Doña Agueda cumple 105 años

La mujer sin tiempo

Este jueves se juntará a festejar con su familia. Sin embargo, a los quehaceres de su casa no los cambia por nada: Lava, plancha y pasa el lampazo a diario. Además sin saber leer ni escribir, viajó dos veces a los Estados Unidos. Así es la vida de Agueda Avellaneda a sus 104 años. Por Carla Acosta.
martes, 03 de enero de 2012 · 10:21

Por Carla Acosta
Tiempo de San Juan

 “Está limpiando, por eso está a mil por hora”, comentó su nieta Laura al ingresar a su casa.
Pelo blanco, remera mangas cortas, pollera floreada, delantal marrón y una simpatía radiante mostró ante la presencia de los periodistas de Tiempo de San Juan. No es la primera vez que le hacen  una nota. Anteriormente habló con una radio para sus cumpleaños, aunque su nieta aclaró: “A ella no le gustan mucho las notas ni aparecer en televisión”.  La llamó y le comentó sobre la entrevista, ella sin ningún problema accedió y con gusto se sentó en su silla blanca para hablar sobre su larga vida.
A simple vista Agueda Avellaneda aparenta no más de 80 años, una postura firme y un rostro fresco.  Pero la realidad es que esa señora que anda de un lado para el otro está por cumplir 105 años este jueves 5 de enero. Es viuda, su compañero Justo Saavedra falleció hace más de 20 años y es mamá de 4 hijos: Elsa, Germán, Mario e Irma, la cual falleció hace unos años. En su hogar vive con sus dos hijos varones y con su nieta Laura, quien la acompaña y ayuda en los quehaceres de la casa.
Antes de comenzar a contar su historia, dijo lo siguiente: “Nadie puede creer la edad que tengo, son años prestados que me da el Señor para cuidar a mi familia. Pero cualquier día me las pico y ellos quedan solos”.
Según comentó Laura en su DNI figura que tiene 95 años, pero la partida de nacimiento dice que nació el 5 de enero de 1907. “Lo que cuenta la abuela es que la asentaron cuando tenía 9 años. Y todos los papeles los tenía un hermano. Ella es la única viva de sus diez hermanos, así fue imposible dar con los papeles y volver a asentarla con su verdadera edad”, cuenta.
Asegura que no es de salir mucho y que sus días los pasa en su casa ordenando, planchando y lavando la ropa de sus hijos. También disfruta estar con su familia. Tiene 12 nietos, 10 bisnietos y 1 tataranieto de dos años. Una mujer protectora que dice llamar tesoro a cada miembro de su familia.
Cada día Agueda se levanta a las 9 de la mañana directamente a limpiar. Dejar impecable los pisos, plancha la ropa de trabajo del hijo y sobre todo lava, no con lavarropas, si no a mano. Los domingos la acompaña su familia para almorzar y charlar. Cuenta que sus hijos son los encargados de la comida, ella sólo se dedica a la casa y a ellos. Antes cocinaba, ahora no. Ella prefiere dejar todo limpio y que Germán se encargue de la comida. Su nieta cuenta que una vez contrataron a una chica para que limpiara tres veces por semana, pero duró un día. La abuela no quiere que nadie la ayude. Y cuando sus hijos le dicen que pare un poco, ella se enoja. Tiene un carácter fuerte y a su edad no hay quién la dome.
De salud siempre estuvo diez puntos, según cuentan sus familiares. El golpe más fuerte que recibió fue cuando falleció su hija Irma. Pero con el apoyo y cariño de su grupo logró salir adelante. Hace poco estuvo enferma por culpa del planchado. El vapor de la plancha le hizo mal y su pecho estuvo muy cargado.
Había pasado una hora y media de charla con los periodistas de Tiempo de San Juan y la abuela se empezó a poner nerviosa. Claro, tenía cosas que hacer. Debía lavar las camisas a sus hijos.
Confiesa que desde chica fue un varoncito más. Le gusta el trabajo brusco y pesado. Además pasa horas mirando fútbol y boxeo, sus deportes favoritos.
Sin saber leer ni escribir, en los años 80 viajó dos veces a los Estados Unidos a visitar a sus dos hijos, quiénes trabajaban en Norteamérica. El primer viaje lo hizo a Miami acompañada su compañero de vida. El segundo partió sola desde Argentina: “Yo no sé leer, lo que hice fue seguir a la gente desde Argentina hasta la llegada en Estados Unidos, así fui guiándome hasta llegar a mis hijos que me esperaban”, cuenta. Confiesa que solo le dio gusto ver a sus hijos, porque mucho el país norteamericano no le agrada: “No me gustó, la gente no sabe lavar, planchar ni hacer de comer. Quieren todo hecho”.
Mientras tanto su nieta trajo una foto de los padres de Agueda. Ella la tomó, en sus ojos se vio un brillo y de inmediato besó la foto. Un momento muy emotivo, ella recordó a sus padres como grandes ejemplos a seguir. “Me gusta mirar al cielo y agradecer a Dios lo que está haciendo conmigo, esto de tener a mi familia cerca”, dice.
Es cantonista a muerte. Dice que le agradece mucho de Federico Cantoni todo lo que hizo por su familia. “En esa época fuimos felices, él y su familia nos traían zapatillas y todo lo que necesitábamos”. En un triste episodio Agueda tuvo un fuerte dolor de cabeza en la puerta de su casa de calle Lemos. No recuerda bien cómo sucedió todo. De inmediato su padre la llevó a la casa de Cantoni, ubicada a pocas cuadras y él la llevó en su auto a un consultorio. Fue una situación terrible según cuentan. Por suerte fue solo un susto.

