Hogar de Ancianos

150 historias de Navidad

Tiempo de San Juan rescató alguna de las historias de los abuelos que viven en el hogar Eva Perón, quienes celebran las fiestas como una gran familia.
sábado, 24 de diciembre de 2011 · 12:15

Por Ernestina Muñoz
Canal 13 San Juan

Los abuelos también esperan regalitos de Navidad. Para un grupo de 150, este 25 de diciembre el premio a una vida de tesón es la amistad y la dignidad de una mesa compartida en familia. Se trata de los residentes del Hogar Eva Perón, más conocido como el Hogar de Ancianos. Una suerte de rehabilitación emocional los contiene, cuando sus familias los han dejado a falta de recursos. Tiempo de San Juan rescató algunas de esas historias de vida en la previa a la Navidad.
Toda su vida se la pasó cuidando gente. Sobre todo a bebés prematuros. Pero ahora necesita que la cuiden a ella. Se trata de Ida Elvira Santillán, quien se acercó de a poco al hogar cuando se fue quedando sola con el paso de los años y los golpes de la vida: Su hijo murió joven, su pareja pasó a mejor  vida, como sus hermanas, incluso la última falleció este 5 de diciembre. "Por eso no creo que vaya a ser una Navidad como otras. Por ahí mi necesidad de hacer cosas por los demás, para que estén alegres no van a estar por ahora", dice. Siempre ha estado para otros. Fue enfermera universitaria y se especializó en la atención de bebés prematuros. "He sido enfermera toda la vida, siempre al frente y al lado de la persona que necesitaba", contó esta mendocina que estudió en Córdoba. Al venir a San Juan ejerció en pediatría y conoció otra faceta de su trabajo. "Yo no quería pero una persona sabia me dijo que ese era un cambio de rumbo, que Dios me ofrecía otro camino, que el paciente me iba a conversar, a pedir jugar. Realmente viví momentos increíbles", cuenta. De esa experiencia surgió su primera inquietud literaria que terminó en un libro titulado "El ángel de un niño me nombró enfermera". Así llegó a jubilarse y para el momento del retiro estaba sola. El 25 de agosto de 2009 decidió quedarse en el Hogar de Ancianos. Ese lugar al que iba de visitas, terminó siendo su casa. "Ya me quedé, pienso que para siempre", dice sin descartar otro cambio.
Ida es un nombre de origen germánico que significa laboriosa. Es lo que ha hecho siempre. No se dejó estar nunca. Siempre maquillada y bien peinada, tiene una mirada pícara que asoma por sobre sus anteojos. La voz es suave, porque "soy más de escribir". Todo lo que cuenta, con vocabulario pulido, suena a narrativa. Ha escrito su propia historia y la de su nombre. "Siempre dije que me pusieron Ida en homenaje a la amistad. Mi madre tenía una amiga que era de origen italiano. Llegó un momento que era tan grande la unión que fue un dolor tremendo cuando los padres de ella decidieron regresar a Italia. Entonces mi mamá le pidió permiso a mi padre para regalarle el cintillo de casamiento. A cambio, Ida -la amiga de su madre- le regaló su nombre que quedó para mí que venía en camino", contó la Ida local. "Yo valoro mucho la amistad e hice muchos amigos acá". Un día de Ida empieza con el orden de sus cosas en la habitación que comparte con otra señora. "Después del desayuno viene la atención de los señores que necesitan mucho.  Más que nada los que andan en andadores o no videntes. Esa ayuda acá es muy reconfortante".
De esa historia, de cómo llegó al hogar surgió su otro libro que acaba de publicar: "La soledad de la vida ya tiene su Hogar". Ida tiene el apoyo emotivo para seguir adelante. Pese a la tristeza que le nubla los ojos cuando recuerda a su hermana recientemente fallecida, Ida asegura: "no voy a aflojar, no me dejan tampoco, me llaman continuamente". Así se refiere a sus compañeros a quienes no duda en dar una mano cuando requieren de su competencia en materia de cuidados. "Ellos en la desesperación por ayudarse, porque el personal es poco, se angustian y me llaman. Todos se inclinan a ayudar a los demás. Son divinos", dice Ida, como si hablara de niños traviesos. Para esta Navidad el deseo de Ida es "que el Hogar se mantenga, tiene cosas muy lindas y buenas"
Pasan muchas cosas en el Hogar de Ancianos. Jorge Lucero y Norma Alcaide se pusieron de novios hace dos años. Ella lo conoció ya en el lugar, “cuando él salía a alimentar las palomas en el patio, ahí fue amor a primera vista y lo quiero así como está”, dice Norma. Jorge era empleado ceramista hasta que un ACV lo obligó al retiro. Ella empuja la silla de ruedas de él con todo amor y leen juntos revistas viejas.
