Empresario: Alejandro Prados

“Mi secreto es no tener secreto”

Hace 24 años abrió un pequeño salón donde empezó a vender los pollos que criaba su padre. Hoy es el referente de los pollos rellenos en San Juan, los que vende desde su supermercado y también en el Patio Alvear. Asegura que todo lo que hace es escuchar a la gente y dar lo mejor.
miércoles, 04 de enero de 2012 · 11:12

Por Viviana Pastor
vivipastor@tiempodesanjuan.com

Dice que tuvo mucha suerte, intuición y ayuda de Dios. Asegura que todo lo logró gracias a su tesón y que su secreto es no tener secreto. Antonio Alejandro Prados es el dueño de Avícola Supermercado Myriam que desde hace algunos años es referente los pollos rellenos más deliciosos de San Juan. Además, es propietario de un local de comidas en Patio Alvear. El local propio, sobre Libertador pasando Circunvalación, lo amplió en plena crisis de 2001 y cinco años antes le había ganado la pulseada a los monstruos de las cadenas nacionales.

Todo empezó hace 24 años, cuando siendo estudiante de ingeniería, Alejandro decidió abrir un local sobre avenida Libertador y López Mansilla, para vender pollos y huevos de la granja que criaba su padre, Antonio Prados. “Mi idea era mantener el estudio y trabajar, pero no pude seguir estudiando. Con 20 años ya quería echar raíces y sabía que eso no era la facultad, no tenía la meta de ser el ingeniero y en cambio no quería abandonar el negocio. Me atraía mucho la parte comercial, mis padres no querían que dejara de estudiar pero no me arrepentí nunca, Dios me ayudó y tuve suerte. Todo fue para bien”, cuenta Prados.

Los pollos y la venta era algo que había incorporado de niño, cuando Alejandro tenía 3 años su padre comenzó criar y vender pollos y huevos en Pocito, donde vivían. Después se  mudaron a Rawson y el negocio pasó a ser de pollos faenados. “De pollos se mucho porque cuando yo era muy chico mi padre ya era productor. Vivíamos en la granja donde se criaban los animales así que conozco todo el proceso de alimentación, de faenado, lo viví a eso así que hoy, con sólo ver la piel del pollo yo sé cuándo está fresco o no”, asegura.

Los Prados tenían un local al lado de la Gruta de Fátima; después la familia se mudó al barrio Sarmiento y doña María Fernández, mamá de Alejandro, comenzó a vender las supremas crudas y sumó algo de almacén al negocio familia que se llamaba Avícola Myriam, nombre de la hermana, y que él quiso conservar para su negocio.

La historia de la independencia comercial comenzó en 1987 en salón alquilado, y en el ‘90 se traslada al actual punto sobre Libertador, después de insistir mucho al dueño para que le venda ese terreno. “Cuando comenzamos éramos Mario Gee y yo y ahora somos casi 50. Nos fuimos haciendo con el criterio de buscar cuál era la necesidad de la gente y encontrando nichos sin querer. Escuchando los consejos de la gente se agregó la parte de fiambrería, mercadería, después las milanesas preparadas y supremas. Por eso si me preguntan cómo se hizo, no tengo secreto, no tengo una fórmula”, asegura sin saber que ya estaba dando su fórmula.

Prados cuenta con mucha pasión sus inicios hasta que suena el celular. El ringtone es especial y sabe que se trata de su hija Sabrina, así que pide hacer una pausa para atenderla. Sabri tiene 14 años, “es lo más hermoso que tengo”, asegura. Las fotos de la hija abanderada del colegio y en varias etapas de su niñez, abundan en la pequeña oficina de Alejandro atiborrada de papeles.

Retoma el relato ya en el nuevo local propio y cuenta la primera gran batalla: En el ‘93 se instala Dilbas justo enfrente. “Fue una lucha grande”, recuerda, después,  en el ‘95 se vende Dilbas a Vea y el desafío fue mayor. “El mostrador me ayudó muchísimo, cuando estaba detrás me engrandecía, me daba fuerzas y eso mismo sin querer se lo fuimos transmitiendo a cada uno de los empleados y así se fue formando este equipo”, dice. 

El famoso pollo relleno se empezó a vender crudo y por pedido. En el 2001 se inauguró la ampliación del local, que creció hacia atrás, hacia arriba y hacia el costado, incluso hacia abajo, en el subsuelo. “Llevábamos 5 años compitiendo con Vea y a la gente le llamó la atención de que a pesar de todo creciéramos; nos agrandamos más del doble y eso se notó mucho”, cuenta el empresario.

Entonces vino un nuevo desafío, vender las supremas y el pollo cocido. La gente lo pedía pero para Alejandro significaba un salto enorme y no quería equivocarse, sin embargo aceptó el reto y comenzaron a vender comidas preparadas. “Esto siempre estuvo muy regenteado por mi madre, una española a la que siempre le gustó mucho hacer de comer y todavía la tenemos por acá todos los días secándonos la mente probando todos los picadillos y las salsas”, relata.

