es el más caro).