Eleuterio Orostizaga, calingastino. Hace 15 años que vive en el hogar, tras la amputación de una pierna que le impidió seguir trabajando en la agricultura. Fue porque una espina que se le clavó en el pie le generó gangrena. Con latas viejas y envases vacíos de aerosol que colorea con marcadores hizo ceniceros, porta velas y copas “de Boca”, dice con orgullo azul y oro. “Son ideas mías que fui haciendo”, agrega. Su producción la vende y recupera así algunos pesos. Ya expuso con Fernando también en la Fiesta Nacional del Sol por varios años consecutivos.
Fernando Torres es otro de los artesanos del hogar. Es ex militar. Llegó al grado de sargento pero una herida de bala en Tucumán le abrió la puerta a la jubilación. Solía visitar a un tío suyo en el hogar hasta que murió allí. Él se quedó en ese lugar al irse viendo solo. Tiene en su taller de madera una foto con una jovencita, pero no dijo quién era.
“Para mí la madera no tiene secretos”. Lo primero que construyó fue una mesita de luz a los 9 años. Su padre era carpintero “y muy bueno”, dice. “Esto es muy bueno para tener las manos y la cabeza ocupadas”. Con cajones de verdura y retazos de madera hizo armarios, botiquines, mesitas. Y lo más lindo: autos y camioncitos de juguete, que él mismo pinta. Una radiografía vieja sirve como ventanilla a los simulados automóviles. “En el ejército una vez hice uno y tuve que hacer 20 después porque mis compañeros querían”, contó.
Otra historia es la de Roberto Lavin, el quiosquero exclusivo y personalizado de los abuelos y abuelas. Vendía pralinés y quería un subsidio para comprar un nuevo carro, pero por sugerencia de la directora, se transformó en el quiosquero. Los residentes le hacen pedidos y él va a hacer esas compras junto a otras para vender dentro del hogar. En su cuarto ocupó buena parte de su cajonera, y dos cajones que le prestó su nuevo  compañero de cuarto, Carlos Orozco, que entró hace 3 meses. “Es muy bueno él, y hace poco que está. Esto es aprender a convivir, yo amoldarme a él y él a mí”, revela. Lo que más sale son las galletas dulces, las golosinas y los cigarrillos. “Empezó como una ayuda para los que no pueden cruzar la calle, porque se les dificulta ir al quiosco”, cuenta Roberto. Y ahora ya les conoce los gustos.  En esta Navidad le hacen pedidos especiales y ya tiene encargadas 4 docenas de empanadas y un poquito de bebidas espirituosas para brindar. En el resto de los días está prohibido. “Todos para estas fechas nos juntamos y aportamos algo cada uno”, dice. Hace 5 navidades que está en el hogar y dice estar muy a gusto. “Estoy cómodo, como en mi casa, ando de short”, cuenta, trasluciendo que según su usanza los caballeros van de pantalones largos. “Es muy lindo acá, estamos fresquitos, comemos bien, si nos queremos repetir lo hacemos. Eso sí, hay que saber los horarios. Yo no ceno, pero como a las 11 de la noche me da hambre y voy a la cocina a pedir pan”, cuenta.
El más reticente a los horarios fue Douglas, un bohemio, el propietario del tradicional café homónimo que fue demolido para la ampliación del Colegio Nacional. La directora contó que acostumbraba a dormirse y levantarse tarde, pero que lo pusieron en regla. A veces protestaba porque no tenía nada que hacer, “colabore entonces”, le dijo Nilda Agüero, la directora de la residencia de adultos.
Hay otros personajes que engalanan esta gran casa. Uno de ellos es Francisco Alberto “Tito” Nigro, reconocido caricaturista bonaerense. No tuvo hijos pero se aquerenció en la provincia. Vive desde hace tiempo en el hogar y cuentan que apenas se levanta sale a la calle con su tablilla y sus lápices y vuelve sólo para comer. Aficionado al tango, al igual que Rosita Palacio, otra de las residentes que aporta color.
Muchos otros, de entre los 150 residentes, le dan vida a la estructura antigua del Hogar de Ancianos. Pablo, el rompecorazones; “Cucaracha” Carrizo, lustrabotas histórico en la esquina de Mendoza y Santa Fe; Martín “Pato” Irrazábal, jugador de San Martín; Angelita Navarro, del Quinto Cuartel en Pocito que primero no quería estar ahí y ahora no se quiere ir. Como ellos, tantos otros que celebran una nueva Navidad, activos, dicharacheros, conversadores. Formaron una nueva familia en ese hogar grande. Se hicieron de amigos, de novios y novias, de compañeros de taller. Se les ilumina la cara al mostrar lo que hacen hoy. Sienten orgullo de pertenecer a una gran red de parientes del corazón.