Cuando llegó la última cadena, el Wal Mart, la competencia salió a pelear con los tapones de punta, pero con todos los recursos que una pyme como la de Prados no tenía. “Yo pensé ¿qué  podíamos hacer nosotros en el mismo almacén de barrio? Ahí nació la promoción de la carita feliz, donde sumando puntos premiábamos  a la gente que venía a comprar y de la cual vivimos todos los días”, dice. Este año es el quinto consecutivo que Myriam realiza la promo y su dueño asegura que los ha fortalecido. Dice que el local sigue siendo el negocio tradicional de barrio que crece gracias al apoyo de los vecinos y amigos, pero con un plus de reconocimiento más amplio: Este año la firma recibió el premio Mercurio de Oro a la Popularidad y también el premio Mercedario, de reconocimiento a la Imagen y Prestigio Empresarial. “Nos sentimos halagados que alguien piense que un lugar donde se vende azúcar y yerba también se lo busque como lugar donde se venden comidas para llevar. Queremos seguir manteniéndonos como avícola, porque somos avícola autoservicio Myriam, nuestro producto principal fue, es y será el pollo”, destaca.

En el 2009, después de rechazar muchas otras propuestas para abrir sucursales, Prados decide abrir un local de comidas en el Patio Alvear. Allí ofrece hoy 12 variedades de pollo y 30 combos de distintas carnes. “Hoy es un gran puntal para avícola Myriam y nunca lo consideramos como otro negocio sino como una extensión de este”, aclara.

Calidad, calidad y calidad

“Para mí en lo comercial no hay que tener secretos, lo mejor eso es lo que vale. Que casi siempre es un poco más alto el precio de la materia prima, pero lo vale cuando tratamos de ser confiables, porque la gente nos conoce así”, dice y convence Alejandro.

Este criterio de vender la mejor calidad lo llevó siempre a elegir los productos más nobles para sus comidas preparadas. Hace algunos años un jubilado le confesó que para las fiestas le gustaba darse el “lujo” de comerse un pollito relleno de avícola Myriam, Alejandro lo escuchó pero la importancia de esas palabras calaron hondo tiempo después. “Cuando procesé eso, se lo transmití a mi equipo, le dije al personal que tenemos que pensar en ese cliente cuando hacemos las cosas. Cuando alguien lo premia  a uno con palabras como esas, dan ganas de poner oro adentro del pollo, por eso nosotros ponemos lo mejor. Nunca dije esto antes, pero esa era la idea que tenía que transmitir a la gente que elabora la comida. Me interesa que no haya secretos. Una comida como un vitel toné tiene mayonesa, crema de leche, alcaparras, atún, anchoas, pero ¿qué mayonesa?, ¿qué alcaparras? Todo de primera marca. Y esto no es ni argumento ni nada, es la pura verdad”, asegura.

Lo mismo hacen con el pollo relleno. Y cuenta que después de varias pruebas seleccionaron el  jamón cocido que no cambia de sabor con la temperatura; el queso roquefort es el que responde mejor. Y el pollo, para quien sabe mucho de pollos, es “el mejor que se produce en San Juan”.

“Nada dejamos al azar, todo sigue siendo importante, el pollo relleno es lo emblemático, lo que en algún momento nos llevó adonde estamos y por eso ponemos tanto énfasis en que cada día salga mejor”, dice.

Otra de las cualidades que distinguen a Myriam es la excelente atención. “Siempre tuvimos el apoyo de la gente porque uno sin la gente no puede hacer nada. Yo siempre me cuestionaba que era mejor, si un buen equipo de trabajo o una buena clientela. Creo que uno tiene una buena clientela si tiene el mejor equipo de trabajo y viceversa”, destaca.

Agrega que la buena atención no es una prioridad, sino que es el “abc” del comercio, “es lo que debemos hacer, lo mismo que ofrecer la mejor calidad,  es lo que debe ser; y como decía mi padre: ‘no hay nada mejor que ser honesto’, para mí la honestidad es un buen negocio”, dice verborrágico.

¿Y por casa?

Cuando no está trabajando, que son pocas horas por día, a Alejandro le gusta salir a trotar, andar en bicicleta y hacer yoga, disciplina que practica desde hace varios años.

Se define como un tipo muy familiero y un enamorado de la vida, “me gusta estrujarla a la vida,  vivir al máximo”, asegura. Pero apenas comienza a hablar de él, salta otra vez la pasión por el trabajo: “Disfruto mucho todo lo que hago, me gustan los desafíos, uno vive de lo económico y hoy somos 50 personas que vivimos de esto. Es lindo vender pollo relleno como pan caliente y ver cómo tanta gente puede confiar en nosotros y desearnos felices fiestas con tanta algarabía y tanto amor y eso pasa con todos, los asiduos y no asiduos. Nos damos cuenta que algo nos iluminó y que siga siendo así porque eso nos llena en todo sentido”, sentencia.

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