Estuvo en el proceso de reconstrucción de la democracia. Hizo las versiones taquigráficas de todas las cartas orgánicas municipales. Eduardo Villegas, taquígrafo de profesión y conocido como “La Leyenda”, se jubiló de la Municipalidad de la Capital tras 40 años de trabajo. Estudió taquigrafía por consejo de su madre y gracias a su profesión logró conocer todo el país y ser testigo de hechos históricos. La historia de un hombre que además de escribir 230 palabras por minuto, amasa para todos sus compañeros solo para agasajarlos.
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Se jubiló "La leyenda" del Concejo Deliberante de Capital, el taquígrafo más experimentado de San Juan
Eduardo se define como puyutano. Nació en el barrio Chacabuco, en Desamparados. Tiene un hermano gemelo, que se jubiló el mismo día que él. “Nos seguimos a muerte”. Así definió la relación con su hermano, con quien se acompañaron en la infancia y en los retiros. “Estuvo a mi lado cuando me entregaron en el Concejo Deliberante de la Capital la distinción por los 40 años de servicio”, apuntó el hombre.
En 1976, en el sindicato de Empleados de Comercio dieron un curso de taquigrafía. Fue su madre la que le insistió con que lo hiciera. Nueve personas arrancaron con esa capacitación, Eduardo se recibió con 9 de promedio. Cuando terminó la carrera, los docentes le dijeron que, en algún momento, cuando terminara la dictadura, esos conocimientos iban a serviles. Y así fue.
A los 23 años, sin trabajo como taquígrafo, se fue a la Patagonia a trabajar en el petróleo. Con el regreso de la democracia, decidió emprender la vuelta. “Entré en 1983 a la Municipalidad de la Capital. En diciembre del ’83 asumieron las nuevas autoridades y en 1984 ingresé al Concejo. No había taquígrafos, se contrataban los taquígrafos de la Legislatura”, detalló.
Entró como contratado junto a una compañera, de 18 años. Pero en un mes, fue efectivizado y pasó a planta permanente con una anécdota imperdible en el medio. El primer día de trabajo estaba muy nervioso y el Presidente del Concejo le dijo que se terminaban las actas taquigráficas y era tiempo de pasar a versiones taquigráficas. Los trabajadores se demoraban meses en entregar las actas. “Le dije: -Mire presidente, si usted me promete que me va a tomar, en una semana termino la versión taquigráfica”, recordó. La autoridad no le creyó, pero lo hizo junto a su compañera. Les costó muchísimo porque no tenían experiencia, pero lo lograron. Les dieron la planta a ambos. Golazo de media cancha.
En 1986 llamaron a concurso de ascenso, Villegas lo ganó y quedó como director del departamento de taquigrafía hasta el momento de su jubilación.
Según Eduardo, para ser taquígrafo se necesita dedicación, muchísima práctica, tener una base de signos que aporta el sistema Larralde en la Argentina, pero a esos signos hay que sumarle los propios. Ha llegado a escribir 230 palabras por minuto y hacer traducciones casi en el momento. Antes, cuando no había computadoras, había que escribir la versión taquigráfica en la máquina de escribir y si se equivocaban, no quedaba otra que tirar la hoja y arrancar de cero.
Para ser un buen taquígrafo, hay que incluir todo, hasta los gestos de los protagonistas. No se puede cambiar el fondo de lo dicho, pero si se pueden incorporar modificaciones de forma. Las versiones taquigráficas son documentos oficiales y por esa razón, le ha tocado declarar en varios juicios, incluso uno de calumnias entre concejales.
Con el inicio de la vida democrática, el trabajo fue infinito. Había que normar todo. Las sesiones en el Concejo arrancaban a las 9 y terminaban a las 18. ¿Cuál fue el tema de debate del primer año de sesiones? “Con el regreso de la democracia, había que copiar de lo viejo y hacer cosas mejores. La pelea del primer año era cuánto iban a cobrar los concejales y los funcionarios, se estipuló un porcentaje del sueldo del intendente y de ahí para abajo”.
En sus 40 años de servicio, la experiencia más difícil que vivió fue cuando los empleados del Matadero fueron a pedir mejoras salariales en el Concejo Deliberante: “La experiencia más difícil como taquígrafo tuvo que ver con un tema muy importante como lo fue el pago a los empleados del Matadero. El doctor Ricardo Alday era presidente en la sala de sesiones. Había mucho disturbio en la Municipalidad, vinieron los empleados del Matadero, subieron por las escaleras. En eso, un concejal dijo que había que tener ojo porque esos trabajadores estaban acostumbrados a matar animales, venían con unos cuchillos que el más chiquito tenía un tamaño de 30 centímetros. Querían entrar a la sala, pateaban la puerta mientras sesionábamos. El Presidente dijo que desalojáramos, salimos por calle Mitre y yo tomaba la versión taquigráfica de todo eso, no sabíamos si nos iban a matar”.
Cuando se reformó la Constitución, todos los municipios de primera debían tener Carta Orgánica. La primera municipalidad con Carta Orgánica fue la de la Capital. Villegas tomó las versiones taquigráficas. La experiencia lo llevó a conocer muchísimas personas eruditas en el tema legislativo. Uno de ellos fue Pablo Ramella, que era el presidente. También conoció al padre de Uñac, que estaba en Pocito como intendente. El Coco le pidió que participe en la versión taquigráfica de Pocito. En esa reunión, sus hijos estaban jugando en la oficina del padre. Años después, ambos niños llegaron a ser vicegobernador y gobernador de San Juan.
Tras Capital y Pocito, llegaron las cartas de Santa Lucía, Rivadavia, Rawson, Chimbas y la de Caucete, la más reciente. Estuvo en todas.
Pero el momento que más recuerda fue cuando el Senado de la Nación tomó la determinación de que la sesión de declaración de patrimonio histórico de la Casa de Sarmiento se celebraba acá. “Estaba Alfredo Avelín, Leopoldo Bravo y José Luis Gioja, pidieron que estuviéramos en esa sesión. Fue una experiencia con grandes oradores”, dijo.
Eduardo tiene una sola hija, de 37 años, que es Geofísica. Tiene dos nietos: Constanza y Julián, a quienes lleva tatuados. Dice que se va a dedicar a ellos a partir de ahora.
Además de taquígrafo es chef y panadero. Es tal su pasión, que una vez les hizo prepizzas caseras a todo el personal. A la oficina no piensa dejar de ir. Es que las leyendas no se van. Y Eduardo Villegas piensa hacerle honor a su apodo.