Abuelos interactivos
Los residentes del Eva Perón están también en Facebook. Durante mucho tiempo en ese edificio no tuvieron Internet ni siquiera en las oficinas administrativas, y casi ni señal de celular. A través del Ministerio de Desarrollo Humano obtuvieron una antena exclusiva que les garantiza la conectividad. En la página Residencia Eva Perón (ex Hogar de Ancianos) “cuelgan” diariamente los dibujos que hacen en los talleres de arte y de informática. El “profe Nicolás”, como le llaman, les da clases de computación los lunes, miércoles y viernes. Lo que más disfrutan es colorear postales que suben a la red social con dedicatoria.

De la vergüenza a posar para la foto
Nilda Agüero, la directora del hogar, se muestra orgullosa del cambio que hubo en el lugar. Hasta el 2008 trabajaban en un galpón viejo donde se aglutinaban los abuelos en camas tipo campamento de guerra. Las moscas y el mal olor eran característicos. Hoy a lo sumo los residentes comparten habitación con otros dos compañeros. Todas las instalaciones están a nuevo, equipadas, pintadas, aireadas, con su propio sistema de calefacción y refrigeración. Es raro ver abuelos en cama porque están en acción.  “Como verán el cambio es la necesidad que había. Más que un sueño esto es el desafío de darles la alegría y la dignidad de vivir cuando se llega a la vejez”, dice la directora.
De los 99 empleados hay 27 en planta permanente que quedan desde épocas pasadas. Es el equipo de profesionales médicos, psicólogos, ayudantes terapéuticos, asistentes sociales. Los otros 72 trabajadores son contratados y planes Argentina Trabaja. “Ellos se capacitan pero más de eso se sienten felices. Antes se avergonzaban de decir que trabajaban acá”, dice Agüero.
Al ver la fotógrafa de Tiempo de San Juan, varios de los empleados pidieron salir en la foto. Posaban y sonreían para la cámara.
 
El menú de Navidad
En los días previos a las fiestas hubo actividades especiales como la banda de música del RIM 22, que fue a tocar villancicos, marchas y canciones bien sanjuaninas para los abuelos. Tuvieron su misa y en la cena el menú se conformó de acuerdo a los gustos de los residentes. “Tratamos de darles los gustos, pero a veces quieren cosas pesadas que les caen mal. Vamos a degustar un jamoncito cocido para que no les haga mal, empanadas, lasaña y postre”, contó Nilda Agüero, la directora.
En esta oportunidad las asistentas sociales convocaron telefónicamente a los familiares para que acompañen a sus abuelos. “Hemos logrado que el 10% venga, antes era el 1%. Nos ha costado porque antes tenían vergüenza. Ahora es institución y vienen más. Es muy lindo poder haberlo logrado”, dijo Agüero.

 

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