Su infancia
Nació en Mogna, Jáchal. Allí vivió durante  varios años junto a sus padres y nueve hermanos. Mucho no recuerda, pero cuenta que sembraban trigo para vivir. Recuerda el silencio que ganaba las calles de Mogna, el ruido de las guitarras que sonaban en todo el pueblo. Había gente muy pobre. Con risas dice que antes de nacer ya trabajaba. Se levantaba muy temprano a limpiar, así cuando despertara su madre ya estaba todo impecable. No sabe leer ni escribir, en su infancia sólo trabajó para ayudar a su familia. Ellos tenían un terreno donde plantaban trigo. También tenían animales y cada tanto un pavo, gallina era su comida diaria. “Tuve una muy buena infancia, todos éramos unidos, nos queríamos mucho”. De niña su pelo era negro y hasta la cintura. Tuvo que cortárselo de adolecente por un deseo de su madre.
Luego fueron a vivir a Albardón. Donde se trasladaban en burro y muchas otras veces a pies.
Hasta que se fueron a vivir a Pocito. Ahí conoció de grande a quien fuera su esposo durante 50 años, Justo Saavedra. Ellos se conocieron en el campo. Cuenta como anécdota que ella usaba vestimenta suelta, la cabeza tapada y la fuerza humana hacía parecer que era un hombre. Relata que cuando Justo fue a pedirle la mano a su papá, ella estaba en el campo trabajando. Así la conoció su suegro, entre las espigas. Formaron una familia y se fueron a vivir a Rawson, al Barrio 4 de Junio. Mientras tanto los padres de Agueda fueron a vivir con ella y quedaron al cuidado a su cuidado.
 Su relación con su esposo fue linda. Dice que solo una vez hubo un encontronazo. Fue cuando Justo llegó a su casa con unos amigos a tomar. Ella estaba muy enojada y le aclaró que ese episodio no sucedería nunca más, de lo contrario se iba a la calle. Y fue así, que ese hecho no se volvió a repetir. Y sí,  Doña Agueda es una mujer con muy buen carácter.
Mientras la abuela hablaba, su hijo Germán llegaba a la casa. Ella lo saludó y él se sumó a la charla: “Mi mamá es la princesa de la casa” dice con cara de orgullo. Además cuenta que pese a que él y sus hermanos están grandes, su mamá no deja de darles indicaciones y estar pendiente a la hora que llegan y salen de la casa.
Hoy con casi 105 años está tramitando la jubilación. La abuela solo cobra una pensión que le dejó su marido al morir. Vive felizmente con su familia de los cuales está pendiente las 24 horas: “No puedo quejarme de dios, me dio una vida hermosa y todos nos amamos” dice.
El jueves 5 de enero cumplirá 105 años y se lo festejaran al día siguiente con una gran fiesta en su casa. Agueda Saavedra es un ejemplo de dignidad, valentía, trabajo y ganas de vivir a sus casi 105 años.


 

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