Su actividad no se inició en la política, sino con tareas sociales vinculadas a grupos de la iglesia católica, y con 14 años formaba parte de la acción católica de Villa Krause. Pero Raúl Cano provenía de una familia peronista, voceros de la resistencia. Su padre, Marcelo Cano, más conocido como el cantante de tango Carlitos Aguirre, realizaba tareas gremiales en Foeva, el gremio vitivinícola. Su madre, la famosa locutora y conductora Sarita Valle, figuró en la lista del peronismo con la fórmula Lorenzo-Bravo como candidata a diputada. En la casa de los Cano-Valle siempre hubo actividad política y “solidaria”.
El fundador de la JUP
En el año ’72, cuando se propuso la creación de la Universidad Nacional Cano fue uno de los fundadores de la Juventud Universitaria Peronista (JUP), el mismo grupo de la GAD pero ya con entidad política. Y otra vez ganaron el Centro de Estudiantes, los cuerpos de delgados y Cano era el presidente de la JUP, esta alta exposición fue la que le valió su detención. La primera fue en 1975 y la segunda en 1976.
El 27 de marzo del ’76 a la 1,40 de la mañana, ingresó el Ejército en casa de los padres de Raúl donde vivía junto a su esposa que estaba embarazada de 5 meses. Los soldados dieron vuelta la casa y dejaron un acta de allanamiento firmada por jefe del RIM 22 donde decían que “no había novedades”. La novedad era que se habían llevado a Raúl que tenía 23 años. Atado y encapuchado lo subieron a un camión y lo llevaron a la ex legislatura –ver página 14-.
En ese edificio estuvo 3 o 4 días y luego fue trasladado a un pabellón del Regimiento de Infantería RIM 22. Pero como él tenía causa federal por “presunta asociación ilícita, presunta infracción a la ley de seguridad nacional”, cuando lo torturaron y “se pasaron de vuelta”, alguno dijo ‘ojo con este que tiene causa federal’, es decir que no se podía morir ahí. Durante esa tortura Raúl tuvo una seria descompensación, le aplicaron el submarino, una tortura en la que metían la cabeza del detenido en agua hasta el ahogo. La capucha, atada al cuello con un cordón, se le llenó de agua y ésta no salía, se ahogó, tuvieron que sacarle la capucha y revivirlo. No recuerda cuantos días estuvo en el RIM, 4 o 5 días, luego lo trasladaron al Penal de Chimbas, donde estuvo desde abril a diciembre del ’76. Ese mes lo trasladaron junto a un grupo en un colectivo del Ejército a Mendoza, amarrado y sin capucha. Los llevaron al Plumerillo donde también llegaron detenidos de San Luis y La Rioja; los dejaron en un hangar que conocía bien porque había realizado el servicio militar en la brigada aérea y conocía la base. Los subieron a un Hércules, eran como 150 y ocupaban casi todo el avión, y los trasladaron a Buenos Aires. A Cano lo mandaron a la Unidad 9 de La Plata, donde estuvo hasta fines noviembre del ’81 cuando lo liberan bajo vigilancia, y recién entonces pudo volver a San Juan. “Me fui con medio hijo y cuando volví lo llevé al jardín, sólo lo vi dos veces en esos 5 años, pero el chango me reconoció sin conocerme, ‘ahí viene el papi’ le dijo a su mamá, una cosa fantástica. A mi esposa, Alicia, la detuvieron una semana por ser mi mujer, pero ella no tenia actividad política y la soltaron”, dijo Cano. Luego agregó: “mi señora es una gringa fuerte, si no estuviera ella no estaría vivo. Sufrió mucho y sólo tenía a su hijo para aferrarse; a la cárcel que fui allá fue ella, por amor, si no, no se hacen las cosas”.
Cuando volvió, vivía en un departamento ubicado en La Rioja y Laprida, y dos veces por semana se presentaba en la Central de Policía donde firmaba un libro, también tenía custodia en la puerta de su casa. En ese periodo tenía prohibida la actividad política, pero buscaba la forma de mantenerse informado.
A mediados del ’82 desde la Central le dijeron que escribiera una opinión sobre el conflicto de Malvinas. Cano presentó su escrito y le dijeron: ‘no compartimos lo que sostiene, pero está en libertad’. Ahí termino su vigilancia.
Esta semana, Cano declaró en el marco del juicio contra delitos de Lesa Humanidad que se desarrolla en San Juan, donde contó esta historia que por primera vez relató a un medio. “Es un sentimiento de gran alegría poder declarar, uno puede decir lo que pasó por otros que no están. Me parece importante que tenga esta posibilidad y esto permite la democracia. Yo le dije al juez que ni por venganza ni por bronca, sino porque no pueden hablar los que no están, mis amigos que no tengo, María Luisa Alvarado Cruz, Enzo Mazitelli, Jorge Bonil, Juan Gutiérrez, el Negro Britos, Juan Poblete… no tengo amigos de mi generación, no están”